Capítulo Final

Un Nuevo Comienzo

Todo lo que quedó del templo fue una pila de piedras amontonadas. Cuando Elías llegó a la superficie tuvo que empujar algunos guijarros para abrirse espacio. Por fortuna, había tenido la ruta subterránea con el pasillo angosto y la larga escalera, para salvarlo de una muerte segura. Allá abajo también tembló, pero el ducto estaba tallado en la roca viva, así que nada podía demolerlo.

                El sacerdote acomodó el cuerpo de Flores cerca de la salida (no le quedaban fuerzas para cargarlo más allá). Echó a andar lánguido hacia la pradera, temeroso de ver cómo había terminado la batalla. A medida que avanzaba vio los cuerpos caídos de los soldados terrestres, brutalmente masacrados, pero también había cadáveres de Nephilim en grandes cantidades y esto le sorprendió.

                Un momento después escuchó la voz de un soldado y lo vio correr hacia él.

—Padre Lemitre, señor —dijo el muchacho con una amplia sonrisa—. Está usted vivo, ¡qué alegría!

                El chico era un oficial del grupo de Espinosa, lo había visto muchas veces en los pasillos de la Equus, pero nunca había hablado con él.

—El General querrá verlo, señor —le dijo—. Yo lo llevaré.

                El joven se pasó el brazo del sacerdote por encima de los hombros y lo llevó con él. Elías dejó que lo guiara hasta una zona cercana a las naves. El breve caos que sufrió el planeta había dejado marcas en la superficie. Por todos lados veía grietas enormes en la tierra y charcos de lava estancada hervían aún aquí y allá. Elías vio adelante a un grupo de soldados reunidos y se alegró de que fueran tantos. Uno de ellos, al verle venir, abrió bien los ojos aliviado y se adelantó para recibirlo.

—Padre Lemitre, señor —el hombretón del General Khampa apoyó una rodilla en el suelo e hizo una reverencia. Elías se esforzó por sonreír. Le dolía cada músculo de la cara.

—Levántese, General, a mí también me contenta verlo. El soldado lo hizo y lo guió con el resto. Al acercarse Elías vio que la mayoría de los presentes eran miembros de la flota. Rostros que no conocía, aunque entre ellos, vio al Teniente Gramsci y a Nienna Belares, ambos de rodillas con las manos esposadas a la espalda. Eran prisioneros. Pero lo que llamó la atención del sacerdote fue el grupo de figuras brillantes que acompañaban a los hombres, eran Ophanim, alto y majestuosos como los había visto en el bosque.

                El General Khampa lo llevó hasta ellos y los seres y los soldados inclinaron la cabeza.

—Hemos enviado a algunos hombres tras su pista, padre —explicó deteniéndose junto a él—. Pero no estábamos seguros de poder encontrarlo. El Almirante también ha desaparecido —añadió frunciendo el ceño.

—Ya no tendrá que preocuparse por el Almirante —dijo Elías apartando la mirada—. Ha caído.

—Ah —Khampa se quedó inmóvil un momento como si no estuviera seguro si mostrarse aliviado o afligido.

—Está bien —lo tranquilizó Elías—. Ustedes… los soldados ¿están bien?

—Sí, señor —respondió Khampa irguiéndose nuevamente—. Los ángeles nos han salvado.

                El hombre alzó una mano para señalar a las criaturas que los acompañaban. Elías los miró, aún ahora, líneas azuladas se dibujaban en sus rostros. Sabía quiénes eran, lo había descubierto al descifrar las inscripciones escondidas en el templo, pero no dijo nada.

—¿Qué harán ahora, General? —se atrevió a preguntar. Su voz sonaba cansada y triste—. ¿Volverán?

—Ay, no, señor —le respondió el soldado algo alarmado—. Nos quedaremos aquí. Los oficiales de la flota han aceptado unírsenos y los ángeles nos han hablado de un lugar hacia el sur. Un campo a la orilla de un río, donde crecen árboles frutales y el suelo es tan fértil que las verduras prácticamente se siembran solas. Fue la voluntad de Dios que llegáramos hasta aquí, padre. Ahora es nuestro hogar.

                Elías suspiró apenado. Pero por más románticas que le sonaran las palabras del militar, no le parecían nada sensatas.

—Yo también llegué a pensar que esa era una buena idea, General —le confesó—. Antes de llegar aquí. Ahora solo veo muerte y destrucción.

                Pero antes de que el soldado le pudiera contestar, las puertas de la Equus se abrieron detrás de Elías. El General Khampa mostró una sincera sonrisa.

—Quizás aún no es tiempo de perder la esperanza, padre —Le hizo una seña y Elías se volvió.

                Allí adelante, en mitad de los despojos que había dejado la batalla, Elías vio a un grupo de personas que salían de la arruinada nave. Eran tantos que parecía que el flujo no terminaba. El rostro del sacerdote se iluminó con una sonrisa cuando en medio de la multitud vio a Miriam que caminaba de la mano de unos chicos y la pequeña Aria que corría adelante en dirección a él.

