Capítulo 20

La Voz del Maestro

El sacerdote esperó ansioso mientras la Equus tocaba suelo envuelta en una nube de polvo y grama chamuscada. Detrás de ella, las naves oficiales descendieron también.

                Por un momento solo pudo pensar en los enocitas y en el terrible destino que debieron encontrar. La presencia de naves imperiales en el lugar era señal inequívoca de que su revolución había fracasado. Pero, ¿qué había ocurrido con Espinosa? ¿Acaso también había caído en manos de los soldados de la flota?

                Elías miraba aún el descenso de las embarcaciones cuando un nuevo temblor sacudió la superficie y en ese momento comprendió que, sin importar quien controlara la nave, tenían poco tiempo para salir de allí.

                Pasaron unos minutos antes de que las puertas de la mula de carga se abrieran y la rampa de desembarque se llenara con las botas de Espinosa y sus hombres.

                Armados y orgullosos, los soldaron avanzaron sobre el suelo alienígena como conquistadores. A Elías le tomó un momento reaccionar, pero cuando lo hizo corrió hacia ellos agitando las manos en el aire y gritando—: ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Este lugar va a estallar!

                El Almirante esperó a que estuviera cerca y con un rápido movimiento levantó su arma y descargó la culata contra el mentón del sacerdote. Elías cayó al suelo aturdido por el impacto.

—Parece que sigues vivo, cura —le dijo cogiéndolo de la sotana—. Es hora de enmendar ese error.

                Los golpes de Espinosa llegaban uno tras otro como cañonazos. Elías no hubiera podido esquivarlos ni aunque quisiera. Los soldados rebeldes se dispersaron alrededor junto a, al menos, un centenar de nuevos rostros. Eran oficiales enmascarados de la flota.

                Elías solo alcanzaba a ver sus siluetas negras avanzando hacia el templo en posición de asalto.

—Va… a… explotar —le dijo a Espinosa con voz temblorosa.

                El Almirante detuvo la arremetida y se lo acercó al rostro.

—¿Qué dijiste? —le preguntó con desprecio.

—Va… a explotar. El planeta… va… a… explotar.

                Sus palabras apenas si se entendían. Tenía los labios hinchados y la boca llena de sangre. Pero en ese momento no necesitó decir nada más. Tan pronto terminó la frase una explosión resquebrajó la pradera cercana disparando un chorro de lava hirviente hacia los cielos. Por un instante los soldados quedaron paralizados, pero un nuevo temblor sacudió el suelo bajo sus pies y entonces tuvieron que correr.

                Por todos lados había columnas de fuego emergiendo desde la tierra como géiseres y soldados huyendo a la desesperada.

                Una grieta quebró de pronto el suelo cerca del templo y se dirigió reptante en dirección a las naves. La Equus sobrevivió la envestida, pero varias embarcaciones de la flota desaparecieron tragadas por la abertura.

—¿Qué le hiciste a mi planeta? —acusó Espinosa al sacerdote mientras observaba la tragedia. Elías no respondió.

                Detrás del soldado, alguien alzó la voz por encima de las explosiones y lanzó una orden—: ¡Retrocedan! ¡Vuelvan a las naves! ¡Este lugar desaparecerá!

—¡NO! —se oyó el grito brutal de Espinosa volviéndose para encarar al atrevido. Era el Coronel Havok, quien en medio de la multitud apuntaba su mano en dirección a la nave.

—Mis hombres están en peligro, Almirante —explicó cuando el líder lo encaró.

—Me importan una mierda sus hombres —soltó Espinosa completamente desquiciado—. Lo he dado todo por llegar hasta aquí, no voy a abandonarlo por un par de erupciones.

                Havok lo miró un momento con atención.

—Lo siento, Almirante —le dijo—, yo me voy de aquí.

                Pero tan pronto terminó de hablar sus ojos se desencajaron y se llevó las manos a la  cabeza como si lo invadiera un intenso dolor. Espinosa tenía la mano levantada y apretaba los dedos en el aire como si estuviera sosteniendo algo entre ellos. Los ojos los llevaba inyectados de sangre.

—Usted hará lo que yo le diga, Coronel. Le recuerdo que aún estoy al mando.

                El Coronel Havok se tocaba las sienes con el rostro contraído, al tiempo que un hilo de sangre comenzaba a manar de sus oídos.

                En ese momento, un nuevo terror atrajo la atención de todos. Un soldado que miraba las colinas verdosas del este dio la señal de alerta. Espinosa soltó a su víctima y se dirigió al lugar para ver de qué se trataba. Lo que vio lo dejó sin aliento.

                En la distancia, un centenar de figuras extrañas avanzaba hacia ellos a gran velocidad. Eran humanos, quizás, o algo parecido a humanos. Siluetas monumentales que corrían con la velocidad del viento.

                El Almirante Espinosa se plantó en el sitio y preparó su arma. Detrás de él, decenas de soldados aterrados empuñaron las suyas y tomaron posición de defensa. Estaban listos para enfrentar a un enemigo desconocido, en un campo de batalla que, literalmente, se caía a pedazos.

Mientras tanto, Elías Lemitre aprovechó para escapar. El sacerdote corrió tan rápido como se lo permitía su cuerpo adolorido en dirección contraria a por dónde venían las bestias. No tenía idea hacia dónde iba, solo quería alejarse de Espinosa y de sus hombres, y al mismo tiempo se preguntaba: ¿dónde carajo se había metido Flores?

El enemigo llegó rampante arremetiendo contra la fila de soldados y una ráfaga de balas los recibió.

                El cielo se llenó de sus gritos desgarradores y del tropel de soldados caídos. Elías se volvió para observar la masacre.

                Solo una imagen ocupó su mente, como arrastrada desde un pasado no tan distante, pero que parecía parte de una vida pasada. Era la imagen de Flores, contemplando las paredes talladas de KBL-15 a través de las fotografías en su monitor:

—¿Y estos qué son? —le preguntó el soldado ante una imagen en particular.

—Esos son Nephilim —le respondió Elías observando los dibujos en la piedra—, los gigantes que habitaban la Tierra antes de la llegada de los humanos.

—Pues se ven bastante feos.

—Bueno —concluyó Elías con una sonrisa—, también son obra de Dios.

                El sacerdote volvió al presente cuando una de aquellas criaturas levantó en el aire a un soldado y lo lanzó sobre sus compañeros como si fuera una bola de papel. Un momento después, otro militar, aterrado ante el tamaño del enemigo, corrió despavorido lejos de la contienda y sin querer tropezó con él. Elías no tuvo tiempo de esquivarlo y el hombre le asestó un golpe en la frente con su escopeta, que lo tumbó hacia atrás más aturdido de lo que estaba.

                Un velo de sombras le nubló la vista. Cerraba y abría los ojos luchando por mantenerse consciente. En ese estado vio transcurrir la batalla, vio a los soldados pelear a muerte, vio a los destructores cargar sobre ellos, vio al mundo estallar en caos. Y en medio de tanta destrucción y desconcierto, vio una figura difusa, contemplándolo todo desde la distancia. Era un hombre vestido con túnica blanca, que desprendía cierto resplandor. Elías concentró su atención en el extraño aparecido, el tiempo suficiente para darse cuenta que él también lo estaba mirando. Un momento después el sujeto avanzó hacia él. Tenía la barba desaliñada y el pelo rizado le llegaba hasta la cintura.

                Elías levantó la cara para mirarlo y el desconocido le tendió la mano.

—Es por aquí —le dijo, ayudándolo a levantarse. El sacerdote lo siguió lejos de la batalla, hacia un sector del templo que no había visitado. Bajaron por una trampilla y siguieron por un pasillo tan angosto que dos hombres no podrían recorrerlo codo a codo.

—¿A dónde me llevas? —le preguntó Elías, pero no obtuvo respuesta. Bajaron unas escaleras y entraron en otro corredor. Para ese momento los ruidos de la batalla desaparecieron y solo los acompañaba el sonido de sus propios pasos. Alcanzaron el final del pasillo y solo entonces comenzaron a subir.

                Esa última escalera los llevó hasta una abertura rectangular, de la que escapaba una luz casi fantasmal. La claridad se derramaba sobre los escalones como una lengua blanca. Elías caminó sobre ellos siguiendo al guía, pero cuando ocupó la habitación de arriba, descubrió que estaba solo.

                Era una sala amplia, más amplia que la Carpintería. Ubicada posiblemente en la parte posterior del edificio. Tenía las paredes resquebrajadas y cubiertas de hiedra. En una sección, incluso, faltaba un pedazo de techo.

                Elías se tomó un momento para mirar alrededor. Se dio cuenta que en el centro de la sala había un podio con un pilón, muy similar al que vio antes, pero este era tan grande que fácilmente podía albergar a una persona.

—¿Qué es este lugar —se preguntó—. ¿Por qué me han traído aquí?

                Los temblores que azotaban el mundo de afuera no se habían detenido y cuando aparecían, todo lo que lo rodeaba se llenaba de aquellas extrañas líneas brillantes que parecían sistemas eléctricos. Elías las contempló abrumado.

                Entonces sus sentidos le devolvieron algo de cordura y vio que las paredes estaban llenas de pictogramas, exactamente igual que en la Carpintería, pero estás estaban tan agrietadas que era poco lo que podía sacar de ellos.

—Debe haber una razón —se dijo—. No llegué aquí por casualidad —Caminó hacia el centro de la habitación. Su mano manchada de sangre y polvo rozó la superficie del pilón. Unas inscripciones talladas en él brillaron de pronto con sutileza y las extrañas líneas azules volvieron a aparecer.

—Funciona igual —se dijo—. Funciona igual que el anterior—. Aferrándose a la poca fuerza que le quedaba, Elías se levantó una manga de la sotana dejando expuesta una herida profunda en su antebrazo. La sangre coagulada había formado una costra negra y desagradable sobre ella. El sacerdote respiró hondo y acto seguido metió un dedo en la abertura, desgarrando la costra y liberando un chorro de sangre.

                Al instante la habitación entera se llenó de grabados azul eléctrico. Puntos brillantes de energía se desplazaban sobre ellos como si transportaran pensamientos y fue entonces cuando Elías lo comprendió. Aquel lugar no era un edificio inerte, era una máquina, una máquina construida por una mente superior.

                El Sacerdote siguió vaciando sangre sobre el pilón y mientras lo hacía, más y más caracteres aparecían ante él como un holograma. Como el tablero de navegación del Teniente Arsenal en la Equus o como el mapa ominoso de Espinosa que diera inicio a toda aquella aventura.

                Elías vio con ojos agotados la información que tenía delante y de pronto las piernas le fallaron. Arrancó un pedazo de tela de la sotana y apretó un nudo sobre la herida para cortar la hemorragia.

                No estaba listo para morir allí. Se sentía responsable del destino del planeta como de las vidas de los hombres que peleaban afuera. Ese mundo se caía a pedazos por su culpa. Pero ahora estaba allí, rodeado de inscripciones, de todos él, el único miembro de la Misión América que podía descifrar cualquier lenguaje. Elías Lemitre, Representante Eclesiástico de la Carabela, si alguien podía salvar el planeta era él.

                Pero las inscripciones que tenía delante no le decían mucho. Estaban escritas en un idioma distinto al que había visto antes en la Carpintería. Sin mencionar que con el cansancio y la pérdida de sangre, su visión estaba en el peor estado. A menudo los caracteres se superponían y no estaba seguro donde terminaba uno y comenzaba el siguiente.

—Puedes hacerlo, Elías —se dijo a sí mismo—. Tienes que hacerlo.

                Se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano y volvió a mirar. El holograma seguía brillando.

—Son logogramas —pensó—, la escritura más antigua, como las de Nuevo Santiago. Puedo hacerlo, yo puedo descifrarla

                Y así ocurrió. Los gráficos de luz que veía adelante fueron cobrando sentido poco a poco. Mientras más los miraba más los comprendía. Y sucedía que, a veces, leía una oración y descubría el significado de un nuevo símbolo y debía volver atrás para integrarlo al contexto. Pero allí estaba todo, la historia completa de ese mundo, como una biblioteca digitalizada, convertida a un registro que duraría milenios, incluso luego de que sus creadores desaparecieran. Comprendió quiénes integraban la Asamblea, la verdadera naturaleza del planeta, la identidad del Olehym. Allí estaba. Supo en qué consistía el sistema de autodestrucción y lo mejor de todo, supo cómo detenerlo.

