Capítulo 20

La Voz del Maestro

El sacerdote esperó ansioso mientras la Equus tocaba suelo envuelta en una nube de polvo y grama chamuscada. Detrás de ella, las naves oficiales descendieron también.

                Por un momento solo pudo pensar en los enocitas y en el terrible destino que debieron encontrar. La presencia de naves imperiales en el lugar era señal inequívoca de que su revolución había fracasado. Pero, ¿qué había ocurrido con Espinosa? ¿Acaso también había caído en manos de los soldados de la flota?

                Elías miraba aún el descenso de las embarcaciones cuando un nuevo temblor sacudió la superficie y en ese momento comprendió que, sin importar quien controlara la nave, tenían poco tiempo para salir de allí.

                Pasaron unos minutos antes de que las puertas de la mula de carga se abrieran y la rampa de desembarque se llenara con las botas de Espinosa y sus hombres.

                Armados y orgullosos, los soldaron avanzaron sobre el suelo alienígena como conquistadores. A Elías le tomó un momento reaccionar, pero cuando lo hizo corrió hacia ellos agitando las manos en el aire y gritando—: ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Este lugar va a estallar!

                El Almirante esperó a que estuviera cerca y con un rápido movimiento levantó su arma y descargó la culata contra el mentón del sacerdote. Elías cayó al suelo aturdido por el impacto.

—Parece que sigues vivo, cura —le dijo cogiéndolo de la sotana—. Es hora de enmendar ese error.

                Los golpes de Espinosa llegaban uno tras otro como cañonazos. Elías no hubiera podido esquivarlos ni aunque quisiera. Los soldados rebeldes se dispersaron alrededor junto a, al menos, un centenar de nuevos rostros. Eran oficiales enmascarados de la flota.

                Elías solo alcanzaba a ver sus siluetas negras avanzando hacia el templo en posición de asalto.

—Va… a… explotar —le dijo a Espinosa con voz temblorosa.

                El Almirante detuvo la arremetida y se lo acercó al rostro.

—¿Qué dijiste? —le preguntó con desprecio.

—Va… a explotar. El planeta… va… a… explotar.

                Sus palabras apenas si se entendían. Tenía los labios hinchados y la boca llena de sangre. Pero en ese momento no necesitó decir nada más. Tan pronto terminó la frase una explosión resquebrajó la pradera cercana disparando un chorro de lava hirviente hacia los cielos. Por un instante los soldados quedaron paralizados, pero un nuevo temblor sacudió el suelo bajo sus pies y entonces tuvieron que correr.

                Por todos lados había columnas de fuego emergiendo desde la tierra como géiseres y soldados huyendo a la desesperada.

                Una grieta quebró de pronto el suelo cerca del templo y se dirigió reptante en dirección a las naves. La Equus sobrevivió la envestida, pero varias embarcaciones de la flota desaparecieron tragadas por la abertura.

—¿Qué le hiciste a mi planeta? —acusó Espinosa al sacerdote mientras observaba la tragedia. Elías no respondió.

                Detrás del soldado, alguien alzó la voz por encima de las explosiones y lanzó una orden—: ¡Retrocedan! ¡Vuelvan a las naves! ¡Este lugar desaparecerá!

—¡NO! —se oyó el grito brutal de Espinosa volviéndose para encarar al atrevido. Era el Coronel Havok, quien en medio de la multitud apuntaba su mano en dirección a la nave.

—Mis hombres están en peligro, Almirante —explicó cuando el líder lo encaró.

—Me importan una mierda sus hombres —soltó Espinosa completamente desquiciado—. Lo he dado todo por llegar hasta aquí, no voy a abandonarlo por un par de erupciones.

                Havok lo miró un momento con atención.

—Lo siento, Almirante —le dijo—, yo me voy de aquí.

                Pero tan pronto terminó de hablar sus ojos se desencajaron y se llevó las manos a la  cabeza como si lo invadiera un intenso dolor. Espinosa tenía la mano levantada y apretaba los dedos en el aire como si estuviera sosteniendo algo entre ellos. Los ojos los llevaba inyectados de sangre.

—Usted hará lo que yo le diga, Coronel. Le recuerdo que aún estoy al mando.

                El Coronel Havok se tocaba las sienes con el rostro contraído, al tiempo que un hilo de sangre comenzaba a manar de sus oídos.

                En ese momento, un nuevo terror atrajo la atención de todos. Un soldado que miraba las colinas verdosas del este dio la señal de alerta. Espinosa soltó a su víctima y se dirigió al lugar para ver de qué se trataba. Lo que vio lo dejó sin aliento.

                En la distancia, un centenar de figuras extrañas avanzaba hacia ellos a gran velocidad. Eran humanos, quizás, o algo parecido a humanos. Siluetas monumentales que corrían con la velocidad del viento.

                El Almirante Espinosa se plantó en el sitio y preparó su arma. Detrás de él, decenas de soldados aterrados empuñaron las suyas y tomaron posición de defensa. Estaban listos para enfrentar a un enemigo desconocido, en un campo de batalla que, literalmente, se caía a pedazos.

Mientras tanto, Elías Lemitre aprovechó para escapar. El sacerdote corrió tan rápido como se lo permitía su cuerpo adolorido en dirección contraria a por dónde venían las bestias. No tenía idea hacia dónde iba, solo quería alejarse de Espinosa y de sus hombres, y al mismo tiempo se preguntaba: ¿dónde carajo se había metido Flores?

El enemigo llegó rampante arremetiendo contra la fila de soldados y una ráfaga de balas los recibió.

                El cielo se llenó de sus gritos desgarradores y del tropel de soldados caídos. Elías se volvió para observar la masacre.

                Solo una imagen ocupó su mente, como arrastrada desde un pasado no tan distante, pero que parecía parte de una vida pasada. Era la imagen de Flores, contemplando las paredes talladas de KBL-15 a través de las fotografías en su monitor:

—¿Y estos qué son? —le preguntó el soldado ante una imagen en particular.

—Esos son Nephilim —le respondió Elías observando los dibujos en la piedra—, los gigantes que habitaban la Tierra antes de la llegada de los humanos.

—Pues se ven bastante feos.

—Bueno —concluyó Elías con una sonrisa—, también son obra de Dios.

                El sacerdote volvió al presente cuando una de aquellas criaturas levantó en el aire a un soldado y lo lanzó sobre sus compañeros como si fuera una bola de papel. Un momento después, otro militar, aterrado ante el tamaño del enemigo, corrió despavorido lejos de la contienda y sin querer tropezó con él. Elías no tuvo tiempo de esquivarlo y el hombre le asestó un golpe en la frente con su escopeta, que lo tumbó hacia atrás más aturdido de lo que estaba.

                Un velo de sombras le nubló la vista. Cerraba y abría los ojos luchando por mantenerse consciente. En ese estado vio transcurrir la batalla, vio a los soldados pelear a muerte, vio a los destructores cargar sobre ellos, vio al mundo estallar en caos. Y en medio de tanta destrucción y desconcierto, vio una figura difusa, contemplándolo todo desde la distancia. Era un hombre vestido con túnica blanca, que desprendía cierto resplandor. Elías concentró su atención en el extraño aparecido, el tiempo suficiente para darse cuenta que él también lo estaba mirando. Un momento después el sujeto avanzó hacia él. Tenía la barba desaliñada y el pelo rizado le llegaba hasta la cintura.

                Elías levantó la cara para mirarlo y el desconocido le tendió la mano.

—Es por aquí —le dijo, ayudándolo a levantarse. El sacerdote lo siguió lejos de la batalla, hacia un sector del templo que no había visitado. Bajaron por una trampilla y siguieron por un pasillo tan angosto que dos hombres no podrían recorrerlo codo a codo.

—¿A dónde me llevas? —le preguntó Elías, pero no obtuvo respuesta. Bajaron unas escaleras y entraron en otro corredor. Para ese momento los ruidos de la batalla desaparecieron y solo los acompañaba el sonido de sus propios pasos. Alcanzaron el final del pasillo y solo entonces comenzaron a subir.

                Esa última escalera los llevó hasta una abertura rectangular, de la que escapaba una luz casi fantasmal. La claridad se derramaba sobre los escalones como una lengua blanca. Elías caminó sobre ellos siguiendo al guía, pero cuando ocupó la habitación de arriba, descubrió que estaba solo.

                Era una sala amplia, más amplia que la Carpintería. Ubicada posiblemente en la parte posterior del edificio. Tenía las paredes resquebrajadas y cubiertas de hiedra. En una sección, incluso, faltaba un pedazo de techo.

                Elías se tomó un momento para mirar alrededor. Se dio cuenta que en el centro de la sala había un podio con un pilón, muy similar al que vio antes, pero este era tan grande que fácilmente podía albergar a una persona.

—¿Qué es este lugar —se preguntó—. ¿Por qué me han traído aquí?

                Los temblores que azotaban el mundo de afuera no se habían detenido y cuando aparecían, todo lo que lo rodeaba se llenaba de aquellas extrañas líneas brillantes que parecían sistemas eléctricos. Elías las contempló abrumado.

                Entonces sus sentidos le devolvieron algo de cordura y vio que las paredes estaban llenas de pictogramas, exactamente igual que en la Carpintería, pero estás estaban tan agrietadas que era poco lo que podía sacar de ellos.

—Debe haber una razón —se dijo—. No llegué aquí por casualidad —Caminó hacia el centro de la habitación. Su mano manchada de sangre y polvo rozó la superficie del pilón. Unas inscripciones talladas en él brillaron de pronto con sutileza y las extrañas líneas azules volvieron a aparecer.

—Funciona igual —se dijo—. Funciona igual que el anterior—. Aferrándose a la poca fuerza que le quedaba, Elías se levantó una manga de la sotana dejando expuesta una herida profunda en su antebrazo. La sangre coagulada había formado una costra negra y desagradable sobre ella. El sacerdote respiró hondo y acto seguido metió un dedo en la abertura, desgarrando la costra y liberando un chorro de sangre.

                Al instante la habitación entera se llenó de grabados azul eléctrico. Puntos brillantes de energía se desplazaban sobre ellos como si transportaran pensamientos y fue entonces cuando Elías lo comprendió. Aquel lugar no era un edificio inerte, era una máquina, una máquina construida por una mente superior.

                El Sacerdote siguió vaciando sangre sobre el pilón y mientras lo hacía, más y más caracteres aparecían ante él como un holograma. Como el tablero de navegación del Teniente Arsenal en la Equus o como el mapa ominoso de Espinosa que diera inicio a toda aquella aventura.

                Elías vio con ojos agotados la información que tenía delante y de pronto las piernas le fallaron. Arrancó un pedazo de tela de la sotana y apretó un nudo sobre la herida para cortar la hemorragia.

                No estaba listo para morir allí. Se sentía responsable del destino del planeta como de las vidas de los hombres que peleaban afuera. Ese mundo se caía a pedazos por su culpa. Pero ahora estaba allí, rodeado de inscripciones, de todos él, el único miembro de la Misión América que podía descifrar cualquier lenguaje. Elías Lemitre, Representante Eclesiástico de la Carabela, si alguien podía salvar el planeta era él.

                Pero las inscripciones que tenía delante no le decían mucho. Estaban escritas en un idioma distinto al que había visto antes en la Carpintería. Sin mencionar que con el cansancio y la pérdida de sangre, su visión estaba en el peor estado. A menudo los caracteres se superponían y no estaba seguro donde terminaba uno y comenzaba el siguiente.

