Capítulo 20

La Voz del Maestro

El sacerdote esperó ansioso mientras la Equus tocaba suelo envuelta en una nube de polvo y grama chamuscada. Detrás de ella, las naves oficiales descendieron también.

                Por un momento solo pudo pensar en los enocitas y en el terrible destino que debieron encontrar. La presencia de naves imperiales en el lugar era señal inequívoca de que su revolución había fracasado. Pero, ¿qué había ocurrido con Espinosa? ¿Acaso también había caído en manos de los soldados de la flota?

                Elías miraba aún el descenso de las embarcaciones cuando un nuevo temblor sacudió la superficie y en ese momento comprendió que, sin importar quien controlara la nave, tenían poco tiempo para salir de allí.

                Pasaron unos minutos antes de que las puertas de la mula de carga se abrieran y la rampa de desembarque se llenara con las botas de Espinosa y sus hombres.

                Armados y orgullosos, los soldaron avanzaron sobre el suelo alienígena como conquistadores. A Elías le tomó un momento reaccionar, pero cuando lo hizo corrió hacia ellos agitando las manos en el aire y gritando—: ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Este lugar va a estallar!

                El Almirante esperó a que estuviera cerca y con un rápido movimiento levantó su arma y descargó la culata contra el mentón del sacerdote. Elías cayó al suelo aturdido por el impacto.

—Parece que sigues vivo, cura —le dijo cogiéndolo de la sotana—. Es hora de enmendar ese error.

                Los golpes de Espinosa llegaban uno tras otro como cañonazos. Elías no hubiera podido esquivarlos ni aunque quisiera. Los soldados rebeldes se dispersaron alrededor junto a, al menos, un centenar de nuevos rostros. Eran oficiales enmascarados de la flota.

                Elías solo alcanzaba a ver sus siluetas negras avanzando hacia el templo en posición de asalto.

—Va… a… explotar —le dijo a Espinosa con voz temblorosa.

                El Almirante detuvo la arremetida y se lo acercó al rostro.

—¿Qué dijiste? —le preguntó con desprecio.

—Va… a explotar. El planeta… va… a… explotar.

                Sus palabras apenas si se entendían. Tenía los labios hinchados y la boca llena de sangre. Pero en ese momento no necesitó decir nada más. Tan pronto terminó la frase una explosión resquebrajó la pradera cercana disparando un chorro de lava hirviente hacia los cielos. Por un instante los soldados quedaron paralizados, pero un nuevo temblor sacudió el suelo bajo sus pies y entonces tuvieron que correr.

                Por todos lados había columnas de fuego emergiendo desde la tierra como géiseres y soldados huyendo a la desesperada.

                Una grieta quebró de pronto el suelo cerca del templo y se dirigió reptante en dirección a las naves. La Equus sobrevivió la envestida, pero varias embarcaciones de la flota desaparecieron tragadas por la abertura.

—¿Qué le hiciste a mi planeta? —acusó Espinosa al sacerdote mientras observaba la tragedia. Elías no respondió.

                Detrás del soldado, alguien alzó la voz por encima de las explosiones y lanzó una orden—: ¡Retrocedan! ¡Vuelvan a las naves! ¡Este lugar desaparecerá!

—¡NO! —se oyó el grito brutal de Espinosa volviéndose para encarar al atrevido. Era el Coronel Havok, quien en medio de la multitud apuntaba su mano en dirección a la nave.

—Mis hombres están en peligro, Almirante —explicó cuando el líder lo encaró.

—Me importan una mierda sus hombres —soltó Espinosa completamente desquiciado—. Lo he dado todo por llegar hasta aquí, no voy a abandonarlo por un par de erupciones.

                Havok lo miró un momento con atención.

—Lo siento, Almirante —le dijo—, yo me voy de aquí.