                El sacerdote se quedó extasiado en medio de la habitación, ojos cerrados, mientras la información invadía su cuerpo. Estaba listo, ahora estaba listo para actuar.

                Pero antes de que abriera los ojos, una bala atravesó los caracteres desordenando todo el entramado. Fue a dar hasta una estatua, a la que le arrancó un pedazo de piedra blanca.

                Elías se cubrió la cabeza y salió de detrás del tablero. Frente a él estaba el Almirante Espinosa, con el arma en una mano y en la otra, el cuerpo malogrado de un soldado.

—Te encontré —le dijo, su voz sonaba rasposa y cansada. Elías se dio cuenta de que apoyaba todo el peso en una sola pierna y que tenía laceraciones por todo el cuerpo—. ¿Cómo te atreves a huir cuando todo esto es culpa tuya? —le espetó—. Tuya y de este malnacido.

                Espinosa lanzó al suelo al hombre que lo acompañaba. El sujeto soltó un quejido y levantó la cara.

—Flores —murmuró Elías, no pudo evitar sentirse aliviado.

—Te alegra verlo —le dijo Espinosa con malicia al ver su reacción—. ¿No quieres saber dónde estaba? —Elías lo miró extrañado—. Lo encontré cerca de las naves de la flota, intentando entrar a una de ellas. ¿A dónde ibas Flores? ¿Pensabas huir? —El Almirante lo golpeó con su arma, pero el soldado no respondió.

                Elías no dijo nada. Se mantuvo a buena distancia, observando a Espinosa con atención.

—¿Quizás te interese saber más sobre tu amigo? —continuó el Almirante mirándolo. Su expresión era la de un demente. No esperó a que Elías le contestará y añadió—: Tu amigo es un traidor —aseguró—. Siempre lo ha sido. ¿Sabías que trabajaba para la Misión América? Sí, aún después de nuestro exilio.

                Las palabras sacudieron a Elías como una bofetada, miró a su amigo sin comprender.

—¿Recuerdas al Scout? —Continuó el Almirante—. Nos sorprendió lo fácil que nos encontró después del salto. Nos sorprendió lo fácil que la flota nos encontró cuando atrapamos a sus exploradores. Fue Flores desde el principio, él les informó. Pero no estaba solo, el Coronel Havok trabajaba con él. Eran los dos orgullosos empleados del Alto Mando.

                Elías miraba a su amigo con desolación. No estaba seguro de poder confiar en Espinosa, pero el soldado no parecía dispuesto a defenderse. Tenía que oír su versión.

—Flores —murmuró. El teniente alzó un rostro desfigurado y lleno de dolor.

—Lo siento, amigo… —dijo con voz queda—. Quise decirte, pero…

                El Almirante levantó su arma y le apuntó a la cabeza. El disparo reverberó en la habitación de piedra y el cuerpo de Flores cayó al suelo en medio de un charco de sangre. El suelo poroso la absorbió como una esponja.

                A Elías se le quedó el grito en la garganta. Se había quedado paralizado. El Almirante lo miró con unos ojos vidriosos que habían perdido todo rastro de humanidad. Su rostro estaba tan lleno de sangre y de sudor que apenas si podían verse sus facciones.

—Tu turno —le dijo y le apuntó el arma a la cara—. Elías reaccionó de pronto y alzó las manos.

—¡Puedo arreglarlo! —gritó—. Puedo detener la destrucción del planeta—. Espinosa vaciló.

—¿Qué estás diciendo? —Preguntó—. ¿Cómo?

—Antes de que ustedes llegaran activamos por error una especie de mecanismo de autodestrucción —explicó el sacerdote—. Pero puedo detenerlo. Sé cómo hacerlo.

—Tus trucos no funcionarán, cura. Más te vale que sea verdad.

—No es un truco. Sé cómo hacerlo.

                El Almirante lo miró indeciso durante un instante. El arma temblando en sus manos. Al final soltó una risa psicótica y bajó la enorme escopeta.

—No tienes idea el poder que he obtenido —dijo aun riendo y dándole la espalda. Elías aguardó—. Los salvajes de KBL-15… lo supe desde el principio. Tenían algo especial. Ahora sus genes están en mí. Su poder. Ahora puedo hacer lo que ellos hacían.

                El Almirante cerró la mano en un puño tembloroso y de pronto una roca junto a Elías estalló en mil pedazos. El sacerdote dio un salto aterrado y el Almirante se lanzó contra él tomándolo de la sotana.

—¡No podrías engañarme aunque quisiera! —le gritó—. ¡Yo soy la evolución!

—Y es por eso que lo necesito —dijo Elías con calma haciendo un gesto con las manos. Espinosa lo miró confundido—. Antes de que llegara no sabía cómo activar el sistema, pero ahora que está aquí lo comprendo. Usted es la clave.

                El Almirante lo liberó y se alejó un paso. Parecía dudar de sus palabras.

—Almirante, Dios lo ha enviado hasta aquí, igual que me ha enviado a mí. Aún tenemos una salida. Podemos salvar el planeta y tener el nuevo comienzo que usted soñó.

                El rostro de Espinosa recuperó parte de la luz que había perdido. Miró al padre con ojos temblorosos y asintió.

—Hagámoslo —dijo—. Elías se acercó y lo guió hacia el centro de la habitación.

—Este sistema se activa con sangre —explicó señalando el receptáculo—. La sangre de los primeros nacidos. La misma que ahora corre por sus venas. Espinosa miró el pilón y frunció el entrecejo. Algo andaba mal allí.

—¿Estás diciendo que debo derramar sangre? —preguntó suspicaz—. Y dices que no es un truco.

—No lo es, Almirante —dijo Elías con seguridad—. Pensé que yo podía hacerlo —añadió y se levantó la manga para mostrar la herida reciente—. Yo mismo he derramado un poco pero no funcionó. No es sangre humana lo que activa el sistema, debe ser sangre superior.

                El Almirante miró al sacerdote con atención, más allá del brillo desquiciado que tenía en ellos había cierto dejo de arrogancia. A esa pequeña fracción estaba apelando Elías y al final lo consiguió.

                Asintiendo el Almirante aceptó ayudarlo. Dejó a un lado su arma y se dispuso frente al receptáculo. Era la oportunidad que Elías esperaba. Instantes atrás, había tomado el trozo de piedra que la bala de Espinosa había arrancado de la estatua de un Dios sin nombre, y la apretó en su mano. Cuando el Almirante se inclinó para dejar caer unas gotas de su sangre en el pilón, el sacerdote descargó el guijarro en su cabeza con tanta fuerza que todo el brazo le tembló.

                La sangre salpicó su cara y el soldado se tambaleó perdiendo el equilibrio, pero resultó que no alardeaba sobre sus habilidades especiales. Resistió la embestida como si su cráneo estuviese hecho de metal. No obstante, Elías aprovechó el desconcierto para rematarlo. Tomó el cordón de San Francisco, el que llevaba a la cintura y lo pasó por el cuello del soldado. Tiró hacia atrás con toda su fuerza, apoyándole una rodilla en la espalda. El Almirante luchó, llevándose las manos a la garganta, pero aún estaba aturdido por el golpe. Elías siguió jalando con fuerza. Los manotazos de su víctima lo alcanzaban en la cara y en las manos, pero no podían hacerle daño. De pronto sintió que las cienes le estallaban. Espinosa intentaba liberarse con la misma habilidad que usó contra Havok. El sacerdote tiró con más fuerza, los oídos le sangraron y una lágrima corrió por su mejilla, pero entonces, todo terminó.

                El cuerpo de Espinosa se contorsionó una última vez, y después de eso se quedó inmóvil. Elías esperó un momento por precaución antes de liberarlo de su prisión. El cordón de San Francisco cayó al suelo. Estaba manchado de sangre.

                Elías lloraba, su corazón latía tan fuerte que amenazaba con salírsele del pecho. Pero no se detuvo. Sabía que afuera había hombres luchando por sus vidas, si era que quedaba alguno, y aunque no quedara, todavía debía salvar el planeta.

                Como pudo alzó el cuerpo de Espinosa y lo lanzó dentro del pilón. Le quitó el cuchillo que llevaba a la cintura y con él le rajó el cuello de par en par. Era lo que pedían los Dioses: la sangre de un mortal, toda la sangre de un mortal.

                Tan pronto el líquido cubrió el fondo del recipiente un nuevo temblor sacudió la sala y esta se llenó de luces azules. Un pulso brillante comenzó a manar desde el centro y hacia el exterior. Todo el templo se sacudía mientras trozos de piedra de las paredes agrietadas comenzaban a caer. Elías hizo lo que pudo por mantenerse en pie. De pronto frente a él apareció una imagen: la figura holográfica de un hombre pequeño empuñando un arado.

—¡No! —dijo en un grito furioso—. Está no es la voluntad de mi señor.

                Pero antes de que Elías pudiera reaccionar, una segunda aparición se materializó en medió de las roncas caídas. Esta era mucho más vívida, mucho más real, con un resplandor blanquecino alrededor en lugar del brillo azulado que tenía todo lo demás. Elías reconoció al hombre barbado que lo había guiado hasta allí. El desconocido puso su mano en la frente del Olehym y al instante la criatura se desvaneció en una explosión de luces y energía.

                El guía miró a Elías un momento y luego hacia la abertura en el suelo por la que habían entrado. El sacerdote asintió nervioso y echó a andar en esa dirección. Pero en ese momento recordó a Flores y desvió la mirada hacia él. Sus pasos lo devolvieron hacia el Teniente caído, cargó el cuerpo sobre sus hombros, no sin dificultad, y regresó. Antes de abandonar el recinto dio un último vistazo. El hombre de la barba aún lo miraba. Su expresión era de satisfacción.

*             *             *

En el exterior las explosiones se habían detenido. Los soldados batallaban aún contra las bestias gigantes, cuando un súbito pulso de luz surgió del edificio blanco que los franqueaba. Ambos bandos detuvieron la lucha un instante y dirigieron su atención hacia el lugar. Fue un segundo de expectación que duró más de lo que debía y de pronto de la superficie nívea saltaron al cielo una cantidad insospechada de formas aladas que brillaban con luz intensa. Los soldados vieron que las figuras estaban envueltas por ruedas de luz que giraban a su alrededor como escudos y que en sus manos empuñaban arcos y espadas largas con hojas radiantes. Pero fueron los enemigos quienes temieron, porque las formas arremetieron contra ellos con la fuerza de un huracán. Cuando los soldados vieron que estos nuevos seres estaban de su lado lanzaron al aire un grito de guerra y reanudaron la pelea. No pasó mucho tiempo antes de que todos comprendieran que la marea había cambiado y que aquella batalla estaba a punto de terminar.

Anuncios

Capítulo 19

La Carpintería

Comprobaron que, en efecto, el tiempo es relativo. Elías no veía la hora de llegar, pero Flores sentía que se estaban apresurando.

            Siguieron la ruta que les indicó el campesino: un camino verde sobre colinas escalonadas y luego un lago. Les habían dicho que al llegar hallarían la manera de cruzar y lo hicieron en la forma de un antiguo puente de piedra, magníficamente tallado. Elías iba adelante con la ansiedad moviendo sus pasos mientras intentaba ignorar los molestos comentarios de su compañero.

—¿Qué no ves que hay algo raro en todo esto? —gruñó Flores por quinta vez cuando bajaron del puente.

—Ya te lo dije —replicó el sacerdote—. Lo entenderemos todo cuando hablemos con él.

            Flores movió la cabeza sin dejar de caminar. Elías no se había detenido ni un momento desde que dejarán atrás al Olehym y su siembra. Daba la impresión que todo el cansancio se le había ido con un sorbo de agua y un poco de determinación.

—Al menos detengámonos a hablar de esto —pidió el soldado.

—No hay tiempo para eso.

—Mira el cielo —le pidió—. Llevamos horas caminando, ya ha caído la noche.

            Elías se detuvo y alzó los ojos, era cierto. El cielo había tomado un hermoso color purpura y millones de estrellas comenzaban a brillar en él. No había variado la temperatura, sin embargo, y seguía estando tan claro como a la luz del día, pero sin duda era de noche.

—Está bien —concedió Elías aún maravillado con la belleza del lugar—. Descansemos un rato.

