Capítulo 18

La Canción del Olehym

Caminaron durante horas por un paisaje que les hacía olvidar el cansancio. Pero aún con la pureza del aire y la belleza del relieve, sus limitaciones humanas terminaron imponiéndose.

—Deberíamos descansar —opinó Flores desacelerando el paso. Elías no se lo discutió. Asintió, dobló las rodillas y se dejó caer boca arriba sobre la grama tupida.

            Estaban en una pradera interminable, alterada solo por algunas colinas bajas. A donde quiera que veían había verdor, el suelo bajo sus pies, los arbustos que se elevaban aquí y allá e incluso el horizonte. Todo menos el cielo, el cielo era de un azul tan intenso que parecía vivo.

—Quise decir dentro de un rato —aclaró Flores al ver a su compañero en el suelo—. Al menos deberíamos encontrar un lugar con sombra.

—No hay sombra aquí —le dijo Elías perezosamente desde su lugar. Tenía los brazos y piernas extendidos como si quisiera hacer un ángel de vegetación—. O al menos no la necesitamos.

—Es verdad —reconoció Flores dando un vistazo alrededor—. Si hay un sol aquí debe estar lejos. El cielo está despejado, pero no hace calor.

—Estamos en el paraíso —masculló Elías a modo de recordatorio—. Aquí todo es perfecto.

            Flores no dijo nada, negó con la cabeza y dio un nuevo vistazo alrededor.

—Aun así, al menos deberíamos buscar un poco de agua —sugirió un momento después—. Por perfecto que sea este lugar nos vamos a deshidratar si seguimos caminando así.

—Moriré si doy un paso más —aseguró el sacerdote.

—No importa, quizás vuelvas a aparecer aquí —replicó el soldado—. Estamos en el cielo, ¿no?

            Elías dejó escapar una sonrisa mientras se levantaba.

—Aún no lo crees, ¿verdad? —preguntó mirando a su amigo.

—Lo siento —dijo Flores—. Para mí es solo un planeta más.

—¿Y esos seres que vimos en el bosque? —Apuntó Elías—. Está claro que eran ángeles.

            Flores negó con la cabeza y se quitó la mochila para hurgar en su interior.

—Unos ángeles que querían matarnos —dijo mostrándole la extraña flecha que los arqueros le habían disparado. Elías la miró de reojo—. He visitado muchos planetas, cura, y he visto muchas cosas extrañas en ellos, te puedo asegurar que esos de allá eran simples extraterrestres.

            Elías se encogió de hombros. Se le ocurrían un par de razones de por qué los ángeles podrían haberlos atacado, pero no quiso continuar la discusión. Se acercó para examinar el curioso dardo y Flores se lo entregó. Era enorme, estaba hecho de algún metal extraño con fisuras como circuitos. En algunos momentos, cuando lo giraban, parecía que esos circuitos brillaban con un destello azulón. Elías se lo devolvió a su amigo.

—Sea cual sea la explicación para esto —dijo—. Presiento que la encontraremos si seguimos caminando.

—En eso estamos de acuerdo —asintió Flores—. Andando.

            Pero en ese momento, desde algún lugar en las cercanías, les llegó el silbido. Al principio ninguno de los dos reaccionó, pero cuando comprendieron las implicaciones que tenía aquel sonido se les erizó la piel. Intercambiaron una mirada antes de subir la colina para dar un vistazo. Lo que vieron los dejó boquiabiertos:

            Una extensa plantación de lo que parecía ser trigo, similar al que se sembraba en los invernaderos de la Tierra. Ramas doradas tan altas como un hombre, tapizaban la superficie del planeta en una extensión que fácilmente podría superar las dos hectáreas.

—¿Has visto algo como esto en alguno de tus otros planetas? —preguntó Elías sin apartar la mirada.

—Definitivamente no —le respondió Flores igual de impresionado.

            En ese momento volvieron a escuchar la melodía y no les cupo la menor duda que provenía de ese misterioso lugar.

—Tenemos que ver de quién se trata —soltó Elías con entusiasmo.

—No podemos acercarnos así como así —le dijo Flores—. Puede ser peligroso.

—Claro, un campesino silbando en su conuco es la cosa más peligrosa que jamás he visto.

            Flores ladeó la cabeza.

—No sabemos quién o qué está emitiendo ese sonido —explicó.

—Pero tenemos que averiguarlo —señaló Elías y luego de un momento el teniente asintió.

—Muy bien, pero acerquémonos con cuidado —dijo—. No hagas nada tonto, cura.

            Elías hizo un saludo militar y se puso en camino detrás de su compañero.