                Pero tan pronto terminó de hablar sus ojos se desencajaron y se llevó las manos a la  cabeza como si lo invadiera un intenso dolor. Espinosa tenía la mano levantada y apretaba los dedos en el aire como si estuviera sosteniendo algo entre ellos. Los ojos los llevaba inyectados de sangre.

—Usted hará lo que yo le diga, Coronel. Le recuerdo que aún estoy al mando.

                El Coronel Havok se tocaba las sienes con el rostro contraído, al tiempo que un hilo de sangre comenzaba a manar de sus oídos.

                En ese momento, un nuevo terror atrajo la atención de todos. Un soldado que miraba las colinas verdosas del este dio la señal de alerta. Espinosa soltó a su víctima y se dirigió al lugar para ver de qué se trataba. Lo que vio lo dejó sin aliento.

                En la distancia, un centenar de figuras extrañas avanzaba hacia ellos a gran velocidad. Eran humanos, quizás, o algo parecido a humanos. Siluetas monumentales que corrían con la velocidad del viento.

                El Almirante Espinosa se plantó en el sitio y preparó su arma. Detrás de él, decenas de soldados aterrados empuñaron las suyas y tomaron posición de defensa. Estaban listos para enfrentar a un enemigo desconocido, en un campo de batalla que, literalmente, se caía a pedazos.

Mientras tanto, Elías Lemitre aprovechó para escapar. El sacerdote corrió tan rápido como se lo permitía su cuerpo adolorido en dirección contraria a por dónde venían las bestias. No tenía idea hacia dónde iba, solo quería alejarse de Espinosa y de sus hombres, y al mismo tiempo se preguntaba: ¿dónde carajo se había metido Flores?

El enemigo llegó rampante arremetiendo contra la fila de soldados y una ráfaga de balas los recibió.

                El cielo se llenó de sus gritos desgarradores y del tropel de soldados caídos. Elías se volvió para observar la masacre.

                Solo una imagen ocupó su mente, como arrastrada desde un pasado no tan distante, pero que parecía parte de una vida pasada. Era la imagen de Flores, contemplando las paredes talladas de KBL-15 a través de las fotografías en su monitor:

—¿Y estos qué son? —le preguntó el soldado ante una imagen en particular.

—Esos son Nephilim —le respondió Elías observando los dibujos en la piedra—, los gigantes que habitaban la Tierra antes de la llegada de los humanos.

—Pues se ven bastante feos.

—Bueno —concluyó Elías con una sonrisa—, también son obra de Dios.

                El sacerdote volvió al presente cuando una de aquellas criaturas levantó en el aire a un soldado y lo lanzó sobre sus compañeros como si fuera una bola de papel. Un momento después, otro militar, aterrado ante el tamaño del enemigo, corrió despavorido lejos de la contienda y sin querer tropezó con él. Elías no tuvo tiempo de esquivarlo y el hombre le asestó un golpe en la frente con su escopeta, que lo tumbó hacia atrás más aturdido de lo que estaba.

                Un velo de sombras le nubló la vista. Cerraba y abría los ojos luchando por mantenerse consciente. En ese estado vio transcurrir la batalla, vio a los soldados pelear a muerte, vio a los destructores cargar sobre ellos, vio al mundo estallar en caos. Y en medio de tanta destrucción y desconcierto, vio una figura difusa, contemplándolo todo desde la distancia. Era un hombre vestido con túnica blanca, que desprendía cierto resplandor. Elías concentró su atención en el extraño aparecido, el tiempo suficiente para darse cuenta que él también lo estaba mirando. Un momento después el sujeto avanzó hacia él. Tenía la barba desaliñada y el pelo rizado le llegaba hasta la cintura.

                Elías levantó la cara para mirarlo y el desconocido le tendió la mano.

—Es por aquí —le dijo, ayudándolo a levantarse. El sacerdote lo siguió lejos de la batalla, hacia un sector del templo que no había visitado. Bajaron por una trampilla y siguieron por un pasillo tan angosto que dos hombres no podrían recorrerlo codo a codo.