—Descansemos hasta la mañana —pidió Flores con voz suave—. Llevamos todo el día caminando, recuperemos fuerzas y continuemos el camino mañana.

—No tenemos tiempo para eso, lo sabes —replicó Elías—. En cualquier momento la Equus podría aparecer sobre nosotros.

—Si no lo ha hecho hasta ahora, dudo que lo haga pronto —aseguró Flores—. Además necesitaremos todas nuestras fuerzas para lo que sea que nos espera adelante. Hazme caso, cura. Descansemos.

            Elías miró a los ojos a sus amigos y vio su sincera preocupación. Frunció los labios y asintió.

—Está bien —dijo—. Pero tan pronto el cielo esté azul de nuevo reanudaremos la marcha —Flores asintió.

            Tomaron cobijo bajo unos árboles menudos que había cerca. Tenían troncos nudosos y unas copas escarlata que se abrían como sombreros de hongos. Flores se dejó caer bajo una de ellas.

—No parece haber vida silvestre por aquí —comentó atendiendo a la soledad del lugar.

—Los animales no van al cielo, Flores —dijo Elías en tono arrogante cuando se sentó junto a él. Flores lo miró por debajo de los parpados.

—De verdad crees que es allí donde estamos, ¿cierto? —le preguntó.

—Soy un hombre de fe —respondió él.

—Pero… debes reconocer que había algo raro en ese hombre, el Onigiri. ¿Por qué está solo aquí? ¿Es el único sobreviviente de este mundo? ¿A dónde fueron los demás?

            Flores hizo un gesto con la mano como si se abriera la cabeza, Elías frunció el ceño y lo miró disgustado.

—Olehym —lo corrigió—. Y, bueno, no era un sujeto común. Pero no soy quien para juzgar las maneras de las personas, ni los designios de Dios.

—Por favor, cura…

—No, Flores, escucha. No estamos lidiando con cosas normales. Estos son asuntos de Dios. Se nos ha permitido llegar a donde ningún humano había llegado jamás. No es poca cosa. En el pasado, a quienes lo intentaban se les castigaba. Es una oportunidad que se nos ha dado y debemos aprovecharla. Yo no sé si lo que nos dijo ese sujeto es verdad ni tampoco si encontraremos la forma de hablar con el Maestro, pero tenemos una responsabilidad con las personas que confiaron en nosotros y mientras exista una oportunidad de ayudarlos lo menos que podemos hacer es tener fe.

            A veces a Flores se le olvidaba que su mejor amigo era un cura. Desde que se conocieron a bordo de la Carabela, el soldado se había comportado como un patán en todo lo referente al tema religioso, sin embargo Elías le tenía mucha paciencia. A Flores le gustaba hablar con él porque no intentaba convencerlo de que Dios era la solución para todo. El sacerdote lo escuchaba y siempre sabía qué decirle cuando Flores lo necesitaba. Quizás había llegado el momento de pagar la deuda y ser el amigo incondicional que te apoya cuando lo necesitas. “Quizás…” pensó y era una lástima no poder hacerlo.

—Pero debes reconocer que era un tipo extraño —dijo el soldado con un gesto juguetón.

            Elías movió la cabeza y sonrió.

—Lo era —reconoció y ambos se echaron a reír.

—Lamento haberme vuelto tan fastidioso, amigo —dijo Flores volviendo a tomar el tono serio.

—Descuida —lo tranquilizó Elías—. Sé que para ti es difícil creer.

—Te diré algo —el soldado chasqueó los dedos y lo señaló—. Mañana llegaremos a esa carpintería y tendrás tu oportunidad de hablar con el Maestro. Pase lo que pase, yo te apoyaré.

            Elías asintió agradecido.

—Solo espero que realmente ocurra —dijo y alzó la vista hacia el cielo violeta—. Si Espinosa logra tomar el control de la nave, esta será nuestra única oportunidad.

            Flores asintió y desvió la mirada.

—Por ahora descansa —dijo—, partiremos con las primeras luces de la mañana.

Y así lo hicieron, tan pronto como desaparecieron las estrellas y el cielo volvió a tomar el color que conocían, se pusieron de nuevo en marcha. Elías le agradeció a su compañero que le insistiera en tomar un descanso, pues ahora se sentía con muchas más energías y mejor ánimo para continuar el viaje. Su mente también se aclaró, había tenido tiempo para revivir los eventos pasados y ahora tenía más certeza de lo que debía hacer y por qué. Solo le faltaba llegar a destino.

            Sin embargo, esto no fue nada fácil. Durante las horas siguientes estuvieron caminando sobre amplias estepas llenas de vegetación, pero igual de desoladas que el resto. Ciertamente no había ningún sol que agotara sus pasos, pero sus músculos les recordaban periódicamente que seguían siendo humanos. Elías, no obstante, se mostró firme todo el trayecto y hasta Flores tuvo que reconocer que en ocasiones parecía un soldado entrenado.

            Cuando llevaban alrededor de doce horas de camino, según el monitor de mano, tropezaron con un par de bosquecillos compuestos por esos árboles planos de hojas rojas. No pudieron evitar sentir temor por si se encontraban de nuevo con los Ophanim, los gigantescos arqueros brillantes que Elías juraba eran ángeles. Pero por fortuna ni ellos ni ninguna otra criatura salió a su encuentro. A Flores comenzaba a darle escalofríos la soledad del lugar y justo cuando se disponía a expresar su deseo de ver, al menos, a uno de los ángeles de Elías, una imponente construcción le hizo olvidar el asunto.

            Era enorme, tan grande que fue visible tan pronto se los permitió la curva del horizonte. Una especie de castillo antiguo, tan blanco que reflejaba la luz como un inmenso faro en medio de la nada verdosa.

            Por un momento se detuvieron inseguros, pero de inmediato reanudaron la marcha. Estaba claro, el Olehym les había dicho que la Carpintería era parte de un complejo mucho más grande. Un templo, lo llamó él, de los muchos que había regados por el planeta. Habían sido en su momento lugares de adoración para los grandes Señores, pero ahora no eran más que viejas paredes vacías.

            A medida que se acercaban a la construcción se convencían más de que ese era el lugar. Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca y vieron que del edificio central emergían otros más pequeños con cúpulas y columnas elevadas y que, a veces, en lugar de columnas aparecían las efigies de seres monumentales con alas y coronas alargadas, estuvieron seguros. Habían llegado al templo.

            Elías no detuvo el paso hasta que estuvo ante las puertas y dio un vistazo al interior. Lo que más le impresionó fue el tamaño del edificio. Parecía construido por y para gigantes. Con puertas tan altas que superaban los tres metros. Había columnas masivas como los troncos de los árboles que vieron al llegar al planeta y todo alrededor estaba cubierto de hiedra y enredaderas que escalaban los pilares o se lanzaban a pique desde las altas ventanas.

            Elías tocó con una mano temblorosa la piedra blanca de los muros. Rastros de arenisca se le quedaron en los dedos. Flores por su parte se acercó a la hiedra y vio con asombro como, al rozarla, aparecían en ella las líneas azuladas de un sistema, similar a lo que sucedió con la flecha de los Ophanim.

            Intercambiaron una mirada antes de continuar.

—La Carpintería debe estar en algún lugar cerca de aquí —dijo Elías adelantándose hacia la monumental puerta de madera que tenían delante.

—Es por aquí —le respondió una voz, pero no era la de Flores. Se dio la vuelta y allí estaba el Olehym, con un dedo levantado señalando un pasillo al lado derecho del templo. En un gesto involuntario, Flores se llevó la mano hasta el arma que le colgaba del cinturón. Elías le hizo una señal con la mano. El cuerpo del Olehym no era del todo visible, líneas de electricidad lo recorrían y allá donde brillaban más, se hacía más corpóreo.

            Los dos hombres se acercaron cautelosos y dieron un vistazo hacia el pasillo. Cuando volvieron a mirar, el hombrecito había desaparecido.

—Esto no es normal, cura —dijo Flores sacando su arma de la funda—. ¿Estás seguro de que quieres continuar?

            Elías asintió con un movimiento cadencioso y el soldado suspiró.

—Muy bien.

            Hicieron el recorrido por el pasillo. Estaba oscuro, a la izquierda tenían la pared del templo, y a la derecha una sucesión de árboles de fronda espesa que bloqueaba la luz exterior. Aquel debía ser el Bosque de los Perdidos que mencionó el Olehym.

            Al final del pasillo había una puerta, mucho más pequeña que la anterior, igual de madera. Elías se acercó, estirando la mano hacia el anillo de metal que servía de perilla, lo giró y lentamente abrió la puerta.

            La luz se precipitó sobre ellos como una cascada y escapó hacia el pasillo devolviéndole la vida.

            Cuando sus ojos se adaptaron vieron que más allá de la puerta se abría una amplia habitación circular de techo elevado en forma de cúpula. En las paredes altas había ventanas alargadas que miraban hacia un cielo despejado. Algunas de estas ventanas tenían vitrales, otras estaban completamente abiertas.

            Elías se abrió paso hacia el interior con los ojos desencajadas y la boca entre abierta. Flores iba detrás en un estado similar, pero con la pistola empuñado en posición de asalto.

—Es aquí —murmuró el sacerdote señalando las paredes. No había rastro de aserrín en ellas, de hecho, no había un solo trozo de madera en todo el lugar. Pero las paredes, amplias y albinas, estaban cubiertas de intrincados grabados. Elías se puso a examinarlos con detenimiento, pero fue Flores quien primero les halló sentido.

—Son petroglifos —dijo y seguidamente guardó su arma en el cinto—. Mira —añadió acercándose a uno de los pictogramas—. Todos están conectados, son parte de una historia.

            Elías miró de cerca el lugar que le señalaba y concedió:

—Es la historia del Maestro. La misma que nos contó el Olehym.

—Está todo aquí —continuó Flores, incapaz de creer lo que veía. Los dibujos eran tan explícitos que incluso él que no tenía preparación alguna en el tema podía entenderlos. Era como si el artista hubiera querido que cualquiera que mirara su obra recibiera el mensaje.

—Hay mucho más —apuntó Elías siguiendo el sentido de la inscripción. Iba de izquierda a derecha, comenzando en la entrada de la habitación—. No es la historia del Maestro, es la historia de toda una civilización —Elías tembló mientras descifraba las gráficas—. Se llaman así mismos Yalehm Hileh Walehm Hishtah, los Grandes Señores de Piedra… Y.H.W.H —Elías miró a su amigo con una cortina de terror ensombreciéndole el rostro—: Yahweh —añadió.

            Le tomó un momento recuperar el aliento, pero entonces continuó:

—Aquí narra la aventura del Maestro en la Tierra. Lo llaman el Forastero, el que nació en el exterior. Como dijo el Olehym, cuando el Maestro volvió a casa y reconoció su amor por los humanos el Padre se enfureció. Sintió que le habíamos robado el amor de su hijo, que lo habíamos convertido en uno de ellos. El Padre no quiso saber nada más de él, pero no lo desterró… no lo envió lejos a gobernar en su nombre, Dios santo…

            Elías se quedó paralizado con las manos apoyadas en la pared de piedra. Flores se acercó para ayudarlo.

—Calma, amigo. Ya es suficiente —le dijo.

—El Padre no lo exilió —dijo Elías—. El Maestro nunca abandonó este planeta…

            Siguió con la mano las inscripciones, pero estas se desviaban al terminar la pared, describían una línea apenas visible en el suelo y terminaban en un podio que se elevaba en el centro de la habitación. Elías corrió hacia él. Se trataba de una especie de pilón con el interior poroso, como si alguna vez estuviera lleno de agua. El sacerdote recorrió la superficie con la mano intentando descifrar su significado.

—Este es el lugar —dijo un momento después—. Lo llamaban el Carpintero, porque su padre en la Tierra lo era. “Tú no eres hijo mío” dijo el Señor de este mundo. “Tú eres hijo del hombre y como ellos has de morir”

            Lo encerró en este lugar despojándolo de sus poderes divinos. Lo hizo hombre una vez más. Mi señor murió aquí en este lugar —Elías apoyó su mano en el podio central y bajó la mirada—. Solo… como prisionero de su propio padre.

            Flores no se atrevía a hablar, tenía el rostro desencajado, con la mente abarrotada por la nueva información. Pero sabía que no importaba cuanto le afectara a él la verdad, su amigo se encontraba mucho peor.

