Capítulo 2

El Prisionero

Sus gritos resonaban por la nave como si cada pedazo de fuselaje tuviera una boca propia.

     El Coronel Havok llegó al Centro de Mando con la mirada encendida y la piel crispada de ira.

—¿Dónde está Espinosa? ¿Dónde diablos está?

     El Jefe de Exploración, el Capitán Carlos Espinosa, era el responsable de la seguridad en las misiones de reconocimiento. Su tarea era garantizar la seguridad de los soldados cuando se encontraban en territorio hostil. Cosa que según Havok no había cumplido a cabalidad.

—Allí estás, desgraciado —le gritó el Coronel mientras subía al puesto vigía, acompañado por las miradas de los demás oficiales— Exijo una explicación… Exijo saber por qué más de la mitad de mis hombres fueron masacrados por salvajes.

     El Capitán Espinosa lo enfrentó orgulloso, pero de su boca solo salieron unas palabras prefabricadas:

—Ha habido un error.

—¿Un error? —Repitió Havok consternado— ¿Eso es todo? 9 hombres, Espinosa, 9 de 37 fue lo que quedó de mi Unidad. En una misión que se suponía sencilla. Solo era bajar allá, tomar algunas muestras y volver. Nada que no hubiéramos hecho antes, nada que pusiera en peligro nuestras vidas.

—¿Qué quieres que te diga? —le respondió el Capitán volviendo su atención al panel de monitoreo— Perdidas eventuales siempre habrá. Tú mejor que nadie lo sabes.

—Pero no así, no como estas. Algo más pasó allá abajo y si tú no puedes darme una explicación, entonces quizás deba preguntarle al Almirante.

     Dejando en el lugar su amenaza, el Coronel Havok se dio la vuelta y se dispuso a retirarse. Pero Espinosa no se lo permitió.

—Parece que los errores están a la orden del día —dijo en tono sarcástico—. Por ejemplo, el espécimen que mi equipo estudia en este momento. Cuando el Almirante dio órdenes explicitas de no traer prisioneros a bordo.

     Havok se detuvo en el acto y preguntó con cautela:

—¿Dónde está?

—A salvo, por ahora… Si buscas una explicación para la muerte de tus hombres, quizás deberías empezar pensando ¿qué pudo causar la ira de los nativos? ¿Digamos, la captura de uno de los suyos?

—Quiero verlo —pidió el Coronel conteniendo la rabia. Pero Espinosa le dio la espalda y se concentró en su monitor.

—No puedes aportar más de lo que están haciendo mis hombres. Te avisaré cuando haya respuestas.

—¡Quiero verlo! —volvió a decir el Coronel y esta vez Espinosa lo miró. Soltó una risa cínica antes de añadir:

—De acuerdo.

Los pasillos de la Santa María estaban ese día tan concurridos como de costumbre. Soldados iban y venían cada uno atendiendo sus asuntos. Claro que la noticia de lo ocurrido en la última misión de reconocimiento se había extendido por toda la nave, era solo que, para la tripulación, la muerte de unos cuantos soldados no era el fin del mundo, pues su misión ocupaba el destino de una civilización entera.

Cuando el Coronel Havok y el Capitán Espinosa llegaron al Centro Médico encontraron un revuelo.

—Llega justo a tiempo, Capitán —dijo su lugarteniente al recibirlo.

—¿Qué sucede? —preguntó el soldado, al tiempo que seguía a la doctora por el pasillo interno y rumbo a la sala de análisis.

—Eso es lo que nos gustaría saber. Mírelo usted mismo.

    Espinosa dio un vistazo a la escena que tenía delante: los investigadores bajo su mando estaban enzarzados en un acalorado debate. Se oían muchas voces, cada uno planteando hipótesis, pero todos señalando en la misma dirección. En un rincón, uno de los doctores se hallaba de cuclillas sobre una silla, se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, al tiempo que hurgaba en su cabeza como en busca de piojos.

     Espinosa y Havok cruzaron una mirada desconcertados.

—Lleva así unos veinte minutos —explicó la Dra. Amane.

—¿Pero qué le sucede?

—No lo sabemos, nos disponíamos a comenzar el análisis del espécimen cuando de pronto el Doctor comenzó a dar saltos y a chillar como mono. Ha estado así desde entonces.

     Havok no lo había notado. En la misma habitación, atrapado detrás de un grueso cristal, estaba el salvaje. El mismo que sus hombres capturaron horas antes en la superficie del planeta, el mismo que, según insinuaba Espinosa, era la causa del ataque.

     Con la ira renovada, el Coronel se acercó hasta el cristal. El salvaje estaba de pie, con la mirada fija hacia ellos. No parecía estar mirando a nadie en particular, solo se paraba allí inmóvil, absorto.

—Parece que tenías razón, Havok —le soltó Espinosa con una sonrisa torcida—. Hay algo más en estos salvajes. Ya quiero averiguar qué es.

—Solo te importa tu trabajo, ¿no? Los hombres son prescindibles.

     El Capitán no respondió de inmediato, se acercó al doctor-simio y lo contempló un momento.

—¿Es que acaso a ti no? —Replicó—, tengo claro mi trabajo, eso es esto. Nos han encargado una tarea importante y no pienso distraerme con sentimentalismos.

     Havok se disponía a contraatacar, pero justo en ese instante el aborigen rompió su embeleso y se lanzó contra él. Fue un movimiento tan repentino que el Coronel retrocedió unos pasos antes de recordar que el cristal lo protegía. Pero no se detuvo allí pues al tiempo que el prisionero despertaba, el doctor-simio soltó también un gemido desgarrador.

     Havok vio la boca del salvaje moverse, pero la voz venía del experto.

—Razas deplorables… Qué saben del deber… Nada de lo que hagan valdrá la pena, pues su historia es roca sólida… Ha ocurrido antes y volverá a ocurrir… No hay nada que puedan hacer.

     Havok y Espinosa miraban sacudidos tanto al doctor como al salvaje. Estaba claro lo que sucedía, y no fue necesaria una orden para que todos guardaran silencio y prestaran atención a sus palabras.

—¿Se creen sabios? No se engañen… Él conoce los argumentos de los sabios y sabe que no valen nada. Si quieren la verdad, búsquenla, pero no en mi… Búsquenla en todo, pues está en todo… en cada cosa que vive o que vivió.

     Y con esto el prisionero lanzó un quejido con la voz del doctor y comenzó a rasgarse la piel con las uñas. De inmediato, los asistentes abordaron a su compañero y lo inmovilizaron para que no se hiciera daño, pero al otro lado del cristal, el salvaje seguía hiriéndose. Espinosa lo contempló imperturbable y cuando la Doctora Amane le preguntó cuáles eran sus órdenes, este le respondió:

—Encuentren una respuesta.

—Pero el prisionero es inestable. Mientras viva será difícil estudiarlo.

     Entonces mirando al Coronel Havok, el Capitán sentenció:

—En ese caso, te sugiero tomar medidas.

*          *          *

Era la Sala de Oración más pequeña de todas y también era la preferida de Elías Lemitre. Sacerdote de nivel I y misógino por excelencia, el Padre Elías era el último representante de la Comisión Eclesiástica que uno esperaría encontrar en una Carabela. Pero estaba allí por una razón, era el único de su orden que se especializaba en el estudio de textos antiguos y en la interpretación de símbolos. Campos que resultaban inofensivos a los ojos del Almirante Manzanos, lo que lo convertía en la opción perfecta.

     Claro que sus habilidades casi nunca eran requeridas en los trabajos que llevaba a cabo la Santa María, de allí que Elías pasara más tiempo orando en la Sala que compartiendo con el resto de la tripulación como lo hacían sus compañeros.

     Ese día, sin embargo, un oficial de bajo rango entró en el lugar para buscarlo. Elías estaba de rodillas frente a la gran pintura que representaba al Maestro, cuando lo oyó venir.

—Padre Elías —dijo el joven soldado claramente apenado—, siento mucho interrumpirlo. Solicitan su presencia en la Sala de Mando.

     Elías frunció el ceño. Nunca antes lo habían llamado a la sala donde se reunían los altos líderes. Por lo general sucedía lo contrario, se le pedía que saliera cuando se le ocurría pasar por ahí.

—¿Quién me llama? —preguntó aún en posición de oración.

—El Almirante —le respondió el soldado en un tono que evidenciaba la urgencia del asunto.

     Elías se puso de pie y luego de dibujar una cruz en su pecho le pidió al soldado que lo guiara.

Llegaron a la Sala de Mando unos minutos después. El Almirante estaba acompañado por algunos oficiales superiores. Le dio la mano a Elías y le pidió al soldado que se retirara. Hizo lo propio con todos los presentes, hasta que en la sala solo quedaron ellos dos.

—Agradezco su presencia, Padre —le dijo—. Le he pedido que venga porque necesito su ayuda.

     Elías paseó la mirada por todo el lugar. Había estado allí en algunas ocasiones, pero nunca le habían pedido opinión, mucho menos ayuda.

—Lo que sea —dijo—. Estoy para servirle.

     El Almirante, con su mirada orgullosa, sacó entonces un recipiente sellado y lo colocó sobre la mesa. Abrió la tapa y extrajo lo que a primera vista le pareció a Elías una roca común, pero con una peculiar forma cilíndrica.

—Es madera fósil —explicó el oficial—, traída a bordo por la última misión de reconocimiento. Confío en que está al tanto de lo sucedido.

—He leído los informes —dijo Elías—. En estos momentos me encontraba en el Templo orando por los caídos.

—Bien, pero por más que agradezca su intención. Creo que esta vez puede ayudarnos de una manera mucho más activa. ¿Ve esto? —añadió señalando unas muescas en la roca.

     Elías le dio un vistazo de cerca.

—Parecen marcas… símbolos

—Exacto, por eso le pedí que viniera. ¿Reconoce usted estos caracteres?

     Con curiosidad el sacerdote se sentó junto a la mesa para examinar el objeto. Definitivamente se trataba de símbolos, unos muy parecidos a un lenguaje que conocía, pero que había desaparecido de la tierra hacía más de tres milenios.

—“Este es el camino…” —leyó Elías—, “…para llegar a…” el resto está confuso.

—Inténtelo, Padre.

—“Y” esta parece una “Y”… Aquí hay una “H”, una “W” y quizás… esta da la impresión de ser una… ¡Dios Santo!

     El rostro del sacerdote se tiñó de blanco súbitamente y dejó caer la madera sobre la mesa.

—¿Dice que esto viene del último planeta explorado? —preguntó.

—Así es —le respondió el Almirante— Y a juzgar por su expresión me parece que llegó a la misma conclusión que yo.

Yahweh —murmuró Elías casi como si se tratara de una plegaria.

     El Almirante sonrió con frialdad y se acercó para recoger la muestra, y devolverla a su lugar.

—Esa es una de las pronunciaciones —aclaró—. No sé cómo llegó ese nombre a este planeta, pero según me indican, había inscripciones similares por toda el área. Planeo enviar otra misión al lugar.

—No puede hacer eso —protestó Elías—. Es muy peligroso.

—Ciertamente, pero es un riesgo que debemos correr.

—¿No me pedirá que vaya con ustedes?

—No, conozco su aversión por los quehaceres militares, Padre. Lo que quiero es otra cosa. Traeré nuevas muestras del planeta y con suerte nuevos caracteres que interpretar. Quiero que usted me ayude a traducirlos.

     Elías suspiró. Sabía que el Almirante no le estaba pidiendo opinión. Aquello era una orden. Una que debía cumplir aún a costa de su voluntad.

Anuncios

5 comentarios en “Capítulo 2

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s