—¿A dónde me llevas? —le preguntó Elías, pero no obtuvo respuesta. Bajaron unas escaleras y entraron en otro corredor. Para ese momento los ruidos de la batalla desaparecieron y solo los acompañaba el sonido de sus propios pasos. Alcanzaron el final del pasillo y solo entonces comenzaron a subir.

                Esa última escalera los llevó hasta una abertura rectangular, de la que escapaba una luz casi fantasmal. La claridad se derramaba sobre los escalones como una lengua blanca. Elías caminó sobre ellos siguiendo al guía, pero cuando ocupó la habitación de arriba, descubrió que estaba solo.

                Era una sala amplia, más amplia que la Carpintería. Ubicada posiblemente en la parte posterior del edificio. Tenía las paredes resquebrajadas y cubiertas de hiedra. En una sección, incluso, faltaba un pedazo de techo.

                Elías se tomó un momento para mirar alrededor. Se dio cuenta que en el centro de la sala había un podio con un pilón, muy similar al que vio antes, pero este era tan grande que fácilmente podía albergar a una persona.

—¿Qué es este lugar —se preguntó—. ¿Por qué me han traído aquí?

                Los temblores que azotaban el mundo de afuera no se habían detenido y cuando aparecían, todo lo que lo rodeaba se llenaba de aquellas extrañas líneas brillantes que parecían sistemas eléctricos. Elías las contempló abrumado.

                Entonces sus sentidos le devolvieron algo de cordura y vio que las paredes estaban llenas de pictogramas, exactamente igual que en la Carpintería, pero estás estaban tan agrietadas que era poco lo que podía sacar de ellos.

—Debe haber una razón —se dijo—. No llegué aquí por casualidad —Caminó hacia el centro de la habitación. Su mano manchada de sangre y polvo rozó la superficie del pilón. Unas inscripciones talladas en él brillaron de pronto con sutileza y las extrañas líneas azules volvieron a aparecer.

—Funciona igual —se dijo—. Funciona igual que el anterior—. Aferrándose a la poca fuerza que le quedaba, Elías se levantó una manga de la sotana dejando expuesta una herida profunda en su antebrazo. La sangre coagulada había formado una costra negra y desagradable sobre ella. El sacerdote respiró hondo y acto seguido metió un dedo en la abertura, desgarrando la costra y liberando un chorro de sangre.

                Al instante la habitación entera se llenó de grabados azul eléctrico. Puntos brillantes de energía se desplazaban sobre ellos como si transportaran pensamientos y fue entonces cuando Elías lo comprendió. Aquel lugar no era un edificio inerte, era una máquina, una máquina construida por una mente superior.

                El Sacerdote siguió vaciando sangre sobre el pilón y mientras lo hacía, más y más caracteres aparecían ante él como un holograma. Como el tablero de navegación del Teniente Arsenal en la Equus o como el mapa ominoso de Espinosa que diera inicio a toda aquella aventura.

                Elías vio con ojos agotados la información que tenía delante y de pronto las piernas le fallaron. Arrancó un pedazo de tela de la sotana y apretó un nudo sobre la herida para cortar la hemorragia.

                No estaba listo para morir allí. Se sentía responsable del destino del planeta como de las vidas de los hombres que peleaban afuera. Ese mundo se caía a pedazos por su culpa. Pero ahora estaba allí, rodeado de inscripciones, de todos él, el único miembro de la Misión América que podía descifrar cualquier lenguaje. Elías Lemitre, Representante Eclesiástico de la Carabela, si alguien podía salvar el planeta era él.

                Pero las inscripciones que tenía delante no le decían mucho. Estaban escritas en un idioma distinto al que había visto antes en la Carpintería. Sin mencionar que con el cansancio y la pérdida de sangre, su visión estaba en el peor estado. A menudo los caracteres se superponían y no estaba seguro donde terminaba uno y comenzaba el siguiente.

—Puedes hacerlo, Elías —se dijo a sí mismo—. Tienes que hacerlo.