—Puedes hacerlo, Elías —se dijo a sí mismo—. Tienes que hacerlo.

                Se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano y volvió a mirar. El holograma seguía brillando.

—Son logogramas —pensó—, la escritura más antigua, como las de Nuevo Santiago. Puedo hacerlo, yo puedo descifrarla

                Y así ocurrió. Los gráficos de luz que veía adelante fueron cobrando sentido poco a poco. Mientras más los miraba más los comprendía. Y sucedía que, a veces, leía una oración y descubría el significado de un nuevo símbolo y debía volver atrás para integrarlo al contexto. Pero allí estaba todo, la historia completa de ese mundo, como una biblioteca digitalizada, convertida a un registro que duraría milenios, incluso luego de que sus creadores desaparecieran. Comprendió quiénes integraban la Asamblea, la verdadera naturaleza del planeta, la identidad del Olehym. Allí estaba. Supo en qué consistía el sistema de autodestrucción y lo mejor de todo, supo cómo detenerlo.

                El sacerdote se quedó extasiado en medio de la habitación, ojos cerrados, mientras la información invadía su cuerpo. Estaba listo, ahora estaba listo para actuar.

                Pero antes de que abriera los ojos, una bala atravesó los caracteres desordenando todo el entramado. Fue a dar hasta una estatua, a la que le arrancó un pedazo de piedra blanca.

                Elías se cubrió la cabeza y salió de detrás del tablero. Frente a él estaba el Almirante Espinosa, con el arma en una mano y en la otra, el cuerpo malogrado de un soldado.

—Te encontré —le dijo, su voz sonaba rasposa y cansada. Elías se dio cuenta de que apoyaba todo el peso en una sola pierna y que tenía laceraciones por todo el cuerpo—. ¿Cómo te atreves a huir cuando todo esto es culpa tuya? —le espetó—. Tuya y de este malnacido.

                Espinosa lanzó al suelo al hombre que lo acompañaba. El sujeto soltó un quejido y levantó la cara.

—Flores —murmuró Elías, no pudo evitar sentirse aliviado.

—Te alegra verlo —le dijo Espinosa con malicia al ver su reacción—. ¿No quieres saber dónde estaba? —Elías lo miró extrañado—. Lo encontré cerca de las naves de la flota, intentando entrar a una de ellas. ¿A dónde ibas Flores? ¿Pensabas huir? —El Almirante lo golpeó con su arma, pero el soldado no respondió.

                Elías no dijo nada. Se mantuvo a buena distancia, observando a Espinosa con atención.

—¿Quizás te interese saber más sobre tu amigo? —continuó el Almirante mirándolo. Su expresión era la de un demente. No esperó a que Elías le contestará y añadió—: Tu amigo es un traidor —aseguró—. Siempre lo ha sido. ¿Sabías que trabajaba para la Misión América? Sí, aún después de nuestro exilio.

                Las palabras sacudieron a Elías como una bofetada, miró a su amigo sin comprender.

—¿Recuerdas al Scout? —Continuó el Almirante—. Nos sorprendió lo fácil que nos encontró después del salto. Nos sorprendió lo fácil que la flota nos encontró cuando atrapamos a sus exploradores. Fue Flores desde el principio, él les informó. Pero no estaba solo, el Coronel Havok trabajaba con él. Eran los dos orgullosos empleados del Alto Mando.

                Elías miraba a su amigo con desolación. No estaba seguro de poder confiar en Espinosa, pero el soldado no parecía dispuesto a defenderse. Tenía que oír su versión.

—Flores —murmuró. El teniente alzó un rostro desfigurado y lleno de dolor.

—Lo siento, amigo… —dijo con voz queda—. Quise decirte, pero…

                El Almirante levantó su arma y le apuntó a la cabeza. El disparo reverberó en la habitación de piedra y el cuerpo de Flores cayó al suelo en medio de un charco de sangre. El suelo poroso la absorbió como una esponja.

                A Elías se le quedó el grito en la garganta. Se había quedado paralizado. El Almirante lo miró con unos ojos vidriosos que habían perdido todo rastro de humanidad. Su rostro estaba tan lleno de sangre y de sudor que apenas si podían verse sus facciones.

—Tu turno —le dijo y le apuntó el arma a la cara—. Elías reaccionó de pronto y alzó las manos.

—¡Puedo arreglarlo! —gritó—. Puedo detener la destrucción del planeta—. Espinosa vaciló.

—¿Qué estás diciendo? —Preguntó—. ¿Cómo?

—Antes de que ustedes llegaran activamos por error una especie de mecanismo de autodestrucción —explicó el sacerdote—. Pero puedo detenerlo. Sé cómo hacerlo.

—Tus trucos no funcionarán, cura. Más te vale que sea verdad.

—No es un truco. Sé cómo hacerlo.

                El Almirante lo miró indeciso durante un instante. El arma temblando en sus manos. Al final soltó una risa psicótica y bajó la enorme escopeta.

—No tienes idea el poder que he obtenido —dijo aun riendo y dándole la espalda. Elías aguardó—. Los salvajes de KBL-15… lo supe desde el principio. Tenían algo especial. Ahora sus genes están en mí. Su poder. Ahora puedo hacer lo que ellos hacían.

                El Almirante cerró la mano en un puño tembloroso y de pronto una roca junto a Elías estalló en mil pedazos. El sacerdote dio un salto aterrado y el Almirante se lanzó contra él tomándolo de la sotana.

—¡No podrías engañarme aunque quisiera! —le gritó—. ¡Yo soy la evolución!

—Y es por eso que lo necesito —dijo Elías con calma haciendo un gesto con las manos. Espinosa lo miró confundido—. Antes de que llegara no sabía cómo activar el sistema, pero ahora que está aquí lo comprendo. Usted es la clave.

                El Almirante lo liberó y se alejó un paso. Parecía dudar de sus palabras.

—Almirante, Dios lo ha enviado hasta aquí, igual que me ha enviado a mí. Aún tenemos una salida. Podemos salvar el planeta y tener el nuevo comienzo que usted soñó.

                El rostro de Espinosa recuperó parte de la luz que había perdido. Miró al padre con ojos temblorosos y asintió.

—Hagámoslo —dijo—. Elías se acercó y lo guió hacia el centro de la habitación.

—Este sistema se activa con sangre —explicó señalando el receptáculo—. La sangre de los primeros nacidos. La misma que ahora corre por sus venas. Espinosa miró el pilón y frunció el entrecejo. Algo andaba mal allí.

—¿Estás diciendo que debo derramar sangre? —preguntó suspicaz—. Y dices que no es un truco.

—No lo es, Almirante —dijo Elías con seguridad—. Pensé que yo podía hacerlo —añadió y se levantó la manga para mostrar la herida reciente—. Yo mismo he derramado un poco pero no funcionó. No es sangre humana lo que activa el sistema, debe ser sangre superior.

                El Almirante miró al sacerdote con atención, más allá del brillo desquiciado que tenía en ellos había cierto dejo de arrogancia. A esa pequeña fracción estaba apelando Elías y al final lo consiguió.

                Asintiendo el Almirante aceptó ayudarlo. Dejó a un lado su arma y se dispuso frente al receptáculo. Era la oportunidad que Elías esperaba. Instantes atrás, había tomado el trozo de piedra que la bala de Espinosa había arrancado de la estatua de un Dios sin nombre, y la apretó en su mano. Cuando el Almirante se inclinó para dejar caer unas gotas de su sangre en el pilón, el sacerdote descargó el guijarro en su cabeza con tanta fuerza que todo el brazo le tembló.

                La sangre salpicó su cara y el soldado se tambaleó perdiendo el equilibrio, pero resultó que no alardeaba sobre sus habilidades especiales. Resistió la embestida como si su cráneo estuviese hecho de metal. No obstante, Elías aprovechó el desconcierto para rematarlo. Tomó el cordón de San Francisco, el que llevaba a la cintura y lo pasó por el cuello del soldado. Tiró hacia atrás con toda su fuerza, apoyándole una rodilla en la espalda. El Almirante luchó, llevándose las manos a la garganta, pero aún estaba aturdido por el golpe. Elías siguió jalando con fuerza. Los manotazos de su víctima lo alcanzaban en la cara y en las manos, pero no podían hacerle daño. De pronto sintió que las cienes le estallaban. Espinosa intentaba liberarse con la misma habilidad que usó contra Havok. El sacerdote tiró con más fuerza, los oídos le sangraron y una lágrima corrió por su mejilla, pero entonces, todo terminó.

                El cuerpo de Espinosa se contorsionó una última vez, y después de eso se quedó inmóvil. Elías esperó un momento por precaución antes de liberarlo de su prisión. El cordón de San Francisco cayó al suelo. Estaba manchado de sangre.

                Elías lloraba, su corazón latía tan fuerte que amenazaba con salírsele del pecho. Pero no se detuvo. Sabía que afuera había hombres luchando por sus vidas, si era que quedaba alguno, y aunque no quedara, todavía debía salvar el planeta.

                Como pudo alzó el cuerpo de Espinosa y lo lanzó dentro del pilón. Le quitó el cuchillo que llevaba a la cintura y con él le rajó el cuello de par en par. Era lo que pedían los Dioses: la sangre de un mortal, toda la sangre de un mortal.

                Tan pronto el líquido cubrió el fondo del recipiente un nuevo temblor sacudió la sala y esta se llenó de luces azules. Un pulso brillante comenzó a manar desde el centro y hacia el exterior. Todo el templo se sacudía mientras trozos de piedra de las paredes agrietadas comenzaban a caer. Elías hizo lo que pudo por mantenerse en pie. De pronto frente a él apareció una imagen: la figura holográfica de un hombre pequeño empuñando un arado.

—¡No! —dijo en un grito furioso—. Está no es la voluntad de mi señor.

                Pero antes de que Elías pudiera reaccionar, una segunda aparición se materializó en medió de las roncas caídas. Esta era mucho más vívida, mucho más real, con un resplandor blanquecino alrededor en lugar del brillo azulado que tenía todo lo demás. Elías reconoció al hombre barbado que lo había guiado hasta allí. El desconocido puso su mano en la frente del Olehym y al instante la criatura se desvaneció en una explosión de luces y energía.

                El guía miró a Elías un momento y luego hacia la abertura en el suelo por la que habían entrado. El sacerdote asintió nervioso y echó a andar en esa dirección. Pero en ese momento recordó a Flores y desvió la mirada hacia él. Sus pasos lo devolvieron hacia el Teniente caído, cargó el cuerpo sobre sus hombros, no sin dificultad, y regresó. Antes de abandonar el recinto dio un último vistazo. El hombre de la barba aún lo miraba. Su expresión era de satisfacción.

*             *             *

En el exterior las explosiones se habían detenido. Los soldados batallaban aún contra las bestias gigantes, cuando un súbito pulso de luz surgió del edificio blanco que los franqueaba. Ambos bandos detuvieron la lucha un instante y dirigieron su atención hacia el lugar. Fue un segundo de expectación que duró más de lo que debía y de pronto de la superficie nívea saltaron al cielo una cantidad insospechada de formas aladas que brillaban con luz intensa. Los soldados vieron que las figuras estaban envueltas por ruedas de luz que giraban a su alrededor como escudos y que en sus manos empuñaban arcos y espadas largas con hojas radiantes. Pero fueron los enemigos quienes temieron, porque las formas arremetieron contra ellos con la fuerza de un huracán. Cuando los soldados vieron que estos nuevos seres estaban de su lado lanzaron al aire un grito de guerra y reanudaron la pelea. No pasó mucho tiempo antes de que todos comprendieran que la marea había cambiado y que aquella batalla estaba a punto de terminar.

