Capítulo 19

La Carpintería

Comprobaron que, en efecto, el tiempo es relativo. Elías no veía la hora de llegar, pero Flores sentía que se estaban apresurando.

            Siguieron la ruta que les indicó el campesino: un camino verde sobre colinas escalonadas y luego un lago. Les habían dicho que al llegar hallarían la manera de cruzar y lo hicieron en la forma de un antiguo puente de piedra, magníficamente tallado. Elías iba adelante con la ansiedad moviendo sus pasos mientras intentaba ignorar los molestos comentarios de su compañero.

—¿Qué no ves que hay algo raro en todo esto? —gruñó Flores por quinta vez cuando bajaron del puente.

—Ya te lo dije —replicó el sacerdote—. Lo entenderemos todo cuando hablemos con él.

            Flores movió la cabeza sin dejar de caminar. Elías no se había detenido ni un momento desde que dejarán atrás al Olehym y su siembra. Daba la impresión que todo el cansancio se le había ido con un sorbo de agua y un poco de determinación.

—Al menos detengámonos a hablar de esto —pidió el soldado.

—No hay tiempo para eso.

—Mira el cielo —le pidió—. Llevamos horas caminando, ya ha caído la noche.

            Elías se detuvo y alzó los ojos, era cierto. El cielo había tomado un hermoso color purpura y millones de estrellas comenzaban a brillar en él. No había variado la temperatura, sin embargo, y seguía estando tan claro como a la luz del día, pero sin duda era de noche.

—Está bien —concedió Elías aún maravillado con la belleza del lugar—. Descansemos un rato.

—Descansemos hasta la mañana —pidió Flores con voz suave—. Llevamos todo el día caminando, recuperemos fuerzas y continuemos el camino mañana.

—No tenemos tiempo para eso, lo sabes —replicó Elías—. En cualquier momento la Equus podría aparecer sobre nosotros.

—Si no lo ha hecho hasta ahora, dudo que lo haga pronto —aseguró Flores—. Además necesitaremos todas nuestras fuerzas para lo que sea que nos espera adelante. Hazme caso, cura. Descansemos.

            Elías miró a los ojos a sus amigos y vio su sincera preocupación. Frunció los labios y asintió.

—Está bien —dijo—. Pero tan pronto el cielo esté azul de nuevo reanudaremos la marcha —Flores asintió.

            Tomaron cobijo bajo unos árboles menudos que había cerca. Tenían troncos nudosos y unas copas escarlata que se abrían como sombreros de hongos. Flores se dejó caer bajo una de ellas.

—No parece haber vida silvestre por aquí —comentó atendiendo a la soledad del lugar.

—Los animales no van al cielo, Flores —dijo Elías en tono arrogante cuando se sentó junto a él. Flores lo miró por debajo de los parpados.

—De verdad crees que es allí donde estamos, ¿cierto? —le preguntó.

—Soy un hombre de fe —respondió él.

—Pero… debes reconocer que había algo raro en ese hombre, el Onigiri. ¿Por qué está solo aquí? ¿Es el único sobreviviente de este mundo? ¿A dónde fueron los demás?

            Flores hizo un gesto con la mano como si se abriera la cabeza, Elías frunció el ceño y lo miró disgustado.

—Olehym —lo corrigió—. Y, bueno, no era un sujeto común. Pero no soy quien para juzgar las maneras de las personas, ni los designios de Dios.

—Por favor, cura…

—No, Flores, escucha. No estamos lidiando con cosas normales. Estos son asuntos de Dios. Se nos ha permitido llegar a donde ningún humano había llegado jamás. No es poca cosa. En el pasado, a quienes lo intentaban se les castigaba. Es una oportunidad que se nos ha dado y debemos aprovecharla. Yo no sé si lo que nos dijo ese sujeto es verdad ni tampoco si encontraremos la forma de hablar con el Maestro, pero tenemos una responsabilidad con las personas que confiaron en nosotros y mientras exista una oportunidad de ayudarlos lo menos que podemos hacer es tener fe.