                Se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano y volvió a mirar. El holograma seguía brillando.

—Son logogramas —pensó—, la escritura más antigua, como las de Nuevo Santiago. Puedo hacerlo, yo puedo descifrarla

                Y así ocurrió. Los gráficos de luz que veía adelante fueron cobrando sentido poco a poco. Mientras más los miraba más los comprendía. Y sucedía que, a veces, leía una oración y descubría el significado de un nuevo símbolo y debía volver atrás para integrarlo al contexto. Pero allí estaba todo, la historia completa de ese mundo, como una biblioteca digitalizada, convertida a un registro que duraría milenios, incluso luego de que sus creadores desaparecieran. Comprendió quiénes integraban la Asamblea, la verdadera naturaleza del planeta, la identidad del Olehym. Allí estaba. Supo en qué consistía el sistema de autodestrucción y lo mejor de todo, supo cómo detenerlo.

                El sacerdote se quedó extasiado en medio de la habitación, ojos cerrados, mientras la información invadía su cuerpo. Estaba listo, ahora estaba listo para actuar.

                Pero antes de que abriera los ojos, una bala atravesó los caracteres desordenando todo el entramado. Fue a dar hasta una estatua, a la que le arrancó un pedazo de piedra blanca.

                Elías se cubrió la cabeza y salió de detrás del tablero. Frente a él estaba el Almirante Espinosa, con el arma en una mano y en la otra, el cuerpo malogrado de un soldado.

—Te encontré —le dijo, su voz sonaba rasposa y cansada. Elías se dio cuenta de que apoyaba todo el peso en una sola pierna y que tenía laceraciones por todo el cuerpo—. ¿Cómo te atreves a huir cuando todo esto es culpa tuya? —le espetó—. Tuya y de este malnacido.

                Espinosa lanzó al suelo al hombre que lo acompañaba. El sujeto soltó un quejido y levantó la cara.

—Flores —murmuró Elías, no pudo evitar sentirse aliviado.

—Te alegra verlo —le dijo Espinosa con malicia al ver su reacción—. ¿No quieres saber dónde estaba? —Elías lo miró extrañado—. Lo encontré cerca de las naves de la flota, intentando entrar a una de ellas. ¿A dónde ibas Flores? ¿Pensabas huir? —El Almirante lo golpeó con su arma, pero el soldado no respondió.

                Elías no dijo nada. Se mantuvo a buena distancia, observando a Espinosa con atención.

—¿Quizás te interese saber más sobre tu amigo? —continuó el Almirante mirándolo. Su expresión era la de un demente. No esperó a que Elías le contestará y añadió—: Tu amigo es un traidor —aseguró—. Siempre lo ha sido. ¿Sabías que trabajaba para la Misión América? Sí, aún después de nuestro exilio.

                Las palabras sacudieron a Elías como una bofetada, miró a su amigo sin comprender.

—¿Recuerdas al Scout? —Continuó el Almirante—. Nos sorprendió lo fácil que nos encontró después del salto. Nos sorprendió lo fácil que la flota nos encontró cuando atrapamos a sus exploradores. Fue Flores desde el principio, él les informó. Pero no estaba solo, el Coronel Havok trabajaba con él. Eran los dos orgullosos empleados del Alto Mando.

                Elías miraba a su amigo con desolación. No estaba seguro de poder confiar en Espinosa, pero el soldado no parecía dispuesto a defenderse. Tenía que oír su versión.

—Flores —murmuró. El teniente alzó un rostro desfigurado y lleno de dolor.

—Lo siento, amigo… —dijo con voz queda—. Quise decirte, pero…

                El Almirante levantó su arma y le apuntó a la cabeza. El disparo reverberó en la habitación de piedra y el cuerpo de Flores cayó al suelo en medio de un charco de sangre. El suelo poroso la absorbió como una esponja.