—¡Mesías! —Gritó la niña con alegría—. Mesías, hemos llegado.

*             *             *

Pasaron varias semanas antes de que el pueblo de Enoc junto a los soldados tuvieran todo listo para partir. El General Khampa, que tras la muerte de Espinosa y de Havok había pasado a ser el oficial de mayor rango, ordenó limpiar los horrores de la guerra antes del viaje. Elías observó los trabajos desde la distancia. Estaba ya casi recuperado. Le habían limpiado los rasguños y suturado las heridas. Su cuerpo había mejorado, pero su alma seguía lastimada.

                En ocasiones Aria iba a hacerle compañía y cuando la niña lograba convencerlo se acercaba para compartir con el resto del grupo. A las mujeres enocitas sobretodo les gustaba tenerlo cerca. Para ellas él seguía siendo el Mesías y le agradecían todo lo que había hecho, pues estaban convencidas de que sin su ayuda jamás habrían encontrado aquel lugar.

                El resto del tiempo Elías lo pasaba caminando por el bosque y las colinas cercanas meditando y dejando que la tranquilidad lo reconfortara. Le habría encantado ayudar a los otros a levantar a los muertos o a escoger las provisiones que llevarían en su viaje. Pero cada vez que se ofrecía recibía la misma respuesta: “Ya ha hecho suficiente, padre. Déjenos el resto nosotros”. Elías no estaba seguro si aquello era una cortesía o un recordatorio de lo inútil que lo consideraban por ser sacerdote.

                De cualquier modo, eso le daba más tiempo para ir a caminar. En ocasiones lo veían hablando con los ángeles, como llamaba la gente a los Ophanim. Elías no les había contado nada sobre la verdadera naturaleza de aquellos seres, pero con ellos si conversó y confirmó lo que sabía.

—Somos parte de este mundo como las rocas y los árboles —le había explicado uno que se hacía llamar Meleniel—. Hemos cuidado de él desde que nuestros señores se marcharon y seguimos cuidándolo porque esa fue su voluntad.

—¿Pero por qué obedecen ahora a los terrestres? —Le preguntó Elías recordando las gigantescas flechas que le dispararon en su primer día en ese mundo—. Fue la voluntad de nuestro señor que cualquiera que entrase a la sala del templo y derramara su sangre sobre el altar, demostraría ser digno de gobernar nuestra casa. Ustedes derramaron su sangre y ahora nosotros los servimos.

                Elías recordó el terrible momento. No lo había olvidado ni un segundo desde que salió del templo. Le había mentido al Almirante. Él sabía que la única manera de detener la destrucción del planeta era entregando una vida al macabro sistema que dejaron los Dioses. Estaba dispuesto a entregar la suya con tal de enmendar el error que cometiera al confiar en el Olehym, pero en ese instante llegó Espinosa, enloquecido por el miedo y la corrupción. Elías no había dudado en cambiar su vida por la de él, primero un ser malvado como el soldado antes que un sacerdote. Había sido egoísta y jamás se lo podría perdonar.

—¿Hay otros templos? —le preguntó al Ophanim—. Otros lugares como el de aquí.

—Sí —le respondió Meleniel—. Hay muchos otros, dispuestos en los puntos de mayor concentración.

                No tuvo que preguntar a qué se refería. Elías sabía que ese planeta no era realmente un planeta sino una máquina artificial. Al principio pensó que solo el templo lo era, pero luego se dio cuenta de que todo a su alrededor era una obra tecnológica descomunal. El producto de milenios de avances científicos. Los seres que gobernaron allí en el pasado y que él y los otros confundían con Dioses, eran en realidad una civilización poderosa e increíblemente desarrollada. Ya el Olehym había dicho que tenían el poder de crear vida, y eso hicieron tanto con los humanos como con los otros entes que dejaron regados por el universo, incluyendo a los habitantes de KBL-15. Pero lo que el hombrecito no le contó, fue que en el ocaso de su poder, llegaron a menoscabar tanto su propio planeta que se vieron obligados a modificarlo. No buscaron un nuevo hogar en el espacio como hicieron los humanos, alteraron el que tenían y lo convirtieron en un paraíso artificial, cuya única diferencia apreciable con el mundo real eran las esporádicas líneas electromagnéticas que decoraban su superficie.

                Elías alzó la cabeza para mirar el rostro del guardián. Un circuito luminoso se dibujó momentáneamente en él, pero  de inmediato desapareció.

—Ustedes son parte de este mundo como lo fue el Olehym —comentó—. ¿Por qué él no cambió cuando cambiaron ustedes?

—El campesino era un seguro —le respondió el Ser—. Una precaución. Nosotros existimos desde que nació nuestra casa. Pero el campesino fue creado cuando los señores se marcharon. Le fue encomendada la tarea de destruir el hogar si algún día el enemigo se apoderaba de él. Pero hubo un error en su programación. Una alteración que terminó convenciéndolo de que su deber era acabarlo todo a como diera lugar. No pudo hacerlo, sin embargo, porque necesitaba la semilla de nuestros señores. Entonces llegaron ustedes.