            Se acercó a él con prontitud y le puso una mano en el hombro.

—Debemos salir de aquí —le instó—. El Olehym nos ha engañado.

            Pero justo en ese momento un sonido metálico les invadió los oídos y la pequeña puerta de madera se desvaneció. En su lugar, apareció una puerta con barrotes de acero tan gruesos como los de una prisión.

—Pero solo en una parte —les dijo una voz. El Olehym estaba del otro lado de la reja con su expresión de desconcierto—. Y por una buena razón.

            Flores corrió hacia él enfurecido y le apuntó a la cabeza.

—Será mejor que nos dejes salir tú… cosa —pero el hombrecito lo miró con cara de bobalicón.

—La puerta se abrirá sola —dijo. Cuando hayan activado el sistema.

—¿De qué hablas? —espetó el soldado y miró hacia el centro de la habitación. Elías intentó quitar la mano del pedestal, pero descubrió que está estaba sostenida por alguna fuerza magnética. Líneas azules se dibujaron sobre ella como una red eléctrica.

—¿Qué le hiciste? —soltó Flores volviendo a mirar al Olehym.

—Solo debe activar el sistema y podrán salir —le repitió.

            Elías los miró un momento y volvió a mirar el pedestal.

—Aquí dice que solo la semilla del Señor puede iniciar el proceso —gritó.

—Exacto —le respondió el Olehym—. Ustedes, los últimos nacidos, tienen la semilla del Creador.

—Sangre —murmuró Elías comprendiendo de pronto—. Se activa con sangre.

—No —protestó Flores—. No lo hagas.

            Elías se encogió de hombros.

—No tenemos opción —le confesó—. Y tomando el trozo de metal se hizo una hendidura en la mano. Al instante un hilo de sangre escarlata manó de la herida y se le deslizó por los dedos. Tan pronto tocó la roca todo el lugar se iluminó. Las hebras de luz azulona se hicieron visibles en todo alrededor, por paredes y suelo y la pequeña puerta de metal se cubrió de ellas antes de desaparecer.

            El Olehym se marchó también y Elías pudo despegar la mano del pilón. Flores corrió desesperado hacia él.

—¿Estás bien? —le preguntó y Elías asintió—. Tenemos que salir de aquí.

—Proceso iniciado —dijo una voz artificial proveniente de ningún lugar y toda la habitación comenzó a temblar.

            Elías y Flores cruzaron la puerta y atravesaron el pasillo oscuro a grandes zancadas. Cuando llegaron a la entrada del templo vieron que todo el lugar estaba envuelto por esas líneas azul intenso. Le dieron la espalda a la edificación de piedra y salieron hacia el descampado solo para descubrir que una inmensa masa de metal flotaba en el aire sostenida por una treintena de propulsores, mientras hacia su descenso hacia la superficie.

            Elías no había tenido tiempo de sorprenderse aun cuando vio que detrás de la Equus aparecían también al menos una docena de naves más pequeñas. Todas identificadas con el Ángel Plateado, el emblema de la Misión América.

Capítulo 18

La Canción del Olehym

Caminaron durante horas por un paisaje que les hacía olvidar el cansancio. Pero aún con la pureza del aire y la belleza del relieve, sus limitaciones humanas terminaron imponiéndose.

—Deberíamos descansar —opinó Flores desacelerando el paso. Elías no se lo discutió. Asintió, dobló las rodillas y se dejó caer boca arriba sobre la grama tupida.

            Estaban en una pradera interminable, alterada solo por algunas colinas bajas. A donde quiera que veían había verdor, el suelo bajo sus pies, los arbustos que se elevaban aquí y allá e incluso el horizonte. Todo menos el cielo, el cielo era de un azul tan intenso que parecía vivo.

—Quise decir dentro de un rato —aclaró Flores al ver a su compañero en el suelo—. Al menos deberíamos encontrar un lugar con sombra.

—No hay sombra aquí —le dijo Elías perezosamente desde su lugar. Tenía los brazos y piernas extendidos como si quisiera hacer un ángel de vegetación—. O al menos no la necesitamos.

—Es verdad —reconoció Flores dando un vistazo alrededor—. Si hay un sol aquí debe estar lejos. El cielo está despejado, pero no hace calor.

—Estamos en el paraíso —masculló Elías a modo de recordatorio—. Aquí todo es perfecto.

            Flores no dijo nada, negó con la cabeza y dio un nuevo vistazo alrededor.

—Aun así, al menos deberíamos buscar un poco de agua —sugirió un momento después—. Por perfecto que sea este lugar nos vamos a deshidratar si seguimos caminando así.

—Moriré si doy un paso más —aseguró el sacerdote.

—No importa, quizás vuelvas a aparecer aquí —replicó el soldado—. Estamos en el cielo, ¿no?

            Elías dejó escapar una sonrisa mientras se levantaba.

—Aún no lo crees, ¿verdad? —preguntó mirando a su amigo.

—Lo siento —dijo Flores—. Para mí es solo un planeta más.

—¿Y esos seres que vimos en el bosque? —Apuntó Elías—. Está claro que eran ángeles.

            Flores negó con la cabeza y se quitó la mochila para hurgar en su interior.

—Unos ángeles que querían matarnos —dijo mostrándole la extraña flecha que los arqueros le habían disparado. Elías la miró de reojo—. He visitado muchos planetas, cura, y he visto muchas cosas extrañas en ellos, te puedo asegurar que esos de allá eran simples extraterrestres.

            Elías se encogió de hombros. Se le ocurrían un par de razones de por qué los ángeles podrían haberlos atacado, pero no quiso continuar la discusión. Se acercó para examinar el curioso dardo y Flores se lo entregó. Era enorme, estaba hecho de algún metal extraño con fisuras como circuitos. En algunos momentos, cuando lo giraban, parecía que esos circuitos brillaban con un destello azulón. Elías se lo devolvió a su amigo.

—Sea cual sea la explicación para esto —dijo—. Presiento que la encontraremos si seguimos caminando.

—En eso estamos de acuerdo —asintió Flores—. Andando.

            Pero en ese momento, desde algún lugar en las cercanías, les llegó el silbido. Al principio ninguno de los dos reaccionó, pero cuando comprendieron las implicaciones que tenía aquel sonido se les erizó la piel. Intercambiaron una mirada antes de subir la colina para dar un vistazo. Lo que vieron los dejó boquiabiertos:

            Una extensa plantación de lo que parecía ser trigo, similar al que se sembraba en los invernaderos de la Tierra. Ramas doradas tan altas como un hombre, tapizaban la superficie del planeta en una extensión que fácilmente podría superar las dos hectáreas.

—¿Has visto algo como esto en alguno de tus otros planetas? —preguntó Elías sin apartar la mirada.

—Definitivamente no —le respondió Flores igual de impresionado.

            En ese momento volvieron a escuchar la melodía y no les cupo la menor duda que provenía de ese misterioso lugar.

—Tenemos que ver de quién se trata —soltó Elías con entusiasmo.

—No podemos acercarnos así como así —le dijo Flores—. Puede ser peligroso.

—Claro, un campesino silbando en su conuco es la cosa más peligrosa que jamás he visto.

            Flores ladeó la cabeza.

—No sabemos quién o qué está emitiendo ese sonido —explicó.

—Pero tenemos que averiguarlo —señaló Elías y luego de un momento el teniente asintió.

—Muy bien, pero acerquémonos con cuidado —dijo—. No hagas nada tonto, cura.

            Elías hizo un saludo militar y se puso en camino detrás de su compañero.

            Cuando llegaron a la plantación se detuvieron un momento en el borde. No habían dejado de escuchar el peculiar silbido, era una canción, no había nada raro en eso, aparte del hecho que se encontraban en un planeta lejano donde no debería haber humanos.

            Aguardaron un momento, intentando decidir el mejor movimiento, pero Elías no pudo contenerse. Seguro de que estarían bien, apartó unas ramas de cereal y se coló entre ellas.  Flores no tuvo más remedio que seguirlo. No sabrían decir si realmente se trataba de trigo, pero no los cupo la menor duda de que las plantas eran orgánicas, tanto como su propia piel. Avanzaron un trecho entre ellas, tratando de no hacer ruido. Poco a poco los silbidos se fueron haciendo más claros, fue evidente que estaban cerca y, de repente, desaparecieron.

            El sacerdote y el soldado se quedaron dónde estaban, girando sobre sí mismos, intentando ubicar el sonido que los había guiado, pero allí, en medio de tanto oro pálido, no se oía nada más que el sonido de las espigas maduras chocando unas con otras.

            De pronto, Elías se volvió de nuevo y en medio de dos plantas altas vio la figura de un hombre. Dio un salto hacia atrás espantado y llamó la atención de Flores. El sujeto dio un paso hacia adelante casi como un autómata. Tenía un arado en la mano y los miraba con cara de estupefacción.

—Ustedes no deberían estar aquí —se limitó a decir, y Elías y Flores no supieron que responder, pues sabían que tenía razón.

Durante largo rato estuvieron conversando. El hombre, que se presentó como un Olehym, quiso saber de dónde habían venido y qué hacían allí. Elías le contó la historia con todo detalle, desde la partida de la Misión América hasta la huida de la Equus. El Olehym lo escuchó atentamente, les brindó un poco de agua y compartió con ellos parte de su pan, pero en ningún momento dejó de mirarlos con esa expresión de perplejidad. Parecía aterrado a la vez que sorprendido y Flores quiso saber por qué.

—Nunca pensé que llagaría a verlos —explicó—. Nunca pensé que llegarían hasta aquí.

—Tú sabes de nosotros —sugirió Flores ladeando la cabeza—. ¿Sabías que existíamos?

—Claro —le respondió el sujeto con los ojos bien abiertos—. Ustedes son Humanos, los últimos nacidos. Los favoritos de él.

            Flores dedicó a Elías una mirada significativa y este comprendió lo que estaba pensando.

—¿Hablas de Dios? —Preguntó el sacerdote—. Del Creador.

            El sujeto ladeó la cabeza hacia él con la misma expresión en el rostro, casi parecía en estado de shock.

—Hablo del Forastero —respondió—. El Hijo del Hombre.

—Es el Maestro —murmuró Elías para sí mismo—. Estás hablando del Maestro… ¿Podrías contarnos sobre él? —Inquirió dirigiéndose al sujeto—. ¿Podrías hablarnos del Forastero?

            El hombre lo miró un momento a la cara. Sus ojos perplejos como si aún tuviera miedo. De pronto movió la cabeza en una especie de asentimiento y comenzó la narración:

            Hace mucho tiempo existió en este lugar un gran reino, gobernado por los señores de antaño. Una asamblea de reyes que dirigían nuestro destino. Durante su reinado no se conoció el hambre ni la injusticia eran tiempos de paz.

            El poder de los señores de antaño era tan grande que se extendía más allá de los límites del cielo —el Olehym alzó la mano para señalar la cúpula azul que los envolvía—. Su gracia se extendió a otros mundos, a otros pueblos allá donde había tiempo, allá estaba el poder de nuestros reyes.

            Pero en ocasiones —continuó devolviendo la mirada vacía hacia los extranjeros—. Los mundos que encontraban no tenían pueblos propios. Nuestra gente necesitaba excavar la tierra para obtener recursos y estando tan lejos del hogar, los señores no nos tenían a nosotros para que los ayudáramos, así que siendo tan magníficos como eran hicieron sus propio pueblo, crearon su propia gente con el polvo que encontraron y así estos planetas baldíos conocieron un poco del poder de nuestros señores. Los últimos fueron ustedes.

            Elías miró el dedo tembloroso del Olehym apuntando hacia él y suspiró.

—Después de ustedes las cosas cambiaron —continuó—. Mi señor amó su creación como nos había amado a nosotros y quiso para ustedes el bien supremo, la libertad. No fue fácil y hubo batallas en la Asamblea. Al final mi señor se retiró y volvió a casa, pero dejó en la Tierra la semilla de una nueva generación. Dejó a su hijo en el vientre de una mujer humana. Ella dio a luz al Forastero.

            Flores no podía creer lo que estaba oyendo. Esa historia era sin duda la historia del Maestro. ¿Quién era este hombre? Se preguntó y ¿cómo conocía la leyenda? A pesar de las coincidencias su mente no estaba tan dispuesta a creer como lo estaba la de Elías. Algo andaba mal con ese relato y se propuso descubrir qué era.