            A veces a Flores se le olvidaba que su mejor amigo era un cura. Desde que se conocieron a bordo de la Carabela, el soldado se había comportado como un patán en todo lo referente al tema religioso, sin embargo Elías le tenía mucha paciencia. A Flores le gustaba hablar con él porque no intentaba convencerlo de que Dios era la solución para todo. El sacerdote lo escuchaba y siempre sabía qué decirle cuando Flores lo necesitaba. Quizás había llegado el momento de pagar la deuda y ser el amigo incondicional que te apoya cuando lo necesitas. “Quizás…” pensó y era una lástima no poder hacerlo.

—Pero debes reconocer que era un tipo extraño —dijo el soldado con un gesto juguetón.

            Elías movió la cabeza y sonrió.

—Lo era —reconoció y ambos se echaron a reír.

—Lamento haberme vuelto tan fastidioso, amigo —dijo Flores volviendo a tomar el tono serio.

—Descuida —lo tranquilizó Elías—. Sé que para ti es difícil creer.

—Te diré algo —el soldado chasqueó los dedos y lo señaló—. Mañana llegaremos a esa carpintería y tendrás tu oportunidad de hablar con el Maestro. Pase lo que pase, yo te apoyaré.

            Elías asintió agradecido.

—Solo espero que realmente ocurra —dijo y alzó la vista hacia el cielo violeta—. Si Espinosa logra tomar el control de la nave, esta será nuestra única oportunidad.

            Flores asintió y desvió la mirada.

—Por ahora descansa —dijo—, partiremos con las primeras luces de la mañana.

Y así lo hicieron, tan pronto como desaparecieron las estrellas y el cielo volvió a tomar el color que conocían, se pusieron de nuevo en marcha. Elías le agradeció a su compañero que le insistiera en tomar un descanso, pues ahora se sentía con muchas más energías y mejor ánimo para continuar el viaje. Su mente también se aclaró, había tenido tiempo para revivir los eventos pasados y ahora tenía más certeza de lo que debía hacer y por qué. Solo le faltaba llegar a destino.

            Sin embargo, esto no fue nada fácil. Durante las horas siguientes estuvieron caminando sobre amplias estepas llenas de vegetación, pero igual de desoladas que el resto. Ciertamente no había ningún sol que agotara sus pasos, pero sus músculos les recordaban periódicamente que seguían siendo humanos. Elías, no obstante, se mostró firme todo el trayecto y hasta Flores tuvo que reconocer que en ocasiones parecía un soldado entrenado.

            Cuando llevaban alrededor de doce horas de camino, según el monitor de mano, tropezaron con un par de bosquecillos compuestos por esos árboles planos de hojas rojas. No pudieron evitar sentir temor por si se encontraban de nuevo con los Ophanim, los gigantescos arqueros brillantes que Elías juraba eran ángeles. Pero por fortuna ni ellos ni ninguna otra criatura salió a su encuentro. A Flores comenzaba a darle escalofríos la soledad del lugar y justo cuando se disponía a expresar su deseo de ver, al menos, a uno de los ángeles de Elías, una imponente construcción le hizo olvidar el asunto.

            Era enorme, tan grande que fue visible tan pronto se los permitió la curva del horizonte. Una especie de castillo antiguo, tan blanco que reflejaba la luz como un inmenso faro en medio de la nada verdosa.

            Por un momento se detuvieron inseguros, pero de inmediato reanudaron la marcha. Estaba claro, el Olehym les había dicho que la Carpintería era parte de un complejo mucho más grande. Un templo, lo llamó él, de los muchos que había regados por el planeta. Habían sido en su momento lugares de adoración para los grandes Señores, pero ahora no eran más que viejas paredes vacías.

            A medida que se acercaban a la construcción se convencían más de que ese era el lugar. Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca y vieron que del edificio central emergían otros más pequeños con cúpulas y columnas elevadas y que, a veces, en lugar de columnas aparecían las efigies de seres monumentales con alas y coronas alargadas, estuvieron seguros. Habían llegado al templo.

            Elías no detuvo el paso hasta que estuvo ante las puertas y dio un vistazo al interior. Lo que más le impresionó fue el tamaño del edificio. Parecía construido por y para gigantes. Con puertas tan altas que superaban los tres metros. Había columnas masivas como los troncos de los árboles que vieron al llegar al planeta y todo alrededor estaba cubierto de hiedra y enredaderas que escalaban los pilares o se lanzaban a pique desde las altas ventanas.