Capítulo 17

Ophanim

Desde la superficie del planeta se vio como una bola de acero envuelta en llamas, que cortaba el cielo con el estrépito de mil explosiones. La capsula dejó tras de sí una estela de humo blanco a medida que avanzaba y tocó suelo en el interior de un espeso bosque, en la zona ecuatorial del planeta.

Los tripulantes tardaron un poco en recuperarse del ajetreo. Cuando por fin la puerta se abrió, Flores emergió cauteloso y posó sus botas en el nuevo mundo. Una sensación de sobrecogimiento lo embargó. El suelo era una mezcla de polvo y vegetación quemada, y los rodeaba el ruido de la vida; aves de alguna clase cantaban escondidos entre una ciudad de árboles altos y frondosos. Era la primera vez que veía algo similar y una lágrima se le escapó de los ojos. Un bosque, como no se había visto en la Tierra desde hacía siglos. De pronto la imagen de su viejo amigo Henzi le llegó a la memoria junto con el trozo de madera fosilizada que despertó su ilusión. Flores dejó entrever una sonrisa torcida y cerró los ojos para disfrutar del sonido.

                Al cabo de unos minutos, Elías despertó también. Salió de la capsula y vio a su compañero revisando su monitor de manos con la cabeza descubierta. Abrió los ojos escandalizado antes de darse cuenta que él tampoco llevaba protección. Entonces entró en pánico.

                Flores lo miró contrariado y sacudió la cabeza.

—Relájate, cura —le dijo—. Hay mucho oxigeno aquí.

                Elías se quedó quieto con las manos aún en la garganta.

—¿No ves los árboles? —añadió su compañero. El sacerdote alzó la cara y lentamente su mandíbula comenzó a caer en un gesto de asombro.

—Dios bendito —murmuró observando el panorama que los rodeaba.

                Flores sonrió y siguió analizando los datos de su monitor.

—El aire es muy puro, además —le comentó—. ¿Lo sientes?

                Elías inhaló todo lo que pudo hasta llenar sus pulmones y exhaló extasiado.

—Es tan liviano —opinó.

—Sí, la cantidad de oxigeno es impresionante —explicó Flores—, más del 40%. Mira —se acercó para mostrarle los datos—. Además contiene muy pocos elementos secundarios. Es la composición ideal. Casi imposible.

                Elías miró el monitor y sonrió. A él no le parecía imposible.

—No puedo creer que estemos aquí —dijo apartándose de nuevo y alzando la vista hacia el cielo—. Flores lo miró un segundo y guardó el aparato.

—He pensado que debemos buscar un refugio.

—¿Refugio? —repitió Elías extrañado—. ¿Para qué?

                Flores no le respondió, metió la cabeza en la capsula y comenzó a hurgar entre el equipo de emergencia.

—¿Crees que no lo lograrán? ¿Los enocitas?

                Elías miraba al cielo como intentando encontrar rastros de la vieja nave, pero todo lo que veía era un resplandor azul y las livianas nubes deslizándose indiferentes.

—No lo sé —reconoció Flores echándose al hombro una mochila pesada y guardándose algunas cosas en los bolsillos de su cinturón. Cuando terminó de equiparse se volvió hacia su amigo—. Los enocitas son grandes hombres, pero aún si logran doblegar a Espinosa, no tienen a nadie que pilotee la nave. El único que puede hacerlo es Gramsci, y él es leal a su líder. No los traerá.

                Ese era un detalle que Elías no había considerado. El sacerdote alzó nuevamente la vista hacia el firmamento, pero esta vez su expresión era de pavor.

                Flores le dedicó una mirada triste. Sitió pena por él. Cuanto antes se alejaran de la capsula más seguros estarían. Se volvió de nuevo para dar un último vistazo en el interior, pero de pronto perdió el equilibrio. Un golpe tremendo lo empujó hacia adelante haciendo que se tambaleara. Elías vio la flecha pasar cortando el aire muy cerca de su rostro. Cuando se volvió la vio en la espalda de su amigo, clavada en la mochila que acababa de colocarse.

—¿Qué demonios fue eso? —gritó Flores incorporándose.

                Pero antes de que pudieran divisar el origen del ataque, varios dardos más se precipitaron sobre ellos, clavándose en la superficie metálica de la capsula.

                Con los ojos bien abiertos, los dos hombres recogieron lo poco que pudieron y echaron a correr fuera del pequeño cráter que había dejado la nave y hacia el interior del espeso bosque.

                Corrieron a través de la fronda sin saber a ciencia cierta de que huían. A Elías se le complicaba avanzar debido a lo ajustado de su sotana, por lo que Flores decidió que lo mejor sería buscar amparo entre los árboles y esperar a que sus perseguidores los rebasaran.

                Y así lo hicieron, en cuanto tuvieron la oportunidad se lanzaron a un lado y se ocultaron detrás de un tronco descomunal. Allí los árboles eran tan grandes que los hacían sentir como pequeñas ardillas. Esperaron a nivel del suelo, casi desapareciendo entre la capa de hojarasca, y entonces los vieron venir.

                Al principio eran solo destellos azulones entre el verde puro de las hojas. Pero luego la luz tomó forma. Tres o cuatro puntos flameantes, compuestos de anillos concéntricos que brillaban como si emanaran energía. Solo cuando estuvieron lo suficientemente cerca, pudo ver Elías, las figuras humanoides que flotaban en el interior. Eran gigantes, de unos tres metros de altura, sus ropas y sus cuerpos parecían hechos del mismo material, como una mezcla de metales platinados ocultos tras una luminiscencia casi irreal. Al sacerdote le pareció que si pestañaba desaparecerían, como el destello incomodo que queda en los ojos tras mirar directamente a una fuente de luz intensa.

                Pero lo que más le impresionó fueron los rostros. Duros y fríos como tallados en piedra. Estaban más cerca de las estatuas derruidas de la Tierra vieja que de los semblantes vivos de sus congéneres. Y sin embargo, poseían una belleza sublime, superior a la que cualquier humano pudiera llegar a soñar. Aquellos no eran entes comunes, eran algo más.

                Flores tuvo que golpearle la frente para que dejara de mirar a aquellos seres. Y para que recordara que los mismos estaban intentando matarlos.

                Esperaron en el más profundo silencio, con miedo incluso de respirar, mientras las criaturas recorrían los alrededores con ojos incorpóreos. Luego de unos angustiosos segundos se marcharon. Elías sintió que la sangre volvía a circular por sus venas.

—Vámonos antes de que vuelvan —susurró Flores aún cauteloso.

—¿A dónde? —preguntó Elías.

—Fuera del bosque, este lugar no es seguro.

                Echaron a correr en dirección contraria a la que habían tomado los arqueros. Les tomó un tiempo encontrar el final de ese laberintico macizo, pero al final lo lograron. Emergieron en la cima de una colina, adelante se extendía una amplia pradera.

                Elías aún estaba perplejo, se quedó mirando la inmensidad del lugar con cara de desolación. Flores le puso una mano en el hombro para darle ánimo.

—Vamos —le dijo con seriedad—. Y ambos comenzaron a caminar hacia el descampado.

Capítulo 13

Mesías

El Almirante Espinosa había dejado a un lado el bastón y concentraba su atención en unos documentos. En la Equus cada miembro de la tripulación tenía responsabilidades y la de Espinosa era asegurarse de que todos cumplieran la suya a cabalidad.

—0,42 parsec para el próximo cúmulo de espuma cuántica, señor. Estaremos allí en 4 semanas.

—Muy bien —sentenció el Almirante dando un vistazo a los datos. Todo parecía estar saliendo acorde al plan. En poco tiempo la nave atravesaría el último puente que la llevaría abrumadoramente cerca de Sirius, el planeta de destino. Espinosa se veía complacido.

            En ese momento un oficial entró en el Puente con premura y se acercó a su líder.

—Permiso para hablar, señor —pidió con un saludo militar.

—¿Qué sucede, Darroh? —preguntó el Almirante sin mirarlo.

—Hemos localizado al sacerdote, señor.

—Bien, ¿lo tienen bajo custodia?

—No exactamente, señor… hay un problema —el soldado titubeó antes de continuar—. El padre Elías está con los Enocitas.

            Espinosa apartó la mirada de los documentos y la posó sobre el nervioso oficial.

—¿Qué podrían estar haciendo un cura y un montón de gente enferma para evitar que lo capturen? —inquirió Espinosa con tono amenazador—. ¿Acaso están organizando un motín?

—No, señor —el soldado se esforzó por mantener firme la mirada antes de agregar—: Están celebrando una misa.

*          *          *

Abajo en la zona de carga, Elías Lemitre repartía el pan, en la fase final de la eucaristía. La anciana madre de Marian, Ana, fue la última en saborear una hogaza de pan seco que Flores había conseguido llevar desde la cocina y que les había servido para realizar la ceremonia.

            Hacía mucho que la tripulación original de la Equus no se veía tan contenta. Y así se lo hizo saber Marian a Elías una vez el festejo terminó y ambos se reunieron en la tienda de esta.

—No tengo cómo agradecer lo que ha hecho, padre —dijo la mujer con los ojos pálidos brillando—. Es usted un santo.

            Elías sonrió sonrojado.

—Solo hice lo que se supone debe hacer un sacerdote —dijo—, aunque sea para variar.

            Flores sonrió ante la ironía. El teniente hubiera preferido regresar de inmediato a sus labores, pero se quedó en la misa porque su amigo se lo pidió. Ahora se sentía contento de haberlo hecho. Había sido una grata experiencia ver a toda esa gente recibiendo la eucaristía y viviendo cada momento del festejo con tanto entusiasmo. Ya lo había dicho Elías antes: “Nada como presenciar de primea mano un acto cristiano, cuando quienes te acompañan son realmente cristianos”

            Ahora lo entendía y si no fuera porque su alma estaba inmune a toda clase de sentimentalismo religioso, aquella experiencia junto a los enocitas hubiera sido suficiente para convertirlo.

            Estaban todavía compartiendo opiniones sobre la misa, cuando un alboroto en el exterior de la tienda atrajo la atención de todos.

—¿Dónde está? ¿Dónde está ese maldito cura?

            Elías frunció el ceño y Flores se acercó a él con la mano presta sobre su arma.

            Un hombre se escurrió adentro apartando de un tirón la tela que servía de puerta.

—Ahí está —dijo señalando a un contrariado Elías y de pronto soltó un aterrador bramido—. No debiste venir aquí, cura.

            Se acercó con tanta violencia que fue evidente que sus intenciones no eran buenas. Pero antes de que lograra poner una mano en el sacerdote, Flores plantó frente a él.

            Elías tardó un poco en reconocerlo y cuando lo hizo soltó una exclamación.

—Eres el vendedor de armas —dijo con voz temblorosa.

—Y tú eres el cura que las tiró al suelo —le respondió él e intentó acercarse. Pero de nuevo Flores se lo impidió poniéndole una mano en el pecho.

—No sé qué está pasando —dijo el teniente—, pero no puedes entrar a este lugar buscando problemas. Te sugiero que te vayas.