—¿Qué pasó después? —preguntó el sacerdote. Flores lo miró con desaprobación—. Cuando el Maes… el Forastero volvió a casa, ¿qué sucedió?

            El campesino miró al padre y su rostro se suavizó. Tenía muy pocas expresiones en ese rostro alargado. Y la mayoría del tiempo, estas no parecían coincidir con lo que insinuaban sus palabras.

—¿Tú quieres saber por qué no regresó? —preguntó esta vez mostrándose apenado.

            Elías asintió.

—Mi señor estaba enfadado —dijo—. Su hijo, la semilla que dejó en la Tierra como prueba de su amor, había sido infamado. Los humanos lo habían matado y habían enviado su alma al exilio como a un forajido. Mi señor estaba enfadado, pero su hijo no. Al llegar a casa el Forastero pidió perdón por los actos de los hombres y rogó al padre le permitiera regresar. Había convivido demasiado tiempo con ellos y había aprendido a amarlos aún más de lo que él los amaba. Mi señor estaba decepcionado, condenó a su creación por haberlo olvidado y sancionó a su hijo por la traición. Dijo que un tiempo en otras tierras le harían olvidar y reconsiderar lo que le pedía. Lo envió lejos a gobernar en su nombre, a un lugar donde jamás podría volver a encontrarse con sus amados humanos.

            El tiempo pasó y la sombra de la muerte se cernió sobre el reino. Otros pueblos nos declararon la guerra y la era de paz terminó. La Asamblea los mantenía a raya y a la Asamblea la sostenía mi señor. Pero con la pérdida de su hijo mi Señor nunca volvió a ser el mismo. Poco a poco vio menguado su poder y sin quererlo se dejó arrastrar por el dolor. Los pueblos enemigos aprovecharon esa debilidad y atacaron. No pasó mucho tiempo antes de que el glorioso reino que una vez conocimos se desplomara y dejara tras de sí una cáscara vacía y templos derruidos ocultos en la hierba.

            Cuando el Olehym terminó su relato el corazón de Elías se había encogido tanto que casi no se atrevía a latir. El padre estaba desolado. Había visto en las palabras de aquel desconocido la verdad que siempre buscó. De algún modo aquella historia había logrado responder a todas las preguntas que durante su vida religiosa ningún clérigo, ni ninguna oración habían logrado responder. Y aun así, no se sentía satisfecho.

—Entonces eso es todo —dijo con la cara gacha—. Es el final, hemos llegado tarde.

            Flores lo miró sin decir nada. Tenía el rostro en tensión y parecía evaluarlo todo.

—Solo desearía haberle visto —continuó Elías—. Haber podido hablar con él y decirle que los humanos aún lo recordamos. Aun lo amamos como él nos amó.

—Ah, pero sí puedes hablar con él —dijo de pronto el Olehym para sorpresa de ambos y está vez su sonrisa sí pareció corresponder con su intensión—.

—Pero dijiste que ya no estaba aquí —le recordó Elías confundido—. Lo enviaron lejos antes de la guerra. ¿Acaso regresó?

—No —le respondió el Olehym—. Pero aún existe la Carpintería. El lugar a donde mi señor solía ir para comunicarse con su hijo. El templo está destruido, pero la Carpintería sigue en pie.

—¿Ese lugar está cerca? —preguntó Elías nuevamente entusiasmado—. ¿Podemos ir allá?

—¡Ah, claro! —le aseguró el Olehym alegremente—. Está más allá de la frontera occidental. En el bosque de los caídos.

—¿Un bosque? —preguntó Flores incorporándose—. Estará lleno de esas cosas que nos atacaron antes.

—Ophanim —lo corrigió el campesino sin mirarlo—. No, no… Ellos no ven muy bien. Ustedes pueden evitarlos. Yo les indicaré el camino, les diré cómo llegar.

            Elías asintió con una sonrisa y le dio la mano al Olehym, pero Flores aún no estaba convencido, lo miró largamente con muchas preguntas dibujadas en los ojos.

—¿Qué eres? —le preguntó por fin con suspicacia—. ¿Quién eres tú?

            El sujeto ladeó la cabeza perezosamente y de nuevo adquirió esa expresión de incertidumbre.

—Soy un Olehym —se limitó a decir y luego sonrió.

Capítulo 17

Ophanim

Desde la superficie del planeta se vio como una bola de acero envuelta en llamas, que cortaba el cielo con el estrépito de mil explosiones. La capsula dejó tras de sí una estela de humo blanco a medida que avanzaba y tocó suelo en el interior de un espeso bosque, en la zona ecuatorial del planeta.

Los tripulantes tardaron un poco en recuperarse del ajetreo. Cuando por fin la puerta se abrió, Flores emergió cauteloso y posó sus botas en el nuevo mundo. Una sensación de sobrecogimiento lo embargó. El suelo era una mezcla de polvo y vegetación quemada, y los rodeaba el ruido de la vida; aves de alguna clase cantaban escondidos entre una ciudad de árboles altos y frondosos. Era la primera vez que veía algo similar y una lágrima se le escapó de los ojos. Un bosque, como no se había visto en la Tierra desde hacía siglos. De pronto la imagen de su viejo amigo Henzi le llegó a la memoria junto con el trozo de madera fosilizada que despertó su ilusión. Flores dejó entrever una sonrisa torcida y cerró los ojos para disfrutar del sonido.

                Al cabo de unos minutos, Elías despertó también. Salió de la capsula y vio a su compañero revisando su monitor de manos con la cabeza descubierta. Abrió los ojos escandalizado antes de darse cuenta que él tampoco llevaba protección. Entonces entró en pánico.

                Flores lo miró contrariado y sacudió la cabeza.

—Relájate, cura —le dijo—. Hay mucho oxigeno aquí.

                Elías se quedó quieto con las manos aún en la garganta.

—¿No ves los árboles? —añadió su compañero. El sacerdote alzó la cara y lentamente su mandíbula comenzó a caer en un gesto de asombro.

—Dios bendito —murmuró observando el panorama que los rodeaba.

                Flores sonrió y siguió analizando los datos de su monitor.

—El aire es muy puro, además —le comentó—. ¿Lo sientes?

                Elías inhaló todo lo que pudo hasta llenar sus pulmones y exhaló extasiado.

—Es tan liviano —opinó.

—Sí, la cantidad de oxigeno es impresionante —explicó Flores—, más del 40%. Mira —se acercó para mostrarle los datos—. Además contiene muy pocos elementos secundarios. Es la composición ideal. Casi imposible.

                Elías miró el monitor y sonrió. A él no le parecía imposible.

—No puedo creer que estemos aquí —dijo apartándose de nuevo y alzando la vista hacia el cielo—. Flores lo miró un segundo y guardó el aparato.

—He pensado que debemos buscar un refugio.

—¿Refugio? —repitió Elías extrañado—. ¿Para qué?

                Flores no le respondió, metió la cabeza en la capsula y comenzó a hurgar entre el equipo de emergencia.

—¿Crees que no lo lograrán? ¿Los enocitas?

                Elías miraba al cielo como intentando encontrar rastros de la vieja nave, pero todo lo que veía era un resplandor azul y las livianas nubes deslizándose indiferentes.

—No lo sé —reconoció Flores echándose al hombro una mochila pesada y guardándose algunas cosas en los bolsillos de su cinturón. Cuando terminó de equiparse se volvió hacia su amigo—. Los enocitas son grandes hombres, pero aún si logran doblegar a Espinosa, no tienen a nadie que pilotee la nave. El único que puede hacerlo es Gramsci, y él es leal a su líder. No los traerá.

                Ese era un detalle que Elías no había considerado. El sacerdote alzó nuevamente la vista hacia el firmamento, pero esta vez su expresión era de pavor.

                Flores le dedicó una mirada triste. Sitió pena por él. Cuanto antes se alejaran de la capsula más seguros estarían. Se volvió de nuevo para dar un último vistazo en el interior, pero de pronto perdió el equilibrio. Un golpe tremendo lo empujó hacia adelante haciendo que se tambaleara. Elías vio la flecha pasar cortando el aire muy cerca de su rostro. Cuando se volvió la vio en la espalda de su amigo, clavada en la mochila que acababa de colocarse.

—¿Qué demonios fue eso? —gritó Flores incorporándose.

                Pero antes de que pudieran divisar el origen del ataque, varios dardos más se precipitaron sobre ellos, clavándose en la superficie metálica de la capsula.

                Con los ojos bien abiertos, los dos hombres recogieron lo poco que pudieron y echaron a correr fuera del pequeño cráter que había dejado la nave y hacia el interior del espeso bosque.

                Corrieron a través de la fronda sin saber a ciencia cierta de que huían. A Elías se le complicaba avanzar debido a lo ajustado de su sotana, por lo que Flores decidió que lo mejor sería buscar amparo entre los árboles y esperar a que sus perseguidores los rebasaran.

                Y así lo hicieron, en cuanto tuvieron la oportunidad se lanzaron a un lado y se ocultaron detrás de un tronco descomunal. Allí los árboles eran tan grandes que los hacían sentir como pequeñas ardillas. Esperaron a nivel del suelo, casi desapareciendo entre la capa de hojarasca, y entonces los vieron venir.

                Al principio eran solo destellos azulones entre el verde puro de las hojas. Pero luego la luz tomó forma. Tres o cuatro puntos flameantes, compuestos de anillos concéntricos que brillaban como si emanaran energía. Solo cuando estuvieron lo suficientemente cerca, pudo ver Elías, las figuras humanoides que flotaban en el interior. Eran gigantes, de unos tres metros de altura, sus ropas y sus cuerpos parecían hechos del mismo material, como una mezcla de metales platinados ocultos tras una luminiscencia casi irreal. Al sacerdote le pareció que si pestañaba desaparecerían, como el destello incomodo que queda en los ojos tras mirar directamente a una fuente de luz intensa.

                Pero lo que más le impresionó fueron los rostros. Duros y fríos como tallados en piedra. Estaban más cerca de las estatuas derruidas de la Tierra vieja que de los semblantes vivos de sus congéneres. Y sin embargo, poseían una belleza sublime, superior a la que cualquier humano pudiera llegar a soñar. Aquellos no eran entes comunes, eran algo más.

                Flores tuvo que golpearle la frente para que dejara de mirar a aquellos seres. Y para que recordara que los mismos estaban intentando matarlos.

                Esperaron en el más profundo silencio, con miedo incluso de respirar, mientras las criaturas recorrían los alrededores con ojos incorpóreos. Luego de unos angustiosos segundos se marcharon. Elías sintió que la sangre volvía a circular por sus venas.

—Vámonos antes de que vuelvan —susurró Flores aún cauteloso.

—¿A dónde? —preguntó Elías.

—Fuera del bosque, este lugar no es seguro.

                Echaron a correr en dirección contraria a la que habían tomado los arqueros. Les tomó un tiempo encontrar el final de ese laberintico macizo, pero al final lo lograron. Emergieron en la cima de una colina, adelante se extendía una amplia pradera.

                Elías aún estaba perplejo, se quedó mirando la inmensidad del lugar con cara de desolación. Flores le puso una mano en el hombro para darle ánimo.

—Vamos —le dijo con seriedad—. Y ambos comenzaron a caminar hacia el descampado.

Capítulo 16

Adiós Mesías

Durante los días siguientes se llevaron a cabo los preparativos para el descenso y para la ejecución de Elías.

            El Almirante Espinosa se mantuvo firme en su decisión de eliminar al sacerdote.

—Ha causado muchos problemas —le dijo a Oba Khampa cuando este trató de interceder por él—. No necesitamos esa clase de personas en nuestro nuevo mundo. Piensa en eso.

            El Oficial había asentido con la mirada triste y abandonó el tema. Aunque en su interior seguía pensando que era una mala idea. Antes de unirse a la Misión América, el General Khampa había sido un soldado de Khampala, la ciudad de los recuerdos eternos. En Khampala sobrevivían tradiciones que se remontaban a los tiempos de la Tierra vieja, y sus habitantes atesoraban su fe por encima de cualquier riqueza. Se decía en las demás ciudades, que fue en esa sabana ardiente donde por primera vez llegó la Iglesia proclamando el nombre del Maestro luego del Juicio y que las personas de Khampala los habían repelido rápidamente demostrando una comprensión más profunda de las escrituras de la que tenía la propia Iglesia.