            Elías tocó con una mano temblorosa la piedra blanca de los muros. Rastros de arenisca se le quedaron en los dedos. Flores por su parte se acercó a la hiedra y vio con asombro como, al rozarla, aparecían en ella las líneas azuladas de un sistema, similar a lo que sucedió con la flecha de los Ophanim.

            Intercambiaron una mirada antes de continuar.

—La Carpintería debe estar en algún lugar cerca de aquí —dijo Elías adelantándose hacia la monumental puerta de madera que tenían delante.

—Es por aquí —le respondió una voz, pero no era la de Flores. Se dio la vuelta y allí estaba el Olehym, con un dedo levantado señalando un pasillo al lado derecho del templo. En un gesto involuntario, Flores se llevó la mano hasta el arma que le colgaba del cinturón. Elías le hizo una señal con la mano. El cuerpo del Olehym no era del todo visible, líneas de electricidad lo recorrían y allá donde brillaban más, se hacía más corpóreo.

            Los dos hombres se acercaron cautelosos y dieron un vistazo hacia el pasillo. Cuando volvieron a mirar, el hombrecito había desaparecido.

—Esto no es normal, cura —dijo Flores sacando su arma de la funda—. ¿Estás seguro de que quieres continuar?

            Elías asintió con un movimiento cadencioso y el soldado suspiró.

—Muy bien.

            Hicieron el recorrido por el pasillo. Estaba oscuro, a la izquierda tenían la pared del templo, y a la derecha una sucesión de árboles de fronda espesa que bloqueaba la luz exterior. Aquel debía ser el Bosque de los Perdidos que mencionó el Olehym.

            Al final del pasillo había una puerta, mucho más pequeña que la anterior, igual de madera. Elías se acercó, estirando la mano hacia el anillo de metal que servía de perilla, lo giró y lentamente abrió la puerta.

            La luz se precipitó sobre ellos como una cascada y escapó hacia el pasillo devolviéndole la vida.

            Cuando sus ojos se adaptaron vieron que más allá de la puerta se abría una amplia habitación circular de techo elevado en forma de cúpula. En las paredes altas había ventanas alargadas que miraban hacia un cielo despejado. Algunas de estas ventanas tenían vitrales, otras estaban completamente abiertas.

            Elías se abrió paso hacia el interior con los ojos desencajadas y la boca entre abierta. Flores iba detrás en un estado similar, pero con la pistola empuñado en posición de asalto.

—Es aquí —murmuró el sacerdote señalando las paredes. No había rastro de aserrín en ellas, de hecho, no había un solo trozo de madera en todo el lugar. Pero las paredes, amplias y albinas, estaban cubiertas de intrincados grabados. Elías se puso a examinarlos con detenimiento, pero fue Flores quien primero les halló sentido.

—Son petroglifos —dijo y seguidamente guardó su arma en el cinto—. Mira —añadió acercándose a uno de los pictogramas—. Todos están conectados, son parte de una historia.

            Elías miró de cerca el lugar que le señalaba y concedió:

—Es la historia del Maestro. La misma que nos contó el Olehym.

—Está todo aquí —continuó Flores, incapaz de creer lo que veía. Los dibujos eran tan explícitos que incluso él que no tenía preparación alguna en el tema podía entenderlos. Era como si el artista hubiera querido que cualquiera que mirara su obra recibiera el mensaje.

—Hay mucho más —apuntó Elías siguiendo el sentido de la inscripción. Iba de izquierda a derecha, comenzando en la entrada de la habitación—. No es la historia del Maestro, es la historia de toda una civilización —Elías tembló mientras descifraba las gráficas—. Se llaman así mismos Yalehm Hileh Walehm Hishtah, los Grandes Señores de Piedra… Y.H.W.H —Elías miró a su amigo con una cortina de terror ensombreciéndole el rostro—: Yahweh —añadió.

            Le tomó un momento recuperar el aliento, pero entonces continuó:

—Aquí narra la aventura del Maestro en la Tierra. Lo llaman el Forastero, el que nació en el exterior. Como dijo el Olehym, cuando el Maestro volvió a casa y reconoció su amor por los humanos el Padre se enfureció. Sintió que le habíamos robado el amor de su hijo, que lo habíamos convertido en uno de ellos. El Padre no quiso saber nada más de él, pero no lo desterró… no lo envió lejos a gobernar en su nombre, Dios santo…

            Elías se quedó paralizado con las manos apoyadas en la pared de piedra. Flores se acercó para ayudarlo.