            El hombre dirigió su iracunda mirada hacia él y emitió un chasquido de desaprobación.

—¿Qué no puede entrar a mi propia casa? Este cura es el que no debería estar aquí.

—¿Su casa? —murmuró Elías extrañado.

—Mirian, ¿qué está pasando aquí? —Añadió el sujeto—. Este hombre no es bienvenido en nuestro hogar.

            Elías se volvió para mirar a la mujer y esta suspiró avergonzada.

—Cálmate, Ezequiel. El padre Elías es mi invitado.

            El furioso sujeto mostró una expresión de incertidumbre. Miró a Elías sin poder creerlo y protestó.

—El Padre Elías tiene asunto pendientes conmigo, y los resolveremos ahora.

—¿Quieres iniciar una pelea con el hombre al que tu gente llama El Mesías? Estás seguro que eso es lo que quieres.

            Ante las palabras de la mujer Ezequiel retrocedió. Miró a los presentes y soltó una maldición.

—Tu Dios te protege, curita —dijo apuntando un dedo calloso hacia Elías—. La próxima vez no tendrás tanta suerte.

—La tendrá si estoy presente —dijo Flores mirándolo a los ojos. El enocita le devolvió la mirada durante un instante, pero luego se marchó.

            Un momento después Flores suspiró y quitó la mano de su arma.

—Bonitos amigos andas haciendo, cura —dijo volviéndose hacia Elías.

—Larga historia —respondió moviendo la cabeza—. ¿Quién es? —le preguntó a Mirian—. ¿Es otro de tus hijos?

—No —respondió ella—. Es mi esposo. No sé qué problemas hayan tenido en el pasado, pero es un hombre bueno.

            Flores y Elías intercambiaron una mirada de incredulidad, pero ninguno dijo nada.

—De cualquier modo ya pasó. Como dije hoy es un día de celebración, mantengámoslo así.

            Elías torció los labios y puso una mano en el hombro de la mujer. Ella tenía razón. Incluso para él, aquel era un momento especial, y no iba a dejar que nada lo empañara, ni siquiera un matón armado que había jurado acabar con él, ni siquiera eso.

            Siguieron compartiendo y rememorando la misa pasada. Era una sensación agradable, Elías no disfrutaba que la gente de Enoc lo llamara mesías, pero era un gusto compartir con ellos, escuchar sus experiencias y responder a sus preguntas. De algún modo lo hacían sentir que estaba de nuevo en la Tierra y esa era una bendición que nada ni nadie le podría quitar.

*          *          *

Las horas pasaban más lento en el Cuarto de Máquinas que en el resto de la nave. Allí abajo no pasaba nada. Los enocitas varones, que eran los encargados de poner a la Equus en movimiento, se peleaban por una guardia junto a los reactores, pues sabían que era lo más cercano a tener un día libre.

            Bato Kayobe, quien tenía a su familia en los galpones junto al resto de su gente, estaba de suerte. Quien lo precedía en la lista de guardia se había enfermado esa mañana, por lo que le correspondió a él tomar su lugar. Bato estaba contento, llevaba más de cuatro horas sentado frente a los monitores y nada fuera de lo normal había ocurrido. Su compañero, Samolo, bostezaba de manera incontrolable.

—Lo que daría por una taza de café —dijo Samolo pensando en voz alta mientras se reclinaba sobre su asiento con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.

—Amargo y con pulpa para mí —le respondió Bato sin apartar la mirada de los monitores. Los dígitos que mostraban el estado del reactor se mantenían invariables—. Ezequiel dijo que conseguiría un poco —añadió al cabo de un momento.

—Bah —bufó Samolo—. Si llega aquí abajo le levantaré un altar. Ese solo hace negocios para él solo, Enoc sabe que es así.

            Bato sonrió, pero no dijo nada. Siguió mirando los números violeta, con una devoción casi inercial.

            Al cabo de unos minutos algo llamó su atención.

—Qué raro —dijo y su ceño se frunció.

—¿Qué pasa?

—El nivel de propulsión ha bajado, pareciera que uno de los reactores auxiliares se ha detenido.

—Es normal —le dijo Samolo—. Ha estado dando problemas desde el último salto. Ya se le pasará.

—Pero deberíamos echarle un vistazo, la presión ha bajado también. Si se detiene por completo estallará.

—Es normal, te digo —insistió Samolo—. Si quieres ve tú y míralo, yo te esperaré aquí.

            El técnico cerró los ojos y se reclinó más en el asiento, pero Bato estaba intranquilo. Quizás su compañero tenía razón, pero una mirada de cerca no lo mataría, además el no hacer nada comenzaba a cansarlo.

—Iré a ver —anunció poniéndose de pie y cogiendo su monitor de mano.

—Diviértete —le dijo Samolo con desinterés y volvió a bostezar.

            Bato caminó a la estación de al lado, donde estaba el reactor. Ninguno de ellos sabía exactamente cómo funcionaba el sistema de propulsión de la nave, pero estaban preparados para resolver cualquier eventualidad. Sin embargo en caso de algún problema grave debían llamar al jefe de seguridad, el teniente Carrasco, quien era el único en la nave capaz de reparar el reactor.

            Bato entró en la sala y cerró la puerta de cristal como medida de seguridad. Allí dentro un resplandor celeste lo iluminaba con un aire irreal. Erán millones de partículas produciendo la energía que le permitían a la nave desplazarse por el espacio.

            Bato no sabía cómo funcionaba, pero estaba preparado para detectar si algo andaba mal. Observó el reactor principal produciendo ese zumbido ensordecedor y le pareció que estaba bien, pero como predijo uno de los reactores auxiliares daba problemas. La mole de metal vibraba como un motor viejo y ya no brillaba como los otros y había dejado de zumbar. Bato se acercó y le dio unos golpecitos con la mano. El aparato no se movió, parecía que estaba muerto. Bato se dio la vuelta para revisar su monitor de mano. Efectivamente, la presión había aumentado significativamente, pues todo el peso de la nave estaba sobre los otros dos reactores. Si seguían así, pronto colapsarían. El técnico se dio prisa en regresar a la sala de control para llamar a Carrasco, pero antes de llegar a la puerta un ruido extraño lo hizo detenerse. El reactor dañado había comenzado a funcionar repentinamente, pero su productividad era inusual. Bato revisó de nuevo el monitor, había tanta energía en la sala que el lugar pronto se convirtió en una bomba. El reactor no detuvo su desbocada actividad, parecía que había decidido ponerse a la par con el resto, pero su delicado estado y habiendo estado inactivo tanto tiempo le hizo vulnerable a la energía. No pasó menos de un segundo antes de que sucediera.

            Bato miró los números rojos en su monitor, y al alzar la vista, el reactor secundario estalló como una mina centellante. El estallido envió al hombre contra la pared con tanta fuerza que se quedó sin aire en los pulmones.

            El sonido de la explosión llegó hasta el cuarto de control y Samolo corrió sorprendido a ver qué pasaba. Cuanto llegó vio que la puerta de cristal seguía cerrada y que del otro lado se producía una tormenta, llena de rayos y nubes negras.

            Samolo intentó abrir la puerta, pero la repentina aparición de su compañero del otro lado se lo impidió. Bato tenía la cara pálida y los ojos rojos, sus manos temblaban y apenas podía moverse. Tipeó unas palabras en su monitor de mano y colocó contra la puerta.

            El mensaje leía: BUSCA A CARRASCO, LO DETENDRÉ CUANTO PUEDA.

            Samolo espantado, no comprendía lo que significaba, pero al instante Bato se perdió entre el cúmulo de nubes y un momento después se produjo una nueva explosión. En ese momento, Samolo supo que su compañero había fallado y temblando de pavor corrió fuera del lugar para buscar ayuda.

Capítulo 12

Los Hijos de Enoc

—No digas esas cosas, Aria —la reprendió con ternura la mujer entornando sus ojos cristalinos—, no es correcto jugar con lo que es sagrado.

—Pero es cierto —protestó la pequeña poniéndose de pie, tomó a Elías de la mano y lo acercó—, tócalo, aquí está.

            La mujer alzó una mano temblorosa y Elías se aprontó para tomarla entre las suyas.

—Mi nombre es Elías Lemetri, señora. Es un placer conocerla.

—Santo Espíritu —exclamó ella con asombro—, en verdad es usted. Aria, ¿por qué lo has traído?

—Yo debería agradecerle que lo hiciera, señora —explicó Elías—, su hija me ha salvado del encierro.

—Lo tenían encerrado, mamá —explicó la pequeña enfurruñada—, los salvajes de allá arriba lo querían para ellos.

            La mujer frunció el ceño incrédula. Pero Elías intervino.

—Es cierto, la situación en la zona alta es delicada.

            Sus palabras sacaron una sonrisa de los labios de la mujer.

—Bien… Es un gusto tenerlo entre nosotros, padre. Mi gente le debe a usted todo lo que tiene.

            Elías tragó grueso y miró alrededor. No había más que contenedores metálicos, un par de telas viejas y mucha gente enferma. Si eso era lo que tenían, no veía motivos para agradecerle.

—Disculpe —intervino apenado—, pero ¿por qué su gente me agradece? No he hecho nada por ustedes.

            Los ojos de la mujer, fijos por encima de él, seguían abiertos hacia la nada. Y sin embargo, reflejaron un gesto de admiración.

—Claro que ha hecho mucho por nosotros. Usted nos ha dado esperanza.

            Elías dejó escapar el aliento aún sin comprender y la percepción de la señora pareció detectarlo. Tomando su mano lo guió para que se sentara junto a ella. Elías lo hizo en el suelo.

—Quizás usted no sea consciente de lo que representan sus ideas para nosotros. Pero para los de aquí abajo, usted es lo más cercano a un Santo.

—Toda esta gente… ¿de dónde vienen? No sabía que hubiera tantas personas en la Equus.

—No se suponía que lo hiciera —concedió la mujer tiernamente—. Nosotros somos los Hijos de Enoc, somos parte de esta nave como el metal que la sostiene. Déjeme contarle la historia de mi gente, creo que le resultará ilustrativa.

            En ese momento, los tres niños, incluyendo a Aria, se sentaron entusiasmados formando un círculo alrededor de la mujer. Podía verse que disfrutaban los relatos de su madre. La pequeña guía se sentó junto a Elías, aunque no lo miró directamente, hizo lo posible por estar cerca de él.

—Todo comenzó hace cinco años —comenzó Mirian—, en una aldea de Kampala, cuando los preparativos para la Misión América comenzaban a formarse…

—Nos llamaban los Hijos de Enoc porque aún conservábamos la antigua fe. Nuestra aldea estaba ubicada en las afueras de la ciudad, más allá de los muros septentrionales. Nos hallábamos tan cerca de la Mancha que para muchos era cuestión de tiempo antes de que desapareciéramos.

—La Mancha… —murmuró Elías recordando, más uno de los pequeños explicó:

—La Mancha es la parte de la Tierra que está enferma. Nada puede vivir allí y los que se acercan demasiado se enferman y mueren —el niño usó un tono solemne como quien recita una oración, para Elías fue evidente que aquella era la explicación que daban en la escuela.

            Sonrió y le revolvió el cabello con la mano.

—Gracias, amiguito. Veo que sabes mucho.

            El niño se encogió de hombros y miró a su madre, quien asintió en señal de aprobación.