            Se dice que cuando la Iglesia logró finalmente evangelizar el sitio tuvo que absorber muchas de las tradiciones y aceptar que había errores en sus interpretaciones. Solo así el pueblo de Khampala concedió doblegarse y reconocer su autoridad, convirtiéndose luego en la Ciudad Estado con mayor presencia en el mundo eclesiástico y con mayores representantes en la congregación global.

            Los Khampalianos llevaban la fe en su interior y defendían los símbolos con tanta vehemencia que a veces podía confundirse con fanatismo. Oba Khampa, militar de grandes habilidades, seguía siendo un hombre de fe. Había seguido a Espinosa todo el camino porque su formación militar lo obligaba y porque confiaba en su buen juicio, pero muchas veces se preguntaba si aquella empresa, en vez de ser la gran misión salvadora que proclamaba su líder, no sería más bien una ofensa hacia el Creador y hacia la Sagrada Institución.

            La condena del Padre Elías había renovado sus dudas.

No obstante, Espinosa siguió con el plan. A pocas horas del planificado descenso, se encontraba en el Puente de Mando revisando los informes más recientes.

            El teniente Arsenal informaba sobre ciertas irregularidades que había detectado al estudiar el planeta Sirius.

—Tiene todas las características de la Tierra —decía—, incluso mejores. Presión atmosférica, temperatura, abundantes fuentes de agua dulce. Es un paraíso.

—Creo que no te sigo, ¿qué tiene de malo entonces? —preguntó Espinosa echando un ojo a los reportes.

—Sigo recibiendo una extraña señal desde su superficie —explicó Arsenal—. Como si alguien tratara de advertirnos. Además, un campo de energía rodea todo el planeta.

—¿Como un campo de fuerza? —preguntó el Almirante.

—No, más bien un halo radioactivo —respondió el teniente—. Como el que despiden los reactores. Pero aún diferente. No logro entenderlo.

—Si tú no lo entiendes amigo mío, no hay posibilidad de que yo lo haga. Parece que solo tenemos una opción. Bajar allá y verlo con nuestros propios ojos. —Espinosa se volvió hacia sus hombres para dispensar ordenes —Teniente Gramsci, haga los preparativos para el descenso. General Khampa, preparé un equipo de exploración. Asegúrese que lleven armas suficientes.

—No creo que sea necesario, señor —intervino Arsenal—. Hay otro detalle sobre ese lugar.

—Dilo de una vez —pidió Espinosa con calma.

—No está habitado, señor —Arsenal se volvió para mirar a su jefe. No estaba seguro si aquello era una buena noticia o no. Espinosa tampoco. Guardó silencio un momento antes de volverse y seguir dando instrucciones.

—No podemos fiarnos —afirmó—. Lleven todo lo necesario, ya lo hemos visto antes —A medida que hablaba se dirigía renqueando hacia la salida. Su bastón golpeaba el piso metálico con ruidos sordos.

—¿Usted no irá, señor? —le preguntó Khampa.

—No —dijo Espinosa—. Antes tengo algo que atender en el laboratorio. Si todo sale bien los alcanzaré en unas horas.

            El soldado lo miró con su duras facciones fruncidas.

—Ah y General —dijo Espinosa antes de salir—. No olvide el asunto del cura, quiero que se haga antes del descenso.

            Khampa se permitió lanzar un profundo suspiro antes de responder con un casi involuntario:

—Sí, señor.

*          *          *

Elías abrió los ojos cuando sintió los pasos de los verdugos tras él. Lo habían ubicado en la cámara de desechos, una suerte de cuarto rectangular que contaba con dos paredes y dos puertas, una daba hacia la nave y la otra hacia el espacio exterior. Era a donde iban a parar los cachivaches cuando ya no eran útiles para nadie. La tripulación los colocaba en el receptáculo, luego cerraba la puerta interna y abría la externa, de ese modo la basura iba a dar al espacio, sin que se corriera el riesgo de una descompresión.

            Pero Elías no se sentía como basura. De hecho ese momento no tenía pensamiento para sí mismo. Todo lo que hizo desde que se dictara la condena fue pedir por las almas de sus ejecutores. Le hubiera gustado visitar el templo por última vez, pero no se lo habían permitido, por lo que optó por cerrar los ojos y visitar su templo interior, ese que se decía debía tener todo sacerdote, un lugar para conversar con Dios, sin importar donde se encontrara.

            En ese momento, paradójicamente, sentía que estaba más cerca de Dios de lo que jamás había estado. Mientras rezaba en silencio, sentía que sus palabras eran oídas y eso lo motivo a seguir pidiendo. No para él ni para los enocitas. No le importaba su destino, sabía que tenía lo que merecía por haber pensado en faltar al más importante de los mandamientos, había querido matar, en su interior, en su corazón, había deseado acabar con una vida, y eso jamás se lo perdonaría. No le preocupaban los enocitas porque confiaba en la clemencia de Dios, él entendería sus necesidades y perdonaría sus faltas. Le preocupaba Espinosa y los hombres que lo seguían. Cegados por una ambición irracional, cometían el mismo error que milenios antes cometiera Nimrod de Babel. Construir un  puente entre la Tierra y el Cielo.

            Las ambiciones de Espinosa no tenían precedente en los registros humanos. Era el pecado supremo. Ahora lo entendía y podía visualizar el futuro que les esperaba en ese planeta que él ayudó a encontrar.

            Por ellos eran sus lágrimas internas y sus plegarias. Elías pedía por su perdón. Pero los verdugos no lo sabían y si lo supieran tampoco les importaría. Llegaron a la cámara y lo acomodaron en su lugar. De rodillas, mirando hacia la nave, de espaldas a la muerte que le esperaba. El rostro del sacerdote estaba congestionado, pero su expresión era tranquila. Allí estaban el General Khampa y Nienna Belares, la silenciosa asesina. También el Coronel Havok y varios hombres enmascarados. Elías recordó que una vez un soldado le contó que al Almirante Manzanos lo había matado un hombre enmascarado. Ese pensamiento le arrancó una sonrisa triste.

            Flores no estaba ahí, Elías no se lo reprochó. Espinosa tampoco lo que solo confirmaba su falta de honor. El hombre que dicta la sentencia debe al menos estar presente cuando se ejecuta. Elías lo sabía, pero Espinosa no.

            Así se sucedieron las etapas de la ceremonia. Se leyeron pasajes bíblicos, torpemente pues el único sacerdote que había abordo y que podía hacerlo bien, estaba arrodillado frente a ellos esperando condena. Luego el General Khampa se adelantó para decirle algo, pero se detuvo antes de hacerlo. Elías lo miró, el enorme soldado con una rodilla apoyada en el suelo seguía siendo mucho más grande que él, pero en ese momento Elías pareció más valiente. Khampa no pudo sostenerle la mirada y se retiró.

—Háganlo ya —ordenó a los enmascarados mientras se iba hasta el fondo. Los verdugos procedieron con la única parte que disfrutaban. Acomodaron al padre más cerca de la compuerta exterior, salieron de la cámara y la sellaron. Ahora estaban a salvo. Elías seguía viéndolos a todos porque la puerta era transparente. Sintió pena por ellos.

            Khampa lanzó una orden muda y levantó la mano. Cuando la bajara los verdugos abrirían la compuerta y el condenado volaría hacia la nada. Moriría antes de ser consciente de ello.

            Pero su mano nunca llegó a bajar o más bien su orden nunca llegó a producirse. Elías vio al General cubrirse la cabeza y correr buscando refugió, vio a varios soldados caer salpicando sangre alrededor y vio a los verdugos intercambiar miradas sin saber qué hacer. No podía oír lo que ocurría, pero sin duda vio la horda de enocitas arremeter contra los militares. Eran los hombres de la Zona baja, los traficantes de armas que en su primera noche en la nave, juraron darle muerte. Sorprendido, Elías vio que Flores, su gran amigo, lideraba la marcha. Aquello fue una masacre, los enocitas eran muchos y los soldados de Espinosa estaban atrapados, pues el túnel donde se encontraban tenía una sola salida.

            Cuando los harapientos llegaron cerca de la cámara de desperdicios, uno de los verdugos se volvió para mirar a Elías con una duda en los ojos. Elías le dedicó una mirada de nobleza que resultó más penetrante que las balas que se disparaban atrás. El hombre se quedó inmóvil y cuando las balas llegaron su mano se deslizó lentamente de la palanca sin haber llegado a cumplir su misión.

            Flores pegó la cara del cristal, dio unos golpecitos y sonrió. Abrió la compuerta para liberar a su amigo.

—Segunda vez que intentan matarte —le dijo mientras le desactivaba las esposas—. ¿No se supone que todos quieren a los curas?

—Te sorprendería saber que no —Le dijo Elías poniéndose de pie—. ¿Qué haces aquí, Flores? ¿Qué está pasando?

—Hay mucha gente que te quiere, cura —respondió—. Pero deja las preguntas para después, tenemos poco tiempo.

—¿Poco tiempo? ¿Poco tiempo para qué? —Elías corrió detrás de Flores mientras este le indicaba el camino arma en mano. Por todos lados había cuerpos caídos y los enocitas se habían dispersado por toda la nave. Se escuchaban disparos y pasos apurados.

—Los de abajo se rebelaron —explicó Flores—. Dentro de poco la nave será un campo de batalla, tenemos que salir de aquí.

—¿De la nave? ¿Pero cómo? —Flores cruzó por un pasillo y Elías lo siguió. Al momento se encontraron con un enfrentamiento entre soldados y enocitas. Flores se detuvo y empuñó su arma, el soldado mató al enocita, pero no vio que Flores estaba detrás. El teniente le disparó a quema ropa y siguió avanzando. Elías les dio la bendición a los caídos cuando pasó junto ellos.

—Las capsulas de escape —dijo Flores en respuesta a la última pregunta—. La hija de la mujer ciega dijo que tú sabías de ellas.

—Mirian, Aria —Elías recordó a la mujer y a sus hijos y temió—. ¿Qué pasará con ellos?

—Los hombres tienen un plan —respondió Flores lacónicamente y se detuvo en una encrucijada para dar un vistazo antes de continuar. Elías vio más enocitas caídos. Aquellos hombres eran obreros, estaban luchando contra soldados entrenados, no tenían oportunidad de ganar.

—No desestimes su espíritu —le dijo Flores—. Esos hombres de verdad creen en ti y harán cualquier cosa porque seas tú quien los lidere en el nuevo reino.

—¿El nuevo reino? —repitió Elías escandalizado.

—No me mires a mí —dijo Flores reanudando la marcha—. Aquí cada quien tiene una idea de lo que pasará en ese planeta. Yo solo te digo lo que oí.

            Por fin llegaron a los elevadores y comenzaron el descenso. Allá abajo la situación estaba en calma, la batalla se llevaba a cabo en la Zona Alta, por lo que de allí en adelante no encontraron resistencia.

            Llegaron al hangar al cabo de un minuto. Los túneles de despegue seguían tan inertes como Elías los recordaba y la tosca puerta del laboratorio también.

—¿Tú que crees? —le preguntó a Flores mirando la portezuela.

—¿Sobre qué? —inquirió él atravesando el hangar rumbo a uno de los túneles.

—Sobre ese planeta, ¿Qué crees que encontrarán?

            Llegaron a la capsula y Flores la examinó buscando el panel de activación. Al encontrarlo se volvió hacia su amigo y le respondió con seriedad.

—Tendremos que averiguarlo —puso su mano en el panel y al instante la capsula comenzó a temblar. Unas luces celestes dibujaron los contornos del sistema y una vieja puerta se abrió mostrándoles el interior.

—Hora de irnos —dijo Flores suavemente y se dispuso a entrar. Pero cuando tenía la mitad del cuerpo adentro la puerta de la capsula se cerró violentamente golpeándolo como las mandíbulas de un monstruo gigante. El gritó del Teniente hizo que Elías se estremeciera.

—¿Se van tan pronto? —la voz reverberó dentro del túnel. Elías, que en ese momento ayudaba a su amigo a ponerse de pie, volvió la mirada y descubrió al Almirante Espinosa de pie cerca de la entrada.

            Sintiendo la rabia hervir en su interior, el sacerdote se incorporó para enfrentarlo.

