Capítulo 1

Sobrecogidos

—¿Qué es eso de allí?

—¿Dónde?

—Allí detrás de la roca… ¿Es madera?

—¿Madera? Y cómo voy a saberlo, nunca he visto un árbol.

     El Cabo Henzi se acercó dando saltos para examinar el objeto que había llamado su atención.

—Pero has leído sobre ellos —le respondió a su compañero mientras lo recogía con la mano. Tenía el aspecto de una roca cilíndrica con muescas en la superficie. Parecía pesado, aunque era difícil saberlo sin el equipo apropiado. En aquel planeta la gravedad estaba muy por debajo de la de la Tierra.

—Llevémoslo con los demás. Tengo el presentimiento de que puede ser importante —el Oficial Flores le hizo un gesto con los hombros, pero no dijo nada.

     Caminaron (si caminar se le puede llamar a aquellos brincos cadenciosos típicos de los planetas pequeños) de vuelta a la salida. Mientras lo hacían el Oficial Flores meditaba sobre su situación. Habían estado explorando esa cueva durante horas y lo único que habían hallado era un trozo de piedra que su compañero confundía con madera. Vaya que la esperanza de encontrar vida estaba cada vez más distante.

     Cuando llegaron a la superficie, la luz de las estrellas hizo innecesarios los reflectores de sus trajes. Eso sí tenía ese extraño planeta, un hermoso cielo repleto de constelaciones cercanas. Si Elías Lemitre, el sacerdote de abordo, hubiera estado presente, habría dicho que explorar ese lugar era la forma más fácil de acercarse a Dios.

     Pero el Oficial Flores, no estaba de acuerdo, había perdido por completo la fe en el Creador y ni hablar de la esperanza en su misión. Para él, la esperanza no tenía mucho sentido si las cosas no acababan de cambiar. ¿Y quién podría discutírselo? Para los miembros de la Misión América, las cosas llevaban mucho tiempo sin cambiar.

     No obstante, eran soldados y tenían sus órdenes. Los dos Exploradores se unieron al resto de sus compañeros. Una treintena de hombres en trajes espaciales negros, que exploraban una zona de al menos una hectárea. Todos con artefactos que les permitían medir datos como la temperatura, la presión, el nivel de actividad orgánica y la radiación. La unidad era comandada por el Coronel Augusto Havok.

     Flores avanzaba por entre el resto de sus compañeros, detrás de su superior. A Henzi se le había metido en la cabeza que aquella cosa que creía madera podía ser la clave para determinar la habitabilidad del planeta. Y quería llevárselo directamente al Coronel.

—No podemos hacer eso, ¿qué mosca te picó? —le dijo Flores mientras se acercaban.

—¿Y qué quieres? ¿Qué lo lleve al almacén? Sabes cómo funcionan las cosas aquí, lo pondrán en un contenedor y quizás nunca lo evalúen. Este pedazo de madera puede ser la clave, necesitamos analizarlo inmediatamente. No te das cuenta que podría ser el final de la misión.

—¡Pero ni siquiera sabemos si es madera!

—El Coronel lo sabrá.

     Siguieron avanzando por entre los demás soldados, cada uno ocupado en su tarea. El Coronel se hallaba en mitad de una reunión, cerca de la nave principal. Un grupo de exploración le hacía un reporte. Flores y Henzi llegaron justo cuando uno de ellos decía:

—Tampoco hay señales de actividad orgánica. Si había algo vivo en el planeta desapareció hace mucho.

—Es imposible, Mayor —replicó el Coronel. Su voz sonaba cansada incluso a través del comunicador—. Los informes decían que el planeta estaba habitado por un grupo de protohumanos. No pueden estar errados.

—El nivel de oxígeno en el aire se encuentra por debajo del nivel óptimo —añadió el Explorador—. Ningún humano podría vivir aquí, señor.

     El Coronel suspiró y le echó un vistazo a los nuevos informes. Era el momento que Henzi esperaba, su pedazo de madera fosilizada podía demostrar por qué no había oxígeno.

—Señor —dijo abriéndose paso entre el grupo de Exploradores. Los soldados lo observaron con desaprobación y el Coronel le atendió—. Cabo Henzi, señor, del grupo bajo tierra.

—Dígame Cabo, ¿qué necesita?

—Señor, mi compañero y yo hemos hallado algo importante. Quizás pruebe la teoría del Mayor.

     El Coronel miró a Flores un segundo quien desvió la mirada avergonzado. Luego dirigiéndose a Henzi exigió:

—¿De qué se trata? Sea breve, tenemos cosas que atender.

     Henzi sacó el objeto de su equipaje y lo extendió adelante. Todos los presentes se inclinaron para mirar.

—Es madera, señor. Madera fósil.

     El Coronel tomó la roca cilíndrica y la observó un momento, luego dirigiéndose al Mayor, preguntó:

—¿Podría ser? —y la puso en sus manos.

—Es posible, señor. Tendríamos que estudiarla.

—Que sea su prioridad, Mayor. Si el Cabo tiene razón, esto podría demostrar que hubo vida en este planeta o que la sigue habiendo en alguna parte… Muchas gracias —añadió dirigiéndose a Henzi—. Ha hecho lo correcto. Por favor retome sus labores.

     Henzi esbozó una sonrisa de orgullo y saludó a su superior. Flores, tras él, entornó los ojos. Su compañero se había salido con la suya.

De vuelta en la cueva, los dos amigos examinaban las rocas, al tiempo que comentaban lo ocurrido.