                Elías frunció los labios. Esa parte la conocía muy bien.

—¿Y el Forastero? —preguntó para cerrar—. Ese que su padre llamaba el Carpintero.

—El Hijo del Hombre estuvo preso en la Carpintería —respondió el Ophanim—. Pero la Carpintería no es un lugar único. Es una red de puntos de concentración.

—Y hay una en cada templo —resaltó el sacerdote sintiéndose repentinamente entusiasmado.

—Una en cada punto de concentración —parafraseó el Ophanim.

—Entonces aún puede estar en alguna de ellas

—Su cuerpo murió como los humanos —le aseguró el Ophanim.

—Pero su alma no.

—No —respondió la criatura y Elías sintió que las palabras penetraban en sus oídos y lo llenaban de una fuerza renovada, como si él mismo fuera parte de la red de energía que recorría al planeta—. Su alma no.

*             *             *

Todo estuvo dispuesto para la partida. El grupo formado por los enocitas y los soldados reunió todas las provisiones que pudo rescatar de las naves y las amontonó en una montaña que luego fue repartida para que cada quien llevara una parte en la espalda. Habían resuelto que la mejor manera de comenzar desde cero era dejando atrás todas sus posesiones materiales. Y en las situaciones actuales, lo único material que poseían eran las naves.

                A los muertos también los reunieron, pero a estos los dispusieron en túmulos alargados y los sembraron en la pradera que estaba frente al viejo templo. Le pidieron a Elías que oficiara una misa en honor a los caídos y el Mesías no tuvo otra opción más que complacerlos.

                Cuando la ceremonia terminó, dejó que los presentes se encargaron de los últimos preparativos y fue a encargarse de su propio equipaje. Una hora después estaba en la cima de una colina cercana, viendo como Khampa y sus hombres organizaban atareados la columna de viaje.

—No vas a ir, ¿verdad? —Oyó una voz a su espalda—. El sacerdote se dio vuelta y vio a Miriam que subía con dificultad, guiada por la tierna mano de Aria.

                La enocita estaba mucho más repuesta que la última vez que la vio, pero su adelantado estado de embarazo y su avanzada edad no eran una buena combinación para el largo viaje que tenían por delante. Elías se apresuró a ayudarla. Le dio la mano y la guió hasta una roca cubierta de vegetación donde había estado sentado. La mujer suspiró aliviada.

—¿Mamá dice que te vas a quedar? —le soltó Aria agitada tan pronto su madre estuvo cómoda—. Que no vas a ir con nosotros. ¿Es cierto?

                Elías la miró aturdido, lo había tomado por sorpresa. Miriam esperó la respuesta con la mirada ciega perdida hacia la nada.

—Yo… no puedo ir —dijo—. Hay algo que debo hacer —Aria se encogió de hombros.

—Ellos esperan que los guíes, ¿lo sabes? —le preguntó Miriam con la mirada fija adelante—. Khampa está de acuerdo, te siguen considerando su salvador —Elías se rió. Fue una sonrisa triste—. Yo también creo que lo eres.

—Yo no los salvé —le dijo con amabilidad—. Lo hicieron ustedes mismos con su fe.

—Aun así —replicó Miriam tocándose con el dedo la punta de la nariz—. No está demás darle una cara a la fe.

                Elías volvió a sonreír, pero esta vez fue real.

—Sabes… —dijo—. Tú deberías liderarlos. Serías una estupenda gobernante —Miriam rió como nunca la había oído—. Es en serio, ¿tú qué opinas? —añadió el sacerdote dirigiéndose a Aria.

                La niña alzó los hombros de nuevo.

—Yo la seguiría —contestó.

—Allí lo tienes. Está decidido, hablaré con Khampa antes de partir —Elías se inclinó para tomar su morral y se lo hecho al hombro. Aria vio que por un lado estaba roto.

—¿Qué es eso? —le preguntó.

—¿Qué? —inquirió Elías.

—Eso… allí arriba.

—Ah, esto —Elías tocó con una mano el recipiente cilíndrico que se asomaba por encima de su morral—. Es madera… —le dijo— una madera muy especial.

                Al cabo de un momento Miriam le preguntó:

—¿A dónde irás? —Elías se acomodó el morral en la espalda y suspiró.

—Hay alguien a quien debo encontrar —dijo lacónicamente.

—Entonces… —la mirada vidriosa de Miriam brillo con un destello de sol artificial—. De corazón espero que puedas encontrarlo.

                El hombre la besó en la frente y le dio un fuerte abrazo a Aria. Alzando su mano les dijo Adiós y se dispuso a bajar la colina.

—¿Has pensado cómo llamarás a tu hijo? —le preguntó mientras lo hacía.

—Un ángel me dijo cómo—le respondió Miriam alzando la voz—. Llevará el nombre de nuestro salvador.

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