—¿Le duele mucho, Teniente? —soltó Espinosa mientras se acercaba cojeando con su bastón—. Es poco para lo que se merece un traidor como usted.

            Flores dejó escapar una sonrisa adolorida y se quejó.

—Sube a la capsula —le dijo a Elías—. Sube a la capsula, yo lo detendré.

—Tú no estás para detener a nadie —le respondió el sacerdote—. Y no iré a ningún lado mientras Espinosa siga al mando.

—Arreglemos esto, Capitán —le gritó Elías con voz retadora—. Sabemos que eso es lo que quiere.

—Ay, no tienes idea —musitó Espinosa y aceleró el paso. Elías vio extrañado como de pronto dejaba de utilizar su bastón y comenzaba a caminar al punto de la carrera. Al llegar hasta él, partió en dos la barra de metal y arremetió contra él. El sacerdote se cubrió tanto como pudo y lanzó un par de golpes torpes que no dieron en el blanco.

            Detrás de él, Flores comenzaba a recuperarse. Como pudo tomó su arma para apuntar al Almirante, pero ante sus ojos sorprendido, el revolver se le salió de las manos y voló por los aires hasta ir a dar al fondo del túnel. Espinosa rió y golpeó con más fuerza al padre. Estaba desquiciado, se movía con tanta rapidez y golpeaba tan fuerte que a Elías no le quedaba tiempo de contraatacar. Flores se arrastró ignorando el dolor y fue tras el arma, pero antes de que pudiera tomarla, la misma volvió a moverse por sí sola unos metros adelante. Era difícil explicar lo que estaba pasando. El teniente se volvió y vio que su amigo ya no podía resistir el embate, su defensa se abrió tras un golpe de Espinosa y el siguiente garrotazo le fue a dar justo en la sien. El cuerpo de Elías se tambaleó y cayó al suelo inconsciente. Solo entonces detuvo el Almirante su ataque. Se quedó quieto un momento dirigiendo a Flores una mirada y una sonrisa demente. Y cuando iba a dar el primer paso para avanzar hacia él se oyó un fuerte porrazo y los ojos del soldado se quedaron en blanco. Flores lo vio desplomarse y aparecer detrás de él al General Khampa, con un enorme pedazo de metal en la mano.

—Dense prisa. No tardará mucho en despertar —la voz del militar sonaba ronca y cansada. Se acercó a Flores para ayudarlo a levantarse y entre los dos metieron a Elías en la capsula.

—Cuida de él. Te va a necesitar.

            El Teniente no hizo ninguna pregunta, agradeció al soldado con un gesto y miró a Espinosa.

—Solo Dios sabe lo que le ha hecho a su cuerpo —dijo Khampa mirando también a su líder—. Fue en ese laboratorio. Ahora es más peligroso. Yo me encargaré de él.

—¿La nave? ¿Los enocitas? —murmuró Flores.

—Aún están peleando. Algunos soldados se les han unido. Tienen oportunidad.

            El teniente asintió aliviado por la noticia.

—Ahora salgan de aquí —insistió Khampa—. Tienen que llegar primero. Y que Dios los acompañe.

            Flores le agradeció nuevamente y se apresuró. Cerró la compuerta y puso en marcha la capsula. El General Khampa se subió a los hombros al Almirante y corrió fuera del túnel. Desde el hangar vio las llamas azules iluminarlo todo, oyó la explosión de los propulsores y el zumbido de la nave al partir. Entonces suspiró porque Espinosa comenzaba a despertar.

Afuera el teniente Flores revisaba los monitores, no tenía mucho que hacer. La capsula estaba programada para llevarlos al planeta más cercano. Miró a Elías que yacía aún inconsciente en el puesto de al lado y frunció los labios. Se dejó caer sobre el asiento y echó un vistazo por la ventanilla. El Planeta de Dios los esperaba envuelto en un aura azulada casi artificial. Cerró los ojos e intentó descansar. Aún tenían un par de horas antes de llegar.

Capítulo 15

El Último Salto

Elías despertó violentamente cuando los soldados llegaron.

—Hora de levantarse, curita —oyó la voz de Ezequiel y, cuando sus pupilas le respondieron, vio su horrible rostro pegado al suyo.

                El enocita lo levantó del catre a empeñones y se lo lanzó a los guardias.

—Con cuidado—le advirtió uno de los hombres—. El Almirante lo quiere en una pieza.

—Oh —exclamó Ezequiel—, pero seguro al Almirante no le molestarán un par de abolladura —Y con esto se lanzó sobre el padre y le propinó un fuerte puñetazo en el estómago. Elías sintió que se le escapaba el aliento y por un momento la vista se le nubló.

—Es suficiente —dijo el guardia—. Nos lo llevaremos.

—Espero que mueras, cura —le gritó Ezequiel cuando lo sacaban de la tienda—. Espero que mueras y que vayas al cielo para vernos allá.

Lo arrastraron por toda la nave sin pronunciar una palabra. Elías tampoco habló, tenía claro de qué se trataba aquella acción y de hecho, le parecía que habían tardado.

                Durante las últimas semanas tuvo la oportunidad de convivir con los enocitas; no solo con las mujeres y los niños, sino también con muchos de los hombres que trabajaban en la sala de máquinas. El pueblo de Enoc lo recibió como uno más de los suyos, en parte (él lo sabía) porque lo consideraban un santo, pero en otra parte porque él los entendía. Sus consejos y sus palabras lograron levantarles el ánimo maltrecho y sus misas los llenaron de esperanzas y al menos durante ese tiempo, las enfermedades que los asechaban no parecieron tan graves.

                Para Elías fue también toda una experiencia, no solo porque le recordaron el trabajo de un verdadero sacerdote, sino porque junto a ellos pudo encontrar el verdadero sentido de ese viaje. Consiguió entender que todas las dolencias y el martirio que vivían ocurrían por una razón. Era el mismo camino que recorrió el maestro en su primera y única visita a la Tierra, el mismo camino de sufrimiento que al final lo llevó a levantarse como el hijo de Dios, y a sentarse junto a él en el trono del cielo.

                Junto a los Hijos de Enoc, Elías entendió que algo violó el mandato de las escrituras. Algo evitó que Jesús volviera a la Tierra como lo había prometido. Y ahora que ellos habían hallado la manera de llegar hasta él, finalmente podrían cumplir el destino que Dios les había reservado: Una vida de gozo bajo el reinado del Único.

                Sin embargo, ese destino al que Elías y los enocitas creían que se acercaban, estaba aún en manos de un hombre. Uno con un corazón tan lacerante como la corona que un día mancilló la cabeza del Maestro.

Cuando llegaron al Puente de Mando, los guardias lo sentaron frente a Espinosa con la brutalidad con que trataban a los prisioneros. Y aun así, él le habló con gentileza.

—Padre Lemitre, siento haberlo sacado de su cómodo recinto. ¿Ha dormido bien?

                Elías lo miró con desagrado mientras se sobaba las muñecas. Los guardias no consideraron necesario esposarlo.

—Se había tardado mucho, Almirante —le soltó en tono retador—. ¿Qué lo detuvo?

—Tuvimos algunos inconvenientes —respondió Espinosa cojeaban hacia su puesto frente al tablero—. Pero ya estamos en camino nuevamente. De hecho lo he mandado llamar porque nos acercamos a un punto importante del viaje. El último salto, padre —agregó con un ademán—. Estamos a punto de llegar.

                Elías alzó la cara al oír esas palabras. No esperaba que fuera tan pronto.

—Veo que le he sorprendido, padre —apuntó el perspicaz soldado al instante—. Es así, justo como lo predijo el buen Arsenal, ese muchacho sabe lo que hace. Han pasado cuatro meses desde que iniciamos este viaje, padre. Aún no hemos terminado claro está, nos falta atravesar el último puente, pero tengo fe en que todo saldrá bien, por eso lo he llamado.

—Usted no tiene derecho a hablar de fe —le soltó Elías enfadado.

—No se ponga así, padre. Usted sabe a qué me refiero. Si lo he traído aquí es porque sigo considerándolo una parte fundamental de este grupo. Quería que estuviera presente padre, porque quiero que reconsidere mi oferta.

                Elías no había olvidado la descabellada idea que tenía Espinosa. En gran parte por eso no sabía cómo sentirse en ese momento. Se acercaban al planeta de Dios, iba a demostrar que tenía razón, pero… Espinosa había robado su teoría, la había usurpado y manchado con su hambre de poder. Ahora quería que Elías lo ayudara, quería buscar la aprobación teniendo a un representante de la Iglesia en sus filas. ¿Para obtener el favor de Dios? No. Para mantener sometidos a los enocitas. Después de todo, serían ellos los peones de su nuevo imperio. En caso de que lograra su cometido.

                Elías estaba convencido de que no lo lograría, estaba convencido que Dios no les permitiría un acercamiento hostil. Se reía de sí mismo tan solo con pensarlo. No comprendía como el Almirante podía tomarlo en serio. Era esa la diferencia entre un creyente y alguien que solo venera a su propia ambición. Para Elías era una locura, para Espinosa era la salvación.

—Mi respuesta es la misma, Almirante —le dijo el sacerdote sin levantar la mirada—. Usted no sabe lo que hace.

                Espinosa no reaccionó, lo miró con calma, aunque en sus ojos se veía la ira enjaulada.

—Es una lástima —se limitó a decir y volviéndose hacia su timonel ordenó—: Proceda con el protocolo teniente.

                El teniente Gramsci, el hombre de la mirada sombría, activó de inmediato los reactores, indicó la dirección y condujo a la vieja y repotenciada mula hacia un nuevo reto.

                Elías se preparó. No había olvidado el proceso. Esta vez no estaba preocupado por si la nave no resistía el viaje. Estaba preocupado por si lo hacía.

                Afuera rugían las nubes del puente interestelar, como la boca de una serpiente gigante y aterradora. Nadie podía oír ese rugido. Sin duda la Equus no lo hacía. Movida por los hilos del timonel, la vieja nave entró al agujero y el estirón comenzó.

                Si no hubiese sabido que era imposible, Elías hubiera pensado que la succión duró más tiempo de lo normal. En realidad fue instantánea. Se saltaron el último atajo, dejando atrás un recuerdo, superando toda predicción. Y de pronto estaban allí.

                Esta vez nadie sintió el mareo. Todos los que estaban en el Puente se incorporaron casi al mismo tiempo. Atentos y ansiosos, esperaban el dictamen del equipo. Elías aún no abría los ojos.

 —Niveles correctos —anunció Gramsci mirando los monitores—. Presión estable. La nave está bien.

—Escaneando alrededores —intervino Arsenal—. Se ha detectado un cuerpo estelar… —La atmosfera en la sala era tan densa que era increíble que siguieran de pie—. Es Sirius, señor. Hemos llegado.

                Se alzó como un estallido, el aplauso se deslizó en los oídos de Elías como una ola de impotencia y terror.

                En el momento no supo que hacer, solo podía pensar en el plan de Espinosa, en la imagen que se había creado en su cabeza del Planeta de Dios, solo podía pensar en el error que cometía.

                El Almirante se dio la vuelta para mirarlo.

—¿Qué dice ahora, padre? —le preguntó con una sonrisa empalagosa en los labios—. ¿Se unirá a nosotros?

                A Elías le temblaban las manos, la boca apenas si se movió.

—No lo haga, Capitán… No lo haga.

                Espinosa sonrió con pesar y le dio la espalda.

—Preparen todo —ordenó—. Hora de empezar.

                Al instante los peones se pusieron a trabajar. Havok antes que ninguno. Solo Flores se quedó inmóvil. Khampa miraba a Elías.

                El padre no lo notó. Su mente se llenó con una idea. Unas palabras en realidad, unas que le había dicho Mirian en la vieja tienda de la zona baja: Tú eres el Mesías porque ellos creen que lo eres. Tú los llevarás a casa, tú los salvarás.

                Elías tenía que hacer algo. No podía quedarse de manos atadas.

                En un arrebato impropio de él se levantó y corrió hacia el centro de la sala. Al pasar por la mesa central recogió el monitor de mano, lo golpeó con la rodilla y se precipitó hacia el Almirante. Nadie lo vio, porque cada uno estaba atendiendo a una labor. Al menos, así hubiese sido, si Khampa no hubiera estado mirándolo. Tan rápido como una pantera, el soldado se lanzó sobre él y detuvo su mano justo antes de que clavará el pedazo de cristal en la espalda de Espinosa.