—A nuestros oídos habían llegado rumores de una misión especial —continuó Mirian—. Decían que la Iglesia buscaría en los cielos un lugar al que pudiera mudarse. Nos alegraba saber que Dios les regalaba a los hombres una oportunidad para continuar, pero sabíamos que nosotros no participaríamos. Éramos demasiado insignificantes para ser tomados en cuenta. Nuestro lugar estaba en la Tierra y moríamos cuando ella lo hiciera.

            Por eso nos sorprendió cuando los soldados nos visitaron. Ellos querían mano de obra para trabajar en la Misión. La llamaban América, por la historia del Nuevo Mundo que se cuenta en los anales de la Tierra Vieja. Quizás por eso nos convencieron, al ser nosotros mismos devotos a la tradición antigua.

            Seleccionaron a los más aptos, a los que no estaban enfermos. Aunque con el tiempo eso no importó. Ahora todos lo estamos —Mirian hizo una pausa y la tos de los otros refugiados ocupó su lugar. Elías se estremeció.

—¿Qué sucedió con el resto? —Se atrevió a preguntar—, los que quedaron atrás.

            Mirian suspiró y sus ojos cristalinos se llenaron de pesar.

—Usted acaba de decirlo, padre: quedaron atrás. Los soldados dijeron que no los abandonarían, que la Misión América encontraría la manera de detener el avance de la Mancha y que cuando lo hiciera regresaría. Pero eso fue hace cinco años y dudo que nuestra gente siga allí.

            Elías se dio cuenta que la pequeña Aria estaba llorando. Tenía un temple muy fuerte esa niña, las lágrimas le corrían por el rostro, pero no hacía ningún ruido, se esforzaba por mantenerse firme.

—La madre de Aria se quedó allá —explicó Mirian para sorpresa de Elías.

—Pensé que…

—Todos estos niños me llaman mamá, porque los he cuidado como si fueran mis hijos, pero el único hijo que tengo aún no nace.

            La mujer se llevó la mano al vientre y Elías se sorprendió al notar lo abultado que estaba.

—¡Está embarazada! —Dijo con una exclamación—, pero no puede quedarse aquí, necesita atención médica.

            Mirian rió con efusividad.

—Ya ha hecho suficiente por nosotros, padre. Pronto estaremos en un lugar mejor. Si Enoc lo permite, mi bebé nacerá en la gracia de Dios.

—Es por eso… —afirmó Elías comprendiendo de pronto—. Por eso me agradecen, piensan que llegaremos al Planeta de Dios.

—¿Acaso no es así?

            Elías sacudió la cabeza retractándose.

—No, no… Claro que vamos allá. Pero…

            El joven sacerdote quiso hablar de los planes de Espinosa, de sus dudas con respecto a las condiciones de la nave, de la distancia que debían recorrer, del peligro que corrían al adentrarse en territorio desconocido. Quería decir que no estaba seguro de lo que hacían, ni de que su teoría fuera correcta; pero se guardó todas sus dudas, aquella gente tenía lo que a él le faltaba: esperanza. No podía arrancarles eso.

—Vamos a encontrar a Dios —aseguró—. Y tu hijo nacerá en Tierra Santa.

            La mujer sonrió y estiró una mano temblorosa buscando su rostro. Elías se acercó para que lo tocara.

—Por eso eres el Mesías —le susurró—. Porque le diste a mi gente algo en que creer.

            Elías se echó hacia atrás frunciendo el ceño.

—En relación a eso —acotó—, debo pedirles un favor.

—Lo que sea, hijo —le dijo Mirian percibiendo su seriedad.

—Arriba las cosas no están bien… —hizo una pausa para escoger las palabras—, hay discordia entre el Almirante y yo. Por eso, si pudieran permitirme quedarme con ustedes un tiempo, les estaría agradecido.

            Mirian guardó silencio un instante y luego asintió comprendiendo. Hizo ademán de ponerse de pie y al instante dos de sus hijos mayores se acercaron a ayudarla.

—Hermanos —dijo alzando la voz para que todos la escucharán—. Hoy nuestro gran Enoc nos ha traído un regalo—. Los presentes atendieron a su voz como quien escucha las palabras de un líder—. El Mesías se quedará con nosotros un tiempo, su presencia nos llenará de bendiciones y nos dará fuerza para soportar el duro camino que nos queda. Bríndenle su afecto.

            Al instante una ovación se alzó de entre aquellos rostros cansados. Y muchos se acercaron para ver de cerca al salvador. Elías se sintió abrumado de pronto, pues se encontró extendiendo sus manos para que lo tocarán.

            En ese momento Mirian le habló al oído.

—Nadie se atreverá a venir acá. Mientras estés con nosotros estás a salvo.

Capítulo 9

Desconfianza

En el puente de mando de la Equus la situación estaba tensa. Todos los miembros de la tripulación se encontraban allí. Cada uno cumpliendo una función específica, excepto Elías, que observaba la acción como si se tratara de un forastero.

—Reporte de situación, señor Gramsci —pidió el Capitán Espinosa a su timonel, y este le respondió sin apartar la mirada del monitor.

—Todo en orden, señor. Nos estamos acercando a la singularidad.

            Espinosa asintió sin decir nada y Elías le examinó el rostro buscando alguna señal que pudiera entender.

            Por fortuna el sacerdote no podía ver lo que sucedía en el exterior, pues de seguro lo habría invadido el pánico. En ese momento la destartalada Equus se dirigía hacia un enorme agujero interestelar, compuesto por una madeja de nubes arremolinadas de las cuales emergían descargas tan largas, que bien podrían vadear el camino desde una ciudad estado a la otra. Pero esas nubes no eran como las de la Tierra, estas estaban hechas de espuma cuántica, era el espacio mismo obligado a solaparse sobre sí por efecto de una fuerza gravitatoria inconmensurable. Era la entrada a un puente espacio-temporal.

Elías contuvo el aliento cuando el Capitán Espinosa dio la orden de avanzar. No entendía lo que estaba sucediendo, pero sabía cuál era el objetivo. La Equus debía cruzar el primer atajo hacia el planeta de Dios. Si todo salía bien, en unos segundos estarían abrumadoramente más cerca, solo que… no había certeza de que todo iba a salir bien.

            Bastó una señal de Espinosa para que se diera inicio al proceso, el Timonel activó los reactores y la nave entera se sacudió violentamente. Elías tuvo la sensación de que en cualquier momento se iba a desarmar. Supo cuando entraron al túnel porque toda la luz de la sala se apagó, por un momento la respiración se le hizo pesada, el tiempo se detuvo y los brazos y las piernas se le apretaban contra los costados como si algo succionara desde abajo. Era como estar de nuevo en la Succionadora, a bordo de la Arcana-1.

            Pero un instante después aquella sensación se detuvo. La luz regresó tan de prisa que lo encegueció. El aire también volvió a circular por sus pulmones, pero la Equus seguía vibrando.

—Reporte de situación, timonel —oyó que decía Espinosa.

—Todos los controles estables, la nave está bien señor, lo hemos logrado.

            Una algarabía general se extendió por todo el puente. Las sonrisas no se hicieron esperar, aunque acompañadas de expresiones de mareo e incomodidad. Elías seguía escuchando las paredes de la nave resentirse y se preguntó cuánto más podrían soportar.

            Un momento después Espinosa se le acercó y poniéndole una mano en el hombro le dijo:

—Uno fuera, padre… faltan 5.

            Elías lo miró horrorizado y forzó una tenue sonrisa. Dio un suspiro y un vistazo a la estructura oxidada. Cinco saltos más cuando la nave apenas había resistido el primero. Ese sí que era un panorama desalentador. Se dio la vuelta ocultando sus pensamientos y abandonó la sala. En ese momento solo deseaba estar en su camarote y descansar. Ya habría tiempo para preocuparse después.

*          *          *

Pasadas unas horas la Equus seguía el curso previsto. No se habían reportado novedades luego del salto, por lo que el viaje continuaba con normalidad.

            Flores, quien le había prometido una visita al sacerdote de a bordo hacía unos días, decidió aprovechar el respiro para cumplir su palabra.

—Qué bueno verte, amigo —le dijo Elías una vez estuvieron en su camarote. Sirvió un par de vasos de vino marrón y le pasó uno al soldado. Era la última botella que le quedaba y la guardaba para una ocasión especial.

            Flores miró la copa como si se tratara de una reliquia, olfateó con gusto la bebida y suspiró.

—A mí también me alegra verte en una pieza, después de tantos malestares —dijo mirando a su amigo—. Aunque tengo que decir que pareces un ermitaño.

            Elías sonrió ante la ocurrencia y se alegró de que el soldado aún conservara su sentido del humor.

—No hay trabajo para mí allá afuera —afirmó— ¿Qué podría hacer que no lo haga mejor un militar?

—Asegurarte de que las cosas sigan el camino correcto.

—Para eso está Espinosa —replicó Elías y su interlocutor respondió desviando la mirada.

—Sí, Espinosa… Supongo que para eso está.

            Elías notó la reacción de su amigo y quiso saber a qué se debía.

—¿Todo está bien allá afuera? —Preguntó—, Espinosa se encarga de todo, ¿no?

—Sí —respondió Flores—, todo está saliendo según su plan —. E hizo una pausa para olfatear el vino antes de añadir—: Ese es el problema.

—¿No confías en el Capitán Espinosa? —inquirió Elías confundido.

—Almirante Espinosa —lo corrigió Flores.

—Cierto, disculpe usted Teniente Flores, olvidé que todos han sido promovidos.

—No todos —lo corrigió él. Elías bromeó con el nuevo rango de su amigo, pero este no mostró un atisbo de regocijo. Su semblante se tornó férreo y mantuvo la mirada fija en el vaso de vino.

—Havok sigue siendo Coronel —explicó al cabo de un momento—, ahora está bajo las ordenes de Espinosa.

—¿Eso es posible? —preguntó Elías extrañado.

—Ahora lo es —respondió Flores alzando la mirada—. Las reglas han cambiado un poco desde que abandonamos la flota.

—¿Qué sucede allá afuera? Es evidente que algo te preocupa.

—Para serte sincero no lo sé. En esta nave todo es muy extraño. Uno podría pensar que la misión está clara: seguir el mapa para comprobar tu teoría. Pero aun así, todos actúan como si tuvieran un secreto. Espinosa y sus hombres, los del puente mando.

            Elías frunció el ceño pensativo.

—¿Crees que esté tramando algo? —preguntó al cabo de un momento.

—Es evidente que sí, la pregunta es: ¿Qué?

            Elías meditó durante unos minutos. Era cierto que él mismo había llegado a dudar de las intenciones de Espinosa. Pero ahora que la situación había cambiado, que todos eran parte del mismo equipo, no había lugar para la desconfianza. Solo tenían un camino, a menos que Espinosa estuviera pensando en traicionarlos y llevarlos de vuelta a la flota.

—Es una posibilidad —comentó Flores cuando Elías compartió su idea—. Pero si algo está claro es que no podemos confiar en él. Debemos averiguar qué está tramando y tenemos que hacerlo juntos.

            El sacerdote asintió y una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—Sabía que no habías venido solo a visitarme —dijo cogiendo su vaso de vino.

            Flores sonrió antes de responder.

—No fue por ver tu hermoso rostro, eso es seguro —. Él también sostuvo su bebida en frente.

—¿Tú por qué estás aquí, Flores? En esta nave. Sé que no eres creyente, no crees que vayamos a encontrar el planeta de Dios y, aun así, has venido, me has ayudado. ¿Por qué?