                A Elías se le quedó el grito en la garganta. Se había quedado paralizado. El Almirante lo miró con unos ojos vidriosos que habían perdido todo rastro de humanidad. Su rostro estaba tan lleno de sangre y de sudor que apenas si podían verse sus facciones.

—Tu turno —le dijo y le apuntó el arma a la cara—. Elías reaccionó de pronto y alzó las manos.

—¡Puedo arreglarlo! —gritó—. Puedo detener la destrucción del planeta—. Espinosa vaciló.

—¿Qué estás diciendo? —Preguntó—. ¿Cómo?

—Antes de que ustedes llegaran activamos por error una especie de mecanismo de autodestrucción —explicó el sacerdote—. Pero puedo detenerlo. Sé cómo hacerlo.

—Tus trucos no funcionarán, cura. Más te vale que sea verdad.

—No es un truco. Sé cómo hacerlo.

                El Almirante lo miró indeciso durante un instante. El arma temblando en sus manos. Al final soltó una risa psicótica y bajó la enorme escopeta.

—No tienes idea el poder que he obtenido —dijo aun riendo y dándole la espalda. Elías aguardó—. Los salvajes de KBL-15… lo supe desde el principio. Tenían algo especial. Ahora sus genes están en mí. Su poder. Ahora puedo hacer lo que ellos hacían.

                El Almirante cerró la mano en un puño tembloroso y de pronto una roca junto a Elías estalló en mil pedazos. El sacerdote dio un salto aterrado y el Almirante se lanzó contra él tomándolo de la sotana.

—¡No podrías engañarme aunque quisiera! —le gritó—. ¡Yo soy la evolución!

—Y es por eso que lo necesito —dijo Elías con calma haciendo un gesto con las manos. Espinosa lo miró confundido—. Antes de que llegara no sabía cómo activar el sistema, pero ahora que está aquí lo comprendo. Usted es la clave.

                El Almirante lo liberó y se alejó un paso. Parecía dudar de sus palabras.

—Almirante, Dios lo ha enviado hasta aquí, igual que me ha enviado a mí. Aún tenemos una salida. Podemos salvar el planeta y tener el nuevo comienzo que usted soñó.

                El rostro de Espinosa recuperó parte de la luz que había perdido. Miró al padre con ojos temblorosos y asintió.

—Hagámoslo —dijo—. Elías se acercó y lo guió hacia el centro de la habitación.

—Este sistema se activa con sangre —explicó señalando el receptáculo—. La sangre de los primeros nacidos. La misma que ahora corre por sus venas. Espinosa miró el pilón y frunció el entrecejo. Algo andaba mal allí.

—¿Estás diciendo que debo derramar sangre? —preguntó suspicaz—. Y dices que no es un truco.

—No lo es, Almirante —dijo Elías con seguridad—. Pensé que yo podía hacerlo —añadió y se levantó la manga para mostrar la herida reciente—. Yo mismo he derramado un poco pero no funcionó. No es sangre humana lo que activa el sistema, debe ser sangre superior.

                El Almirante miró al sacerdote con atención, más allá del brillo desquiciado que tenía en ellos había cierto dejo de arrogancia. A esa pequeña fracción estaba apelando Elías y al final lo consiguió.

                Asintiendo el Almirante aceptó ayudarlo. Dejó a un lado su arma y se dispuso frente al receptáculo. Era la oportunidad que Elías esperaba. Instantes atrás, había tomado el trozo de piedra que la bala de Espinosa había arrancado de la estatua de un Dios sin nombre, y la apretó en su mano. Cuando el Almirante se inclinó para dejar caer unas gotas de su sangre en el pilón, el sacerdote descargó el guijarro en su cabeza con tanta fuerza que todo el brazo le tembló.