                La cara de Khampa era de incredulidad. La de Elías era de demencia. Pero fue la de Espinosa la que definió el curso de las cosas. El Almirante contorsionó el rostro en un gesto iracundo. Era la primera vez que su hombres lo veían expresando una emoción con tanta intensidad. Movió su brazo y propinó una cachetada al padre con el dorso de la mano. Elías no se detuvo, luchaba infructuosamente entre los fuertes brazos del jefe de seguridad. Su mano tan apretada sobre el cristal que la sangre comenzaba a manar.

—Se acabó —sentenció Espinosa—. Usted lo ha querido así, padre. No me deja opción.

                Khampa le susurraba mientras trataba de calmarlo.

—Contrólese, padre. No vale la pena.

—General Khampa, se lo encargó, prepare la cámara de desechos. Tendremos una ejecución antes del descenso.

                Flores abrió los ojos aterrado y el General también. Los demás hombres, que habían detenido su trabajo al momento del arrebato, se quedaron quietos en su lugar. Algunos sonrieron.

Capítulo 14

No matarás

—Por favor teniente Carrasco, explíquenos la situación.

            El soldado estaba de pie frente a los hombres de Espinosa. Tenía magulladuras en el rostro y en los brazos que evidenciaban una jornada difícil. Su voz también lo hacía:

—No iremos a ningún lado en estas condiciones —aseguró—. La Equus resultó terriblemente dañada.

—¿Pero cómo pudo ocurrir algo así? —Preguntó el Coronel Havok desde su lugar en la mesa—. ¿Acaso no lo previeron?

—Sabíamos que esto ocurriría —respondió el hombre—. Semanas atrás hicimos un reporte al Almirante sobre el estado de los reactores.

            Havok se volvió para mirar al capitán de la nave y este le devolvió la mirada con una frialdad que helaba la sangre.

—Todos sabemos que era nuestra única opción —le dijo acomodándose en el asiento—. Confío en que estará usted de acuerdo, Coronel.

            Al momento el viejo soldado se convirtió en el blanco de todas las miradas. Aunque quería protestar optó por soltar un soplido y callar.

—El problema ahora es cómo podemos solucionar este percance —puntualizó Espinosa al cabo de un momento—. ¿Tiene alguna sugerencia, teniente?

            El hombre movió la cabeza en señal de negación.

—Ya se lo dije. Podría reparar la sala y conectar los dos reactores restantes para que trabajen como uno solo, pero eso solo nos serviría para movernos un poco. No hay manera de que podamos continuar el viaje sin el tercer reactor.

—Debe haber una salida —insistió el Almirante mirando a sus hombres. Pero ninguno parecía compartir su optimismo.

—Quizás sea hora de aceptarlo, señor —se oyó decir a una voz grave desde la sombra—. Quizás sea hora de aceptar nuestro error.

            Espinosa dirigió la mirada hacia su hombre de confianza, el teniente Khampa, el jefe de seguridad. El inmenso soldado de piel morena le sostuvo la mirada con mucha seguridad.

—Así parece, amigo mío. Parece que has tenido razón desde el principio —el Almirante hizo una pausa para soltar un suspiro—. Parece que es el final.

—Aún podemos regresar —opinó Arsenal.

—Lo siento, hijo. Tú mejor que nadie sabes que estamos demasiado lejos para regresar.

—No, no… ¿recuerda la nave? Esta mañana volvimos a detectar una nave espía de la flota. Sin duda nos están siguiendo.

—¿Hacer contacto, dices? —Resaltó Khampa—. ¿Rendirnos y regresar?

—Es eso o morir aquí —dijo el muchacho y al instante la decepción se dibujó en el rostro de todos.

            Espinosa se mostró pensativo. Sin duda no era lo que quería, pero era un hombre que sabía aprovechar las oportunidades. Si la Equus no lo llevaría a su destino, entonces haría cualquier cosa por conservar la vida, aunque para ello tuviera que volver a casa con el rabo entre las patas y besar las vestiduras de los cardenales.

            Sin embargo, de entre todos los presentes fue el Coronel Havok quien más sufrió la noticia. Miraba a los presentes con la boca abierta mientras decidían renunciar a la misión. Y cuando Espinosa anunció su decisión final y ordenó a Arsenal hacer contacto con la nave espía de la flota, alzó su voz en un grito de protesta.

—Quizás no sea necesario entregarnos —una vez más los ojos de todos se posaron en él—. El teniente Carrasco dice que necesita un tercer reactor para continuar.

            El hombre en cuestión lo miró confundido.

—Así es —confirmó—, pero no tenemos otro reactor. El único que teníamos voló en mil pedazos junto a uno de mis hombres.

—Pero ellos tienen uno —soltó Havok con malicia—. La nave espía, si nos han seguido hasta aquí deben tener un sistema de propulsión como el nuestro.

            No hubo ninguna reacción en el rostro de Espinosa, pero si Elías hubiera estado presente habría notado el repentino fervor que regresó a sus ojos.

—¿Es posible eso, Arsenal?

—Técnicamente, señor —respondió el joven—. Las naves espías de la flota tienen pequeños reactores como los auxiliares de la Equus.

—¿Y usted podría usarlo para reemplazar el que perdimos? —Agregó Espinosa dirigiéndose a su técnico quien lo miró espantado.

—Es posible, claro… pero sería riesgoso. Además la otra nave quedaría completamente inutilizada.

—Una pérdida necesaria —Espinosa dio un golpe en el suelo con su bastón y sonrió—. Parece que estamos de nuevo en el juego, mis amigos… Comuníquese de inmediato con nuestros perseguidores, teniente Arsenal, hágales saber que nos rendimos y que estamos listos para volver a casa. Los demás, prepárense para el abordaje.

            Con las palabras del Almirante la esperanza volvió a expandir sus brazos por la sala. Y Havok suspiró aliviado. Solo el teniente Carrasco, detrás de sus cansados ojos parecía entender el significado de aquella acción, pero en ese momento, en ese lugar no se atrevió a demostrarlo. Se encontraba en un nido de serpientes y su razón le decía que debía comportarse como tal.

*          *          *

El Plan se llevó a cabo unas horas después. La Equus había quedado detenida desde el accidente del reactor, así que Arsenal optó por enviar señales en todas direcciones sobre todo hacia el sector donde calculaba podría estar escondido el Scout. Recibió una respuesta luego de varios intentos, la nave estaba allí, oculta con su emisor de radio frecuencia, un dispositivo que le permitía desaparecer de los radares casi completamente. Era una nave espía de la flota y estaba diseñada para pasar desapercibida. En el momento Espinosa no dio demasiadas vueltas al hecho de que la flota hubiera preferido seguirlos en lugar de detenerlos. Estaba demasiado aliviado por haber encontrado la manera de salir airoso como para pensar en algo más. El otro hombre que podía reflexionar en detalles como ese era Havok, pero parecía que curiosa y momentáneamente había perdido su perspicacia.

—Están a bordo, señor —anunció la oficial Belares con su voz sedosa cuando los soldados oficiales de la Misión América subieron a la Equus. Espinosa se preparó para recibirlos al igual que todos los demás.

            Los esperó en el Puente de Mando junto a Havok y diez de sus hombres. Khampa no estaba cerca, tampoco Flores, ellos se apostaron en la salida principal.

            Los hombres entraron al Puente con la prepotencia de quien se siente victorioso. Eran tres, dos oficiales y un superior. Sus vestimentas confirmaban su estatus de espías: trajes negros con máscaras de gas que les cubrían el rostro.

—Bienvenidos a bordo, señores. Es un placer recibirlos —Espinosa habló con su acostumbrado sarcasmo, apoyándose en su bastón se acercó al centro de la sala.

—Ahórrese el protocolo, capitán. Todos sabemos que nuestra presencia aquí no es grata.

            Los tres hombres dieron un vistazo alrededor. Detectaron al viejo Coronel a espaldas del capitán, vieron a Nienna y a Gramsci a un costado y al resto de los hombres esparcidos por la sala.

—Imagino que esto es todo lo que queda de su flota de exiliados —dijo el superior—. ¿Qué pasó con los otros?

            Espinosa lo miró con una sonrisa oculta tras sus labios.

—Ha sido una difícil experiencia —explicó—. Me temo que hemos pagado el precio con algunas bajas.

—Era de esperarse —concedió el soldado—. Ha tomado la decisión correcta, sin embargo. Esta aventura suya fue un error desde el principio.

            Con un rostro carente de emoción Espinosa asintió ante la acusación.

—Si me permite preguntar… —dijo al cabo de un momento—. Como piensan llevarnos de vuelta a la flota. Es una nave pequeña esa que traen.

—Tendrá que dejar eso en nuestras manos, capitán. Tiene cosas más importantes de que preocuparse.

—Claro, entiendo… Y, si me permite, ¿está su nave en buenas condiciones?

            El hombre lo miró confundido y movió la cabeza con decepción. Parecía creer que Espinosa no era consciente de la situación en la que estaba. Con una sonrisa burlona demostró la compasión que le tenía.

 —Nuestra nave está bien —le respondió—. La hemos dejado en el hangar de este cacharro. No tiene que preocuparse por ella.

            Espinosa asintió con diplomacia.

—Bien —dijo y soltó un suspiro—. Entonces creo que es momento de tomar el control.

            Al decir esto, Nienna y Gramsci se lanzaron sobre los tres hombres y los despojaron de sus armas. Para los soldados espías fue como si dos sombras los envolvieran en un suspiro y luego se alejaran. Para cuando fueron conscientes de lo que sucedía sus armas estaban en manos de los rebeldes y uno de ellos apuntaba directo a la cabeza de su líder.

—¿Qué significa esto? —preguntó el soldado.

—Lamento decirle que no vamos a volver con ustedes, oficial —explicó Espinosa con voz melosa y casi avergonzada—. De hecho, ustedes tampoco volverán. Espero que entienda que no es nada personal, nuestra nave necesita repuesta y resulta que la de ustedes los tiene. Eso es todo.

—No puede hacer esto —protestó el soldado—. La flota se dará cuenta de nuestra ausencia, vendrá a buscarnos.

—Sí, posiblemente. Pero para cuando lo hagan ya estaremos en un lugar mejor. El cielo, si todo sale bien—. El Almirante se volvió hacia sus hombres y agregó—: Infórmenle al señor Khampa que puede proceder. Necesitamos ese reactor cuando antes.

            Sorprendido y enfadado, el espía trató de enfrentarlo, pero Gramsci lo detuvo rodeándole el cuello con una mano. La pistola todavía en su cabeza.

—Es una locura, Capitán —gritó—. No podrá lograrlo.

—Oficial entiendo sus razones, pero le agradecería que a partir de ahora se dirija hacia mí, según mi rango. Es Almirante Espinosa, si no le molesta.

—Es usted un loco —farfulló el hombre con la cara contorsionada por la ira.

—Lo dudo mucho —dijo Espinosa—. Y si yo fuera usted me dirigiría a mi mismo con más respeto, considerando que tenemos pocos lugares en la nave.

—¿De qué habla?

—Oficial, usted entenderá que en nuestra situación actual nos encontramos cortos en previsiones. No podemos aceptar demasiados nuevos miembros.

—Ha perdido la cabeza si cree que alguno de mis hombres se unirá a usted. Preferiría morir antes de seguirlo en su desquiciado plan.

—Perfecto —sentenció Espinosa y le habló a su subordinado—: Uno menos, Gramsci.

            Al instante y sin dudar, el timonel accionó el gatillo y el cuerpo del hombre muerto se desplomó sobre la superficie de metal. Los otros dos abrieron los ojos como platos contemplando a su líder caído.

—Yo me uno —se apresuró a decir uno de ellos y Espinosa dio una palmada.

—Excelente —exclamó y miró al segundo—: Lo siento, pero solo tenemos un lugar.

            Gramsci disparó nuevamente y este también cayó al suelo sin vida.

Más allá en los hangares de la nave, Khampa y los otros completaban la tarea. La nave espía estaba ahora en poder de los exiliados, al igual que su reactor. Sin dilación, el teniente Carrasco puso manos a la obra. Pronto la Equus estaría de nuevo en camino, rumbo hacia el tercer y último salto.