            El Teniente lo pensó durante un instante. Su vaso elevado aguardando el brindis.

—A veces tenemos que arriesgarnos para entender las cosas —dijo—. Puedes llamarme interesado, pero me gusta estar allí cuando las cosas pasan, aunque no sepa con certeza lo que vaya a pasar.

            Elías asintió y estiró el brazo para chocar su copa con la de él. Brindaron y ambos vaciaron la bebida de un solo trago.

—Saboréala, quizás sea la última que pruebes.

—¿Antes de llegar al reino? —preguntó Flores y Elías sonrió ante la ironía.

            Sabía que la fe no era el fuerte de su amigo, pero no había dudas de que conocía las escrituras. Estaba seguro que por más inconsistentes que parecieran sus motivos, estaba allí por una razón y no por alguna fútil como pretendía insinuar.

            Pero por ahora su curiosidad tendría que esperar. Debían averiguar que se traía entre manos Espinosa y debían hacerlo pronto. Por lo visto había llegado la hora de que el ermitaño abandonara su morada.

Capítulo 8

Exiliados

Despertó de nuevo y esta vez su cuerpo pareció dispuesto a mantenerse en ese estado. La breve conversación que entablará con el Capitán Espinosa, parecía parte de un antiguo sueño. Solo podía recordar unas palabras: “Vamos a conocer a Dios”

            Elías se sentó con algo de esfuerzo. Su cuerpo parecía estar ahora completamente recuperado y aunque recordaba los últimos sucesos, no podía identificar el lugar en donde se encontraba. Se trataba de una habitación desordenada, las paredes metálicas mostraban el esqueleto interno y estaban oxidadas. Había una mesa, un baúl y la camilla donde reposaba. Un viejo escáner no invasivo monitoreaba sus signos vitales. Cuando se levantó, el aparato produjo un sonido metálico y dejó de funcionar.

            Elías se tomó un momento para mirar alrededor, no parecía haber nadie cerca, se dirigió a la única puerta que estaba a la vista y echó a andar por un pasillo. El lugar estaba tan desolado que podían oírse los reactores trabajando. Aquella debía ser una nave antigua, a juzgar por el estado de la infraestructura y el ruido de los motores.

            No fue hasta que salió del pasillo y se desvió por un corredor más angosto que escuchó las primeras señales de vida:

—Seguiremos los trabajos durante el viaje —aseguró una voz.

—Desde luego, estamos muy cerca de lograrlo.

            Las voces provenían de una pequeña habitación, Elías se detuvo en la entrada y vio que se trataba del Capitán Espinosa y la Doctora Amane. Ambos estaban apoyados sobre una mesa, dirigiendo su atención a unos documentos. Estaban tan concentrados que no notaron la presencia del sacerdote.

—No puedo creer lo fácil que ha sido —comentó Espinosa—. Gracias por traerlo.

—Solo cumplía con mi deber, capitán. Las muestras eran frescas, y la brecha entre los salvajes y nosotros era de apenas unos milenios. Bastará con algunos ajustes y lo lograremos.

—¿Cuánto tiempo crees que tarde? —preguntó Espinosa sosteniendo en sus manos un recipiente sellado.

—Estará listo en unas semanas, tres cuando mucho.

—Excelente.

            Finalmente, el capitán volvió la mirada y descubrió a Elías. Durante un breve instante, su rostro se descompuso en una expresión de nerviosismo, pero rápidamente se controló. Amane por su parte apagó el proyector holográfico desapareciendo los documentos y ocultando el contenedor que tenía su jefe.

—¡Padre! —Exclamó el militar— finalmente ha despertado. Parece que está bastante repuesto.

            Elías lo miró con suspicacia, mientras el hombre se acercaba y le escudriñaba las pupilas.

—Veré que un médico lo revise enseguida, solo por precaución. Katsumi, encárgate, por favor.

—Sí, señor.

—No será necesario —se negó Elías—, estoy bien.

            Espinosa soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda.

—Es usted un hombre fuerte, padre. Eso es bueno, eso es muy bueno.

—¿Qué ha pasado? —Preguntó Elías, su voz aún sonaba rasposa por el cansancio—, ¿dónde estamos?

—Nos encontramos en la gloriosa Equus, la nave de carga más antigua de la Santa María —afirmó Espinosa con los brazos extendidos para acentuar su afirmación—. Y lo que pasó fue que la Doctora Amane, aquí presente, evitó que nos convirtieran en abono espacial. Justo a tiempo, debo decir.

            Espinosa retrocedió para pasar su brazo sobre los hombros de la doctora, quien lo miró sonrojada.

—Le debemos la vida, padre.

            Elías miró a la mujer sin demostrar emoción alguna. Aún se encontraba suspicaz.

—Muchas gracias, doctora —le dijo—. ¿Pero qué sucedió con la flota? ¿A dónde nos dirigimos?

            Espinosa suspiró y se acercó al sacerdote antes de responder.

—Lamentablemente, la hemos dejado atrás —dijo con pesar—. Somos fugitivos, ahora, padre. Nos buscan por crímenes contra la Institución Eclesiástica y por otros que seguro cometimos al escapar —hizo una pausa para mirar a su colega—. Ni la flota ni la Tierra son ahora una opción para nosotros.

            Elías frunció el entrecejo, ¿la Tierra no era una opción? Se preguntó, ¿entonces a dónde irían? No podían vagar eternamente y menos abordo de una nave en esas condiciones. ¿Qué tenía en mente Espinosa? Su cerebro se abarrotó de preguntas, pero prefirió no formularlas. Sin embargo, el capitán, percibiendo su malestar, procedió a explicarle.

—Pero no todas son malas noticias, padre —afirmó retomando el tono jovial—. Por fortuna todo este embrollo nos presenta una oportunidad única. Y todo gracias a usted.

—¿De qué habla?

—Su teoría, padre, su teoría y el planeta que describe. Es allí a donde nos dirigimos en este momento. Vamos a demostrar que existe, vamos a demostrar que usted tenía razón.

            Elías se escandalizó con aquella afirmación.

—Pero eso es imposible —exclamó—. El Planeta de Dios se encuentra a más de 3000 pársec de distancia, tardaríamos años en llegar y más en una nave como esta.

—Yo pensaba lo mismo, padre. Pero me complace informarle que no es así —Elías ladeó la cabeza confundido—. Quisiera explicarme mejor, pero la verdad es que no soy experto en estas cosas. Venga conmigo, creo que ha llegado el momento de que conozca al resto del equipo.

Caminaron fuera de la habitación y a través de la nave. Elías comprendió que se dirigían a la Sala de Control. Aquella era, en efecto, una embarcación peculiar, siete veces más pequeña que la Santa María, contaba con varios pisos, todos ellos estrechos. La Sala de Control y los camarotes se encontraban en el piso superior, el último era el cuarto de máquinas y el resto, parecidos a galpones, estaban destinados al transporte de material.

            Mientras describía la Equus, el Capitán Espinosa aclaró que no la habían robado.

—Sus tripulantes se mostraron dispuestos a colaborar con nosotros —explicó—, son hombre rudos, que no disfrutan cuando los controlan. Tenían suficientes problemas con el Alto Mando como para no dudar en unirse a nuestra causa.

            Más que la tripulación, a Elías le preocupaban las condiciones del cacharro, pero Espinosa le aseguró que se encontraba en perfectas condiciones.

            Cuando llegaron a la Sala de Control, el capitán se hizo a un lado para hacerle campo. Al principio, al sacerdote le pareció que el lugar estaba repleto de gente, pero luego comprendió que se trataba de una ilusión causada por la falta de espacio.

—Bienvenido al Centro de Mando, mi querido Representante —promulgó el soldado con notorios aspavientos. Cuando Elías puso pie en la habitación todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo para mirarlo. El sacerdote escondió el rostro avergonzado.

—Permítame presentar a los muchachos, padre —pidió Espinosa y comenzó a señalarlos uno a uno—. Alonso Gramsci, timonel y navegante oficial —añadió apuntando a un joven soldado que se encontraba cerca de los monitores de vuelo. Elías lo vio y le hizo un gesto cordial. Era un hombre delgado de mirada sórdida, tenía el pelo negro y revuelto y parecía encontrarse siempre en estado de alerta—. Obatahá Khampa —un enorme oficial de piel olivácea y rostro férreo que se desempeñaba como jefe de seguridad. El hombre se acercó a Elías y le estrechó la mano con tanta fuerza que los dedos le tronaron.

—Un placer saludarlo, padre —dijo con una voz de trombón y haciendo una referencia como solían hacer los fieles. Elías le dio la bendición—. Natalia Beelares —exuberante y atractiva soldado cuyo cabello negro descendía en cascada cubriéndole parte de la cara. Ella trabajaba junto a Khampa en la seguridad—. Diego Arsenal —Encargado de las comunicaciones y la navegación—. Por último —anunció Espinosa—, creo que ya conoce al Coronel Augusto Havok —Ante la mención de su nombre, el coronel, que había mantenido un bajo perfil hasta el momento se adelantó para saludar al sacerdote. Elías reconoció al hombre que había liderado la misión al planeta KBL-15 y uno de los pocos sobrevivientes de la misma.

—Encantado de conocerlo al fin, padre —le dijo el soldado tendiéndole la mano—. He oído hablar mucho de usted.

—El placer es mío, señor —respondió Elías con amabilidad—. He de decir lo mismo.

            Con ello, Elías comprendió que habían terminado las presentaciones, pero cuando se volvía hacia Espinosa para atender al siguiente paso en la agenda, una voz familiar le habló desde un rincón.

—¿Te has vuelto famoso, no, cura? —el sacerdote se volvió complacido al reconocer a su viejo amigo el Oficial Flores acercarse. Se alegró tanto de verlo luego de los sucesos en la Arcana-1 que ignoró su mano extendida y le dio un abrazo.

—Ya, ya, cura, arruinarás tu reputación —le dijo Flores en tono jocoso.

—Me agrada verte, amigo —confesó Elías en voz baja—. Al fin un rostro familiar.

—No pensaste que me perdería este viaje, ¿o sí?

            Los dos compartieron una sonrisa durante un breve instante, pero entonces Espinosa intervino.

—Ahora que hemos terminado con esta importante cordialidad, me parece que es tiempo de pasar a lo que nos interesa. Venga padre, le explicaré la situación.

            Los dos, junto a Flores y el coronel Havok, se acercaron a la mesa central donde el experto en navegación trabajaba.

            Diego Arsenal se encontraba en ese momento mirando con atención un mapa holográfico que se proyectaba en medio de la habitación. Era tan grande que podía verse desde cualquier punto del cuarto.

—Como ya le mencioné —comentó Espinosa—. Nuestra situación no es tan mala como parece. Y eso se debe a que luego de que conversáramos aquella tarde en mi oficina y me planteara sus planes de llevar su teoría ante el Alto Mando, puse a mis hombres a trabajar en el asunto. Pensé que, en caso de que las cosas salieran como esperaba y se aprobara una misión para comprobar sus ideas, un inconveniente que podíamos enfrentar era la distancia. Ciertamente el mapa que teníamos era excelente, pero el planeta al que queríamos llegar se encontraba demasiado lejos. Por eso le pedí a Diego que encontrara una solución.

            El muchacho se enderezó en ese momento y el capitán le dio una palmada.