                La sangre salpicó su cara y el soldado se tambaleó perdiendo el equilibrio, pero resultó que no alardeaba sobre sus habilidades especiales. Resistió la embestida como si su cráneo estuviese hecho de metal. No obstante, Elías aprovechó el desconcierto para rematarlo. Tomó el cordón de San Francisco, el que llevaba a la cintura y lo pasó por el cuello del soldado. Tiró hacia atrás con toda su fuerza, apoyándole una rodilla en la espalda. El Almirante luchó, llevándose las manos a la garganta, pero aún estaba aturdido por el golpe. Elías siguió jalando con fuerza. Los manotazos de su víctima lo alcanzaban en la cara y en las manos, pero no podían hacerle daño. De pronto sintió que las cienes le estallaban. Espinosa intentaba liberarse con la misma habilidad que usó contra Havok. El sacerdote tiró con más fuerza, los oídos le sangraron y una lágrima corrió por su mejilla, pero entonces, todo terminó.

                El cuerpo de Espinosa se contorsionó una última vez, y después de eso se quedó inmóvil. Elías esperó un momento por precaución antes de liberarlo de su prisión. El cordón de San Francisco cayó al suelo. Estaba manchado de sangre.

                Elías lloraba, su corazón latía tan fuerte que amenazaba con salírsele del pecho. Pero no se detuvo. Sabía que afuera había hombres luchando por sus vidas, si era que quedaba alguno, y aunque no quedara, todavía debía salvar el planeta.

                Como pudo alzó el cuerpo de Espinosa y lo lanzó dentro del pilón. Le quitó el cuchillo que llevaba a la cintura y con él le rajó el cuello de par en par. Era lo que pedían los Dioses: la sangre de un mortal, toda la sangre de un mortal.

                Tan pronto el líquido cubrió el fondo del recipiente un nuevo temblor sacudió la sala y esta se llenó de luces azules. Un pulso brillante comenzó a manar desde el centro y hacia el exterior. Todo el templo se sacudía mientras trozos de piedra de las paredes agrietadas comenzaban a caer. Elías hizo lo que pudo por mantenerse en pie. De pronto frente a él apareció una imagen: la figura holográfica de un hombre pequeño empuñando un arado.

—¡No! —dijo en un grito furioso—. Está no es la voluntad de mi señor.

                Pero antes de que Elías pudiera reaccionar, una segunda aparición se materializó en medió de las roncas caídas. Esta era mucho más vívida, mucho más real, con un resplandor blanquecino alrededor en lugar del brillo azulado que tenía todo lo demás. Elías reconoció al hombre barbado que lo había guiado hasta allí. El desconocido puso su mano en la frente del Olehym y al instante la criatura se desvaneció en una explosión de luces y energía.

                El guía miró a Elías un momento y luego hacia la abertura en el suelo por la que habían entrado. El sacerdote asintió nervioso y echó a andar en esa dirección. Pero en ese momento recordó a Flores y desvió la mirada hacia él. Sus pasos lo devolvieron hacia el Teniente caído, cargó el cuerpo sobre sus hombros, no sin dificultad, y regresó. Antes de abandonar el recinto dio un último vistazo. El hombre de la barba aún lo miraba. Su expresión era de satisfacción.

*             *             *

En el exterior las explosiones se habían detenido. Los soldados batallaban aún contra las bestias gigantes, cuando un súbito pulso de luz surgió del edificio blanco que los franqueaba. Ambos bandos detuvieron la lucha un instante y dirigieron su atención hacia el lugar. Fue un segundo de expectación que duró más de lo que debía y de pronto de la superficie nívea saltaron al cielo una cantidad insospechada de formas aladas que brillaban con luz intensa. Los soldados vieron que las figuras estaban envueltas por ruedas de luz que giraban a su alrededor como escudos y que en sus manos empuñaban arcos y espadas largas con hojas radiantes. Pero fueron los enemigos quienes temieron, porque las formas arremetieron contra ellos con la fuerza de un huracán. Cuando los soldados vieron que estos nuevos seres estaban de su lado lanzaron al aire un grito de guerra y reanudaron la pelea. No pasó mucho tiempo antes de que todos comprendieran que la marea había cambiado y que aquella batalla estaba a punto de terminar.

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