—Estoy seguro que me darán una medalla —exclamó Henzi mientras pasaba su detector de radiación sobre una zona de la pared. A pocos pasos, Flores soltó una carcajada.

—Estás loco, sabes. No recibirás nada más de lo que ya te dieron. Las gracias y una palmada.

     El soldado arrancó un pedazo de roca con su pico antes de añadir: —Corrijo… solo las gracias.

—No, sé que el Coronel sabrá agradecer mi gran aporte. Justo en este momento el Mayor Dimitri debe estar analizando mi madera. No tardarán en llamarnos. Ya lo verás.

—Oye, esa roca tuya debe haber atraído la atención de todos. Hace rato que no recibo señales de la superficie.

     Flores se llevó la mano a su transmisor y comprobó la red. En lugar de las continuas voces entrecruzadas que solían oírse, se prolongaba un silencio sobrecogedor. Henzi verificó también con los mismos resultados.

—No es nada —dijo internándose un poco más en la cueva—. Seguro el Coronel está llamando a retirada. El Mayor Dimitri ya debe haberle entregado los resultados.

     Pero Flores no estaba tan seguro, alzó la cara hacia la salida de la cueva. Allá afuera se veía un retazo de cielo estrellado, pero nada más. Por un momento deseó estar en la Tierra, deseó que hubiera aire para que transportara los sonidos.

—Creo que mejor regresamos a echar un vistazo. No vaya a ser que el transmisor se haya dañado… Henzi, ¿me estás oyendo? Creo que mejor regresamos.

     Pero no obtuvo respuesta. Se volvió y allí estaba su compañero, de pie con los ojos desorbitados, su cabeza se movía descontroladamente dentro del casco, golpeando una y otra vez contra las paredes del mismo. El cristal manchado de sangre.

     Flores lanzó un grito que solo él escuchó cuando el cuerpo de Henzi se desplomó en el suelo sin vida. Detrás estaba un hombre, o al menos eso parecía. Una especie de humano primitivo, como esos que aparecían en los libros de historia. Tenía la cara cubierta por una espesa barba y el cabello le caía sobre los hombros como una manta. Los ojos le brillaban como dos soles y lo más impresionante de todo es que no llevaba traje, estaba desnudo, a excepción de un diminuto pedazo de piel que le cubría su sexo.

     Flores retrocedió torpemente un paso lunar. Por tercera vez en ese día deseó estar en la tierra con una gravedad apropiada para su masa.

     El hombre salvaje no se movía, parecía absorto mirando al extraño visitante. No se veía realmente peligroso, pero Flores sabía que lo era porque acababa de matar a su amigo. Lentamente el Oficial se llevó la mano hasta la funda donde estaba su arma. El hombre salvaje siguió con la mirada cada uno de sus movimientos. Flores alzó el revólver y lo apuntó a su pecho. Más en ese momento, detrás del aborigen aparecieron súbitamente una docena de soles diminutos. Eran ojos, brillantes y amenazadores cortando la oscuridad.

     El Oficial retrocedió otro poco, pero esta vez el salvaje lo imitó. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que el soldado apenas pudo registrarlo: levantó de nuevo su arma y esta vez la disparó, pero el extraño la evitó de un salto. Se movía tan rápido que era imposible apuntarle. Estaba acostumbrado a vivir en ese mundo, la falta de gravedad, que tantas dificultades les causaba a los soldados, era para él una ventaja. Se movía dando brincos ya por las paredes ya por el suelo. Flores se echó hacia atrás apenas a tiempo de esquivar la embestida. Disparó un par de veces más sin resultado. Estaba atrapado, el resto de los salvajes avanzó entonces hacia él. El soldado trató de asir su linterna de mano, pero en medio de la desesperación no conseguía tomarla. Un momento después sus atacantes lo habían rodeado formando una montaña sobre él. Contó 1, 2, 3 segundos, y el arma secundaria se cargó. Al instante un destello de luz iluminó la cueva y los hombres salvajes retrocedieron enceguecidos.

     Flores aprovechó el descuido para abrirse paso hacia la salida, activó los propulsores de su traje, un dispositivo que le permitía dar saltos de hasta cuatro metros, a costa de su seguridad. Fue así como consiguió dejar atrás a sus atacantes.

     Pero en la superficie la situación era similar. Por todos lados había soldados tratando de escapar de los nativos, que emergían del suelo como hormigas enfurecidas. Salían disparos en todas direcciones, pero eran pocos los que daban en el blanco. Flores siguió avanzando camino a la nave principal. Sus propulsores lo elevaban unos metros antes de dejarlo caer a la deriva. A donde veía había gente cuyas cabezas se tambaleaban violentamente dentro de sus cascos y el recuerdo de su compañero muerto regresó a su memoria.

     A pocos metros de la nave, un salvaje se interpuso en su camino, Flores lo apartó con un destello de luz y este escapó frotándose los ojos. Los soldados que estaban cerca vieron lo que había hecho y comenzaron a activar sus linternas contra los agresores. Dio resultado, poco a poco se fueron alejando. Eran muchos, pero regresaban a la tierra a empujones.

     Un soldado dirigía la retirada en la entrada de la nave, le dio la mano a Flores y lo ayudó a subir. Luego de esto, el Oficial solo vio luces resplandecientes que iluminaban el cielo, salvajes escapando enceguecidos y los cuerpos de sus compañeros caídos en el polvo.

—¿Se encuentra bien, Oficial? —le preguntó alguien cuando se hubo quitado el casco. Flores tenía la cara sudorosa y respirada con dificultad.

—Sí era madera… —respondió—. Sí lo era.

Anuncios