—Serías tan amable de explicarle al padre lo que encontraste.

—Sí, señor —Elías miró al chico con curiosidad. Parecía casi demasiado joven pare ser un soldado, y por un momento puso en duda sus capacidades como navegante. Pero rápidamente estas dudas quedaron saldadas.

—Esto que vemos aquí es la flota de la Misión América —comenzó Arsenal tocando con su mano un punto en el mapa, el cual inmediatamente realizó un acercamiento—. Es allí donde nos encontrábamos… y esto de aquí es el Planeta X —añadió señalando otro lugar en el mapa.

—El Planeta X es el Planeta de Dios —explicó Espinosa en voz baja—. No queríamos iniciar una trifulca religiosa, usted me entiende —Elías asintió.

—Bien, como ven —continuó Arsenal—, ambos puntos se hayan a una distancia de más de 3000 pársec. Lo cual para una nave sin capacidad superlumínica, sería un trecho imposible de saldar. Sin embargo, lo que el mapa no muestra es que durante ese trayecto se halla diseminada una gran cantidad de espuma cuántica; la que, bien sabemos, puede ser utilizada para producir puentes espacio temporales.

            El rostro de Elías evidenció en ese momento una mezcla de espanto y admiración. No podía entender una palabra de lo que decía el chico, pero Espinosa rápidamente se adelantó para aclarar.

—Dicho de otro modo, existen cientos de atajos que podemos tomar para llegar a nuestro destino.

—¿Y en cuánto tiempo espera que lo hagamos? —inquirió Elías repentinamente entusiasmado.

            Arsenal dio una mirada a su superior y una vez este lo hubo autorizado, tipeó algunos datos en el mapa y aguardó el resultado.

—Solo debemos tomar tres de estos atajos y si todo sale bien, estaremos en el Planeta X en cuatro meses.

—Cuatro meses —repitió Elías casi en un susurro. Podía parecer una gran cantidad de tiempo en la Tierra, pero para él, que llevaba casi 5 años en el espacio, no era más que una breve espera. Y si le sumaba la oportunidad de comprobar su teoría y todo lo que la misma representaba, esa espera estaba más que justificada.

            De pronto pareció que el aire a su alrededor se espesaba y un sudor frío comenzó a descender por su cien. No podía creer que de verdad estuviera pasando. Realmente se encontraba camino a conocer a su señor, siempre que tuviera razón, ¿pero qué pasaba si estaba equivocado? La vida de aquellos hombres además de la suya, dependían de que no lo estuviera. Lo habían dejado todo atrás, confiando en una única idea. Ahora entendía la reacción de la tripulación con su llegada. ¿Acaso era merecedor de toda esa confianza?

            De nuevo el capitán Espinosa percibió su malestar. Era un hombre muy observador. Dio una palmada y anunció que era suficiente.

—Aclarado el asunto, hemos terminado por hoy. El padre ha tenido unas horas difíciles, será mejor que lo dejemos descansar. Venga conmigo, padre, le mostraré su habitación.

—Muchas gracias, capitán —dijo Elías, en ese momento realmente deseaba recostarse.

            El resto de los hombres continuó sus labores. Había mucho por hacer y eran pocos. Eran los justos, incluso Flores tenía una tarea asignada. Tan pronto llegaron al camarote, el capitán Espinosa regresó con los demás. Elías se dejó caer sobre el catre. Su cuerpo no estaba cansado, había tenido suficiente tiempo para recuperarse, era su mente la que se sentía agotada. Llevaba sobre sus hombres una carga demasiado grande, una que no estaba seguro de poder soportar.

*          *          *

El reloj de la pared marcaba la media noche cuando despertó. Por supuesto era una hora referencial, pero cuando se vivía durante tanto tiempo en el espacio, eran necesarios esos detalles para mantener las cosas en orden.

            Elías se levantó de la cama porque escuchó un ruido en el exterior. Su camarote se encontraba cerca de la sala de oración, un detalle del capitán Espinosa que había olvidado agradecer.

            Sin embargo, parecía que en aquel instante una algarabía se había armado en las cercanías. Se oía como si muchas personas estuvieran reunidas, pero definitivamente no estaban orando. Con voz en grito anunciaban precios y artículos como si se tratara de un bazar. Por un momento Elías recordó las mesas de juego que solían organizarse de vez en cuando en la Santa María.

            Salió de la habitación lleno de curiosidad y al acercarse vio que justo en la entrada de la sala santa, un grupo de hombres intercambiaba materiales. Efectivamente se trataba de un improvisado mercado. Pero no fue hasta que estuvo junto a ellos que se percató de lo que vendían. Eran armas y aquellos no eran soldados, eran hombres comunes, viles y desvergonzados. Era la tripulación original de la Equus.

            Elías sintió tanta ira al ver la manera como deshonraban la única representación del Maestro en la nave, que se enfrentó a ellos sin detenerse a pensar. Se abrió camino entre la multitud, empujándolos con los codos. Y al llegar al centro tomó la mesa donde reposaba el armamento y la arrojó contra el suelo.

—¡Canallas! ¡Malnacidos! —Gritó mientras les arrebata los fusiles de las manos—. Este no es lugar para sus trueques. ¿Qué no ven que es la casa del señor?

            A los hombres les tomó un momento comprender lo que sucedía, pero al ver que solo se trataba de un sacerdote loco, uno de ellos sacó un revólver y lo apuntó justo a la cabeza de Elías.

—Se acabó, cura —le dijo—. Dame una razón para no volarte la sien.

            Elías se quedó inmóvil sin saber qué decir.

—Yo te daré varias —oyó una voz a sus espaldas. Los mercaderes se apartaron al ver que el capitán Espinosa, comandante de la nave, se acercaba.

—Este hombre no es otro que Elías Lemitre —dijo el capitán—, el sacerdote que descubrió el lugar a donde nos dirigimos. Sin él, toda nuestra empresa perdería sentido. Es gracias a él que tenemos un lugar a donde ir, por lo tanto es tan líder de la nave como yo.

            Ante aquellas palabras el sujeto que apuntaba el arma contra Elías la retiró a regañadientes. Miró al eclesiástico con desagrado y se dio la vuelta.

—No lo sabíamos, capitán —dijo dirigiéndose a Espinosa—. Pero acaba de interrumpir nuestro intercambio y tenemos derecho de hacerlo.

—Talvez este no sea el momento para su “intercambio” —objetó Espinosa—, ni tampoco el mejor lugar. Retírense, ya lidiaré con ustedes después.

            Furiosos, los hombres recogieron las armas y se marcharon. Elías aún estaba molesto, los vio partir con desprecio y luego se dirigió al militar.

—¿Qué hacen esos hombres traficando armas en un lugar como este? —le preguntó—. ¿Y más aún, para qué necesitan armas?

—Padre, entiendo que le resulte incomodo, pero estos hombres tienen armas porque viajamos por un sector desconocido. No sabemos qué encontraremos en el camino. Además, recuerde que somos exiliados, la Misión América puede estar tras nuestros pasos.

            Aquellas parecían razones aceptables. Elías bufó dando un vistazo al corredor por donde se habían marchado los comerciantes. El capitán Espinosa puso una mano sobre su hombro.

—No se preocupe por ellos, padre. Son hombres rudos, pero no representan ningún peligro.

—Eso espero —murmuró el sacerdote.

—Descuide —lo tranquilizó el capitán—, todo está saliendo de acuerdo al plan. Tengo las cosas bajo control.

Capítulo 7

Antes de Morir

En un área del Centro de investigaciones, Katsumi Amane tipeaba azarosa códigos en un ordenador. Tenía el rostro descompuesto y la mirada se le iba constantemente al monitor de seguridad que colgaba en la esquina. Las diáfanas paredes del claustro le mostraban el ir y venir de los empleados en los pasillos interiores, mientras la computadora seguía devolviendo el mensaje: Contraseña Invalida.

            De pronto, un fuerte golpe en el exterior disparó su nerviosismo y casi como un acto reflejo, sus dedos comenzaron a moverse con mayor rapidez sobre el teclado virtual. Por los pasillos se veía a los científicos correr despavoridos. Un jaleo general se apoderó del centro, pero Katsumi no se movió de donde estaba ni abandonó su tarea. Pasados unos minutos, un sonido de aprobación le indicó que lo había logrado, la computadora devolvió el mensaje: Acceso Correcto y una puerta a su espalda se abrió dejando escapar un halo de niebla fría. Fue entonces cuando comenzaron los disparos.

            Katsumi se levantó tan rápido como pudo y corrió al cuarto que acababa de abrir. Se trataba de una sala de refrigeración repleta de estantes con frascos llenos de lo que parecían muestras orgánicas. Había cuerpos enteros de criaturas con las más variadas formas. Katsumi se abrió camino entre ellas y justo al fondo encontró lo que buscaba: el cuerpo del prisionero de KBL-15 tan muerto como todo lo demás en el lugar. El alienígena se hallaba acostado sobre una camilla, con el pecho abierto de par en par y una decena de cables penetrando en su ser. Katsumi se apuró en abrir el receptáculo de muestras que había a su lado, extrajo un contenedor sellado, revisó la etiqueta para asegurarse de que era lo que buscaba y se lo guardó en el bolsillo.

            Rápidamente regresó sobre sus pasos rumbo a la oficina, pero cuando se asomó a la puerta del refrigerador, el cuerpo desplomado de uno de sus colegas científicos la obligó a detenerse. El hombre convulsionó apenas un segundo antes de perder la vida. A pocos pasos, el asesino dirigió la mirada hacia la doctora.

—¡Está aquí! —Gritó el soldado—. ¡Señor, la hemos encontrado!

            Katsumi corrió de vuelta al interior del cuarto y se escondió detrás de unos estantes. El aire denso del lugar le proporcionaba una cubierta perfecta. Cuando los soldados entraron todo lo que vieron fue vapor de agua condensado y rostros exóticos congelados.

            La buscaron durante horas, pero por más que lo intentaron no pudieron encontrarla. Y era que no podían hacerlo, porque la Doctora Amane ya no se hallaba en el lugar. Con la respiración acelerada y una sonrisa de satisfacción, Katsumi observó a los soldados y bendijo la paranoia de su jefe, el Capitán Espinosa había llenado el Centro de Investigaciones de pasajes secretos. Ese donde se encontraba conducía a los hangares, justo adonde debía dirigirse para cumplir la segunda parte de la misión.

*          *          *

Elías despertó con un dolor intenso en todo el cuerpo. Le tomó un momento darse cuenta que seguía vivo, pues sus ojos no le mostraban más que siluetas confusas.

—Bienvenido su excelencia —le dijo una voz conocida en tono irónico—, parece que esas descargas cumplieron su cometido.

            Elías esperó a que sus ojos se acostumbraran a la escasa luz antes de responder.

—Capitán Espinosa —musitó—, también lo han encerrado.

—Desde luego —respondió el soldado— ¿Qué esperaba? Mi nombre siempre estuvo en evidencia.

—Lo lamento mucho —confesó Elías—, nunca quise que esto sucediera.

—Descuide, padre. Cuando acepté unirme a su causa conocía bien los riesgos.

—Entonces es usted mucho más inteligente que yo —manifestó el sacerdote—, pues nunca imaginé una reacción como esta.

—No tiene nada que ver con la inteligencia, padre. Es usted un hombre de buen corazón. Eso es todo.