—Calma, amigo. Ya es suficiente —le dijo.

—El Padre no lo exilió —dijo Elías—. El Maestro nunca abandonó este planeta…

            Siguió con la mano las inscripciones, pero estas se desviaban al terminar la pared, describían una línea apenas visible en el suelo y terminaban en un podio que se elevaba en el centro de la habitación. Elías corrió hacia él. Se trataba de una especie de pilón con el interior poroso, como si alguna vez estuviera lleno de agua. El sacerdote recorrió la superficie con la mano intentando descifrar su significado.

—Este es el lugar —dijo un momento después—. Lo llamaban el Carpintero, porque su padre en la Tierra lo era. “Tú no eres hijo mío” dijo el Señor de este mundo. “Tú eres hijo del hombre y como ellos has de morir”

            Lo encerró en este lugar despojándolo de sus poderes divinos. Lo hizo hombre una vez más. Mi señor murió aquí en este lugar —Elías apoyó su mano en el podio central y bajó la mirada—. Solo… como prisionero de su propio padre.

            Flores no se atrevía a hablar, tenía el rostro desencajado, con la mente abarrotada por la nueva información. Pero sabía que no importaba cuanto le afectara a él la verdad, su amigo se encontraba mucho peor.

            Se acercó a él con prontitud y le puso una mano en el hombro.

—Debemos salir de aquí —le instó—. El Olehym nos ha engañado.

            Pero justo en ese momento un sonido metálico les invadió los oídos y la pequeña puerta de madera se desvaneció. En su lugar, apareció una puerta con barrotes de acero tan gruesos como los de una prisión.

—Pero solo en una parte —les dijo una voz. El Olehym estaba del otro lado de la reja con su expresión de desconcierto—. Y por una buena razón.

            Flores corrió hacia él enfurecido y le apuntó a la cabeza.

—Será mejor que nos dejes salir tú… cosa —pero el hombrecito lo miró con cara de bobalicón.

—La puerta se abrirá sola —dijo. Cuando hayan activado el sistema.

—¿De qué hablas? —espetó el soldado y miró hacia el centro de la habitación. Elías intentó quitar la mano del pedestal, pero descubrió que está estaba sostenida por alguna fuerza magnética. Líneas azules se dibujaron sobre ella como una red eléctrica.

—¿Qué le hiciste? —soltó Flores volviendo a mirar al Olehym.

—Solo debe activar el sistema y podrán salir —le repitió.

            Elías los miró un momento y volvió a mirar el pedestal.

—Aquí dice que solo la semilla del Señor puede iniciar el proceso —gritó.

—Exacto —le respondió el Olehym—. Ustedes, los últimos nacidos, tienen la semilla del Creador.

—Sangre —murmuró Elías comprendiendo de pronto—. Se activa con sangre.

—No —protestó Flores—. No lo hagas.

            Elías se encogió de hombros.

—No tenemos opción —le confesó—. Y tomando el trozo de metal se hizo una hendidura en la mano. Al instante un hilo de sangre escarlata manó de la herida y se le deslizó por los dedos. Tan pronto tocó la roca todo el lugar se iluminó. Las hebras de luz azulona se hicieron visibles en todo alrededor, por paredes y suelo y la pequeña puerta de metal se cubrió de ellas antes de desaparecer.

            El Olehym se marchó también y Elías pudo despegar la mano del pilón. Flores corrió desesperado hacia él.

—¿Estás bien? —le preguntó y Elías asintió—. Tenemos que salir de aquí.

—Proceso iniciado —dijo una voz artificial proveniente de ningún lugar y toda la habitación comenzó a temblar.

            Elías y Flores cruzaron la puerta y atravesaron el pasillo oscuro a grandes zancadas. Cuando llegaron a la entrada del templo vieron que todo el lugar estaba envuelto por esas líneas azul intenso. Le dieron la espalda a la edificación de piedra y salieron hacia el descampado solo para descubrir que una inmensa masa de metal flotaba en el aire sostenida por una treintena de propulsores, mientras hacia su descenso hacia la superficie.

            Elías no había tenido tiempo de sorprenderse aun cuando vio que detrás de la Equus aparecían también al menos una docena de naves más pequeñas. Todas identificadas con el Ángel Plateado, el emblema de la Misión América.

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