            Cuando llegaron a la plantación se detuvieron un momento en el borde. No habían dejado de escuchar el peculiar silbido, era una canción, no había nada raro en eso, aparte del hecho que se encontraban en un planeta lejano donde no debería haber humanos.

            Aguardaron un momento, intentando decidir el mejor movimiento, pero Elías no pudo contenerse. Seguro de que estarían bien, apartó unas ramas de cereal y se coló entre ellas.  Flores no tuvo más remedio que seguirlo. No sabrían decir si realmente se trataba de trigo, pero no los cupo la menor duda de que las plantas eran orgánicas, tanto como su propia piel. Avanzaron un trecho entre ellas, tratando de no hacer ruido. Poco a poco los silbidos se fueron haciendo más claros, fue evidente que estaban cerca y, de repente, desaparecieron.

            El sacerdote y el soldado se quedaron dónde estaban, girando sobre sí mismos, intentando ubicar el sonido que los había guiado, pero allí, en medio de tanto oro pálido, no se oía nada más que el sonido de las espigas maduras chocando unas con otras.

            De pronto, Elías se volvió de nuevo y en medio de dos plantas altas vio la figura de un hombre. Dio un salto hacia atrás espantado y llamó la atención de Flores. El sujeto dio un paso hacia adelante casi como un autómata. Tenía un arado en la mano y los miraba con cara de estupefacción.

—Ustedes no deberían estar aquí —se limitó a decir, y Elías y Flores no supieron que responder, pues sabían que tenía razón.

Durante largo rato estuvieron conversando. El hombre, que se presentó como un Olehym, quiso saber de dónde habían venido y qué hacían allí. Elías le contó la historia con todo detalle, desde la partida de la Misión América hasta la huida de la Equus. El Olehym lo escuchó atentamente, les brindó un poco de agua y compartió con ellos parte de su pan, pero en ningún momento dejó de mirarlos con esa expresión de perplejidad. Parecía aterrado a la vez que sorprendido y Flores quiso saber por qué.

—Nunca pensé que llagaría a verlos —explicó—. Nunca pensé que llegarían hasta aquí.

—Tú sabes de nosotros —sugirió Flores ladeando la cabeza—. ¿Sabías que existíamos?

—Claro —le respondió el sujeto con los ojos bien abiertos—. Ustedes son Humanos, los últimos nacidos. Los favoritos de él.

            Flores dedicó a Elías una mirada significativa y este comprendió lo que estaba pensando.

—¿Hablas de Dios? —Preguntó el sacerdote—. Del Creador.

            El sujeto ladeó la cabeza hacia él con la misma expresión en el rostro, casi parecía en estado de shock.

—Hablo del Forastero —respondió—. El Hijo del Hombre.

—Es el Maestro —murmuró Elías para sí mismo—. Estás hablando del Maestro… ¿Podrías contarnos sobre él? —Inquirió dirigiéndose al sujeto—. ¿Podrías hablarnos del Forastero?

            El hombre lo miró un momento a la cara. Sus ojos perplejos como si aún tuviera miedo. De pronto movió la cabeza en una especie de asentimiento y comenzó la narración:

            Hace mucho tiempo existió en este lugar un gran reino, gobernado por los señores de antaño. Una asamblea de reyes que dirigían nuestro destino. Durante su reinado no se conoció el hambre ni la injusticia eran tiempos de paz.

            El poder de los señores de antaño era tan grande que se extendía más allá de los límites del cielo —el Olehym alzó la mano para señalar la cúpula azul que los envolvía—. Su gracia se extendió a otros mundos, a otros pueblos allá donde había tiempo, allá estaba el poder de nuestros reyes.

            Pero en ocasiones —continuó devolviendo la mirada vacía hacia los extranjeros—. Los mundos que encontraban no tenían pueblos propios. Nuestra gente necesitaba excavar la tierra para obtener recursos y estando tan lejos del hogar, los señores no nos tenían a nosotros para que los ayudáramos, así que siendo tan magníficos como eran hicieron sus propio pueblo, crearon su propia gente con el polvo que encontraron y así estos planetas baldíos conocieron un poco del poder de nuestros señores. Los últimos fueron ustedes.

            Elías miró el dedo tembloroso del Olehym apuntando hacia él y suspiró.

—Después de ustedes las cosas cambiaron —continuó—. Mi señor amó su creación como nos había amado a nosotros y quiso para ustedes el bien supremo, la libertad. No fue fácil y hubo batallas en la Asamblea. Al final mi señor se retiró y volvió a casa, pero dejó en la Tierra la semilla de una nueva generación. Dejó a su hijo en el vientre de una mujer humana. Ella dio a luz al Forastero.