            Haciendo un esfuerzo, Elías trató de moverse, pero sus manos y pies estaban atados con esposas magnéticas. Lanzó la mirada hacia su compañero y vio que este se hallaba en la misma situación.

—¿Dónde estamos? —le preguntó.

—En las mazmorras —respondió con sarcasmo el capitán—, a donde llevan a los rebeldes.

            Elías hizo un nuevo intento por incorporarse y esta vez lo consiguió. Se sentó con la espalda apoyada en la pared metálica y aguardó un instante mientras recuperaba el aliento.

—No somos rebeldes —refutó—, se trata de un mal entendido.

            El soldado hizo un gesto de desacuerdo.

—Dígaselo a los guardias, pues esa fue la palabra que usaron cuando nos trajeron aquí.

            Elías giró la cabeza para encarar a su interlocutor y por primera vez se percató del estado en el que se encontraba. Tenía moretones por todo el cuerpo, la ropa desgarrada y el pie derecho reposaba en una posición antinatural.

—Se les pasó la mano, ¿eh? —inquirió el sacerdote.

—No, este es el procedimiento habitual. Pero ¿se encuentra bien? Los guardias fueron especialmente rudos con usted.

—Lo estaré —respondió Elías con valentía.

            Se tomó un momento para evaluar su situación. Estaban en un cuarto angosto, tan estrecho como un contenedor de alimentos. Carente de mobiliario y por lo que podía ver no había ventanas ni puertas de ningún tipo.

—Debemos encontrar la manera de hablar con su excelencia —dijo refiriéndose al cardenal.

            El Capitán Espinosa lo miró por debajo de los parpados cansados.

—¿De verdad cree que eso serviría de algo?

—Por supuesto —respondió Elías—, tenemos que explicarle la situación.

—Ellos conocen perfectamente la situación, padre. Y saben muy bien lo que hacen.

—No —insistió el sacerdote—, de seguro malinterpretaron mis palabras. Si les explico bien mi teoría, no hay duda de que rectificarán.

—Ay, padre… Está usted demostrando ser más ingenuo de lo que pensaba —exclamó Espinosa con un suspiro.

—Lo que pasa es que usted no conoce a la Iglesia como yo, Capitán. Las leyes de Dios son justas, estoy seguro que nos escucharán.

—La conozco mejor de lo que usted cree, padre. Y créame, Dios no tiene nada que ver en esto.

            Elías movió la cabeza en señal de negación y se enderezó. Al hacerlo se dio cuenta que estaba más lastimado de lo que parecía. No le importó, ignoró la sensación de dolor y, llenando sus pulmones de aire, soltó un gritó:

—¡Eyyy! ¡Hermanos! ¡Queremos una audiencia con su excelencia! ¡Necesitamos hablar!

            El capitán lo miró entornando los ojos.

—Se da cuenta que estamos en un lugar completamente sellado, ¿verdad? —le preguntó en tono irónico—, sin mencionar que esas paredes tienen un metro de ancho.

—Estoy seguro que pueden oírnos —replicó Elías—, hay receptores por toda la nave, usted debe saberlo.

—Aun así no servirá nada —dijo el soldado—. Aunque pudieran oírlo no le prestarán atención.

—¿Tan poca fe le tiene a la Iglesia?

—No se trata de fe. Se trata de aceptar la verdad.

—¿Y qué verdad es esa?

—Que la Iglesia ya no es lo que era antes. Que ahora no es más que una cúpula corrupta y manipuladora, que premia a unos pocos y castiga a quien no obedece sus leyes.

            Elías se tomó un momento para responder.

—Lamento que piense así. Parece que me está hablando de la Iglesia como institución y no como la representante de Dios en la Tierra.

—Lamentándolo mucho, padre, la Iglesia solo se representa a sí misma. Y si quiere una prueba de ello, tómese usted como ejemplo. Un sacerdote con un historial impecable, tiene una revolucionaria idea sobre Dios y la magnánima Iglesia lo sanciona y lo encierra como un animal. ¿Es esa la justicia divina?

—Es eso un error, capitán —refutó Elías—, un error humano. No olvide que la Iglesia es liderada por hombres que como tal son imperfectos. Pero Dios siempre nos está observando y sé que con él de nuestro lado lograremos una solución para este problema.

            De pronto y sin ninguna razón aparente, el capitán Espinosa comenzó a reír como un desquiciado, y fue tan sincera esa risa que sus ojos se llenaron de lágrimas. Elías lo miró enfadado.

—¿Puedo preguntar qué es tan gracioso?

            Aun riendo el capitán le respondió en tono sombrío:

—¿Qué pensaría si le digo que nos han condenado a muerte? —El rostro de Elías palideció de pronto—. ¿Qué pensaría si le digo que mientras dormía, la Iglesia que tanto defiende nos ha dado la pena máxima? No somos prisioneros, padre. Somos cadáveres esperando la sepultura.

            Elías no respondió de inmediato. Miró a su compañero de celda tratando de encontrar algún rastro de mentira en sus ojos, pero no pudo hallarlo. Sintió que la garganta se le secaba. Desvió la mirada para tratar de ocultar su reacción, pero el astuto soldado lo percibió.

—No esperaba algo así, ¿verdad? —inquirió con malicia. Elías lo encaró de mala gana.

—Usted no parece estar preocupado —señaló— ¿Acaso no le teme a la muerte?

            El capitán soltó un bufido y desvió la mirada.

—No es eso, solo que… no creo que Dios nos quiera muertos —dijo alzando una ceja—. Creo que tiene otros planes para nosotros.

            Elías lo miró extrañado.

—No creí que fuera un hombre de fe —le dijo, y el soldado respondió casi murmurando:

—No lo soy.

*          *          *

Sucedió días después, en la hora en la que el sol caería si tuviera un horizonte, los guardias llegaron armados con fusiles de asalto, como los que usan para contener manifestaciones. Elías vio la puerta materializarse en la pared metálica y se dejó arrastrar fuera de la celda sin oponer resistencia. Había tenido suficiente tiempo para meditar el asunto y había tomado una decisión. Por eso cuando el Capitán Espinosa, a quien llevaban adelante, le preguntó en un grito si estaba listo para morir, el sacerdote respondió para sí mismo: “Si esta es la voluntad de Dios, que se ejecute según su mandato”.

            Los condujeron a la sala de ejecución. Una estancia amplia, vagamente iluminada, parecida a los galpones de la Santa María. Había una tarima para los acusados y un estrado con sillas altas para el Alto Mando. A ambos lados del entarimado se alzaban tribunas donde los miembros de la tripulación podían acomodarse. De hecho se les pedía que lo hicieran, pues esta era una forma de demostrar cómo se llevaba a cabo la justicia eclesiástica.

            Para Elías todo fue como un mal sueño. Llegó al lugar cansado y con el cuerpo dolorido. Cualquiera que lo hubiera visto días atrás habría dudado que se tratara del mismo hombre. Los rostros de los presentes desaparecían tras mascaras de sombras. Solo el color de sus vestiduras ofrecía indicios de su identidad. Gris y negro para los soldados, purpura y dorado para los clérigos. El estrado era el que más brillaba, con los colores del Alto Mando refulgiendo cual diademas. Elías los vio como figuras frías e indiferentes, altas y orgullosas. ¿Estarían haciendo lo correcto? Debía serlo, pues obraban en defensa del Maestro.

            Cuando estuvieron sobre la tarima, Elías y el Capitán Espinosa se unieron a un tercer prisionero que ya estaba en posición. El sacerdote tuvo que hacer un esfuerzo para reconocerlo. Era Flores, su buen amigo el Oficial. En ese momento sintió un dolor aún más profundo. No le dolía su vida, sino la de aquellos que había arrastrado con él.

            Hubo palabras, hubo aplausos. El método escogido para el sacrificio fue el de la Succionadora. Una técnica desarrollada en la Tierra que consistía en encerrar al condenado en una capsula, donde se le conectaban mangueras en sitios estratégicos, de modo que al encender el aparato este extrajera toda la materia viviente del individuo y la recolectara en contenedores que posteriormente serían llevados a los invernaderos. La tesis de la Iglesia era que el alma de los herejes estaba ya condenada al infierno, pero sus cuerpos aún podían ser de utilidad para el resto de la humanidad. Así, la Succionadora no era más que un tétrico reciclaje de compuestos orgánicos.

            El dolor que se experimentaba durante el proceso, era el castigo esperado, uno que no tenía otro propósito más que el de despertar el terror en los creyentes.

Los ubicaron en sus respectivas capsulas. Elías en el centro por ser el mayor responsable y a cada lado sus colaboradores, Flores a la derecha y Espinosa a la izquierda. Este se mantenía sereno, sin oponer resistencia alguna como si quisiera darle la mano a la muerte. Una vez estuvo dentro del receptáculo, Elías le oyó decir:

—¿Le gustaría conocer a Dios antes de morir, padre? ¿O preferiría hacerlo luego?

            En el momento, el sacerdote no comprendió la pregunta. Y no tuvo tiempo de responder, pues de inmediato los verdugos cerraron la puerta. Todo se quedó en silencio, las mangueras rematadas en finas agujas emergieron de las paredes de la capsula y se clavaron en su carne. No le dolió, toda su conciencia estaba puesta en su espíritu, en la duda lacerante de si era o no culpable. De si aquella era realmente la voluntad de Dios.

            Comenzó el proceso, finos temblores se extendieron por su cuerpo. Esta vez lo sintió. La succión de las agujas, sus ojos se entornaron victimas de espasmos repentinos y entonces:

—Señor… que sea antes, que sea antes de morir.

            Cerró los ojos y se dejó llevar. Pero algo pasó, hubo un fuerte sonido y el aire comenzó a penetrar en la capsula. Elías abrió los ojos y vio que algo la había roto. Un rayo de luz se filtraba por el agujero. Afuera se oían disparos y pasos apurados. Pasados unos segundos, una figura oscura se paró frente a él y de un tirón abrió el contenedor, arrancó las mangueras tan rápido como pudo y se lo subió al hombro. Otras figuras similares hacían lo propio con Flores y Espinosa.

—Capitán, ¿se encuentra bien? —oyó una voz que decía.

—Perfectamente, Doctora Amane —respondió Espinosa—. Llega usted justo a tiempo.

—Vamos rápido, la nave nos espera.

            El hombre que lo cargaba lo llevó por un largo pasillo. Pudo ver que era un grupo numeroso. Llegaron hasta los hangares y sin dejar de disparar se abrieron camino hasta una rudimentaria nave de carga. Allí aguardaba el resto del equipo. No supo si todos lograron subir, ni tampoco si Flores o Espinosa venían con ellos. Todo lo que pudo ver fue que la nave arrancaba los motores y despegaba, abandonando los espacios de la Arcana-1, rumbó al espacio exterior. En cierto momento los disparos se detuvieron, el ajetreo cesó y su cuerpo fue víctima del cansancio. Cerró los ojos y se rindió ante un profundo sueño.

*          *          *

Durmió durante lo que parecieron milenios. Y al despertar se vio rodeado de varios rostros que lo observaban con curiosidad.

—Se encuentra bien —aseguró una voz que no conocía—, está despertando.

—Padre, padre Lemitre —dijo otra voz—, ¿me escucha?

—Capitán Espinosa… —musitó esforzándose por mantener la vigilia—. ¿Es usted?

—Sí —respondió el soldado sonriendo antes de añadir—: le tengo buenas noticias, padre. Vamos a conocer a Dios.