            Flores no podía creer lo que estaba oyendo. Esa historia era sin duda la historia del Maestro. ¿Quién era este hombre? Se preguntó y ¿cómo conocía la leyenda? A pesar de las coincidencias su mente no estaba tan dispuesta a creer como lo estaba la de Elías. Algo andaba mal con ese relato y se propuso descubrir qué era.

—¿Qué pasó después? —preguntó el sacerdote. Flores lo miró con desaprobación—. Cuando el Maes… el Forastero volvió a casa, ¿qué sucedió?

            El campesino miró al padre y su rostro se suavizó. Tenía muy pocas expresiones en ese rostro alargado. Y la mayoría del tiempo, estas no parecían coincidir con lo que insinuaban sus palabras.

—¿Tú quieres saber por qué no regresó? —preguntó esta vez mostrándose apenado.

            Elías asintió.

—Mi señor estaba enfadado —dijo—. Su hijo, la semilla que dejó en la Tierra como prueba de su amor, había sido infamado. Los humanos lo habían matado y habían enviado su alma al exilio como a un forajido. Mi señor estaba enfadado, pero su hijo no. Al llegar a casa el Forastero pidió perdón por los actos de los hombres y rogó al padre le permitiera regresar. Había convivido demasiado tiempo con ellos y había aprendido a amarlos aún más de lo que él los amaba. Mi señor estaba decepcionado, condenó a su creación por haberlo olvidado y sancionó a su hijo por la traición. Dijo que un tiempo en otras tierras le harían olvidar y reconsiderar lo que le pedía. Lo envió lejos a gobernar en su nombre, a un lugar donde jamás podría volver a encontrarse con sus amados humanos.

            El tiempo pasó y la sombra de la muerte se cernió sobre el reino. Otros pueblos nos declararon la guerra y la era de paz terminó. La Asamblea los mantenía a raya y a la Asamblea la sostenía mi señor. Pero con la pérdida de su hijo mi Señor nunca volvió a ser el mismo. Poco a poco vio menguado su poder y sin quererlo se dejó arrastrar por el dolor. Los pueblos enemigos aprovecharon esa debilidad y atacaron. No pasó mucho tiempo antes de que el glorioso reino que una vez conocimos se desplomara y dejara tras de sí una cáscara vacía y templos derruidos ocultos en la hierba.

            Cuando el Olehym terminó su relato el corazón de Elías se había encogido tanto que casi no se atrevía a latir. El padre estaba desolado. Había visto en las palabras de aquel desconocido la verdad que siempre buscó. De algún modo aquella historia había logrado responder a todas las preguntas que durante su vida religiosa ningún clérigo, ni ninguna oración habían logrado responder. Y aun así, no se sentía satisfecho.

—Entonces eso es todo —dijo con la cara gacha—. Es el final, hemos llegado tarde.

            Flores lo miró sin decir nada. Tenía el rostro en tensión y parecía evaluarlo todo.

—Solo desearía haberle visto —continuó Elías—. Haber podido hablar con él y decirle que los humanos aún lo recordamos. Aun lo amamos como él nos amó.

—Ah, pero sí puedes hablar con él —dijo de pronto el Olehym para sorpresa de ambos y está vez su sonrisa sí pareció corresponder con su intensión—.

—Pero dijiste que ya no estaba aquí —le recordó Elías confundido—. Lo enviaron lejos antes de la guerra. ¿Acaso regresó?

—No —le respondió el Olehym—. Pero aún existe la Carpintería. El lugar a donde mi señor solía ir para comunicarse con su hijo. El templo está destruido, pero la Carpintería sigue en pie.

—¿Ese lugar está cerca? —preguntó Elías nuevamente entusiasmado—. ¿Podemos ir allá?

—¡Ah, claro! —le aseguró el Olehym alegremente—. Está más allá de la frontera occidental. En el bosque de los caídos.

—¿Un bosque? —preguntó Flores incorporándose—. Estará lleno de esas cosas que nos atacaron antes.

—Ophanim —lo corrigió el campesino sin mirarlo—. No, no… Ellos no ven muy bien. Ustedes pueden evitarlos. Yo les indicaré el camino, les diré cómo llegar.

            Elías asintió con una sonrisa y le dio la mano al Olehym, pero Flores aún no estaba convencido, lo miró largamente con muchas preguntas dibujadas en los ojos.

—¿Qué eres? —le preguntó por fin con suspicacia—. ¿Quién eres tú?

            El sujeto ladeó la cabeza perezosamente y de nuevo adquirió esa expresión de incertidumbre.

—Soy un Olehym —se limitó a decir y luego